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Mujeres en trabajos exigentes

Ellas no se han dejado vencer y, pese a las dificultades, siguen a pie de lucha en sus ámbitos

GUADALAJARA, JALISCO (09/MAR/2014).- Hace seis décadas, cuando la mujer pudo votar por primera vez, parecía impensable imaginarla desenvolviéndose en espacios laborales tradicionalmente considerados para hombres. Poco a poco, su presencia ha permeado hasta los oficios  más “masculinos”, por lo que en casi todos los rincones de Jalisco podemos encontrar hoy a bomberas, policías, oficiales de tránsito, taxistas, choferes de autobuses y aviones, militares, albañiles, constructoras, agricultoras, ganaderas, electricistas, mecánicas, empresarias, investigadoras, políticas, artistas, deportistas, entre otras.

Si bien hay avances en materia de género, aún persisten grandes pendientes en materia de acoso, violencia y feminicidios. Prevalece la segregación ocupacional y la desigualdad salarial para el sexo femenino: un hombre casi gana un tercio más que una mujer en la Entidad. Y entre los países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), las mexicanas son las que destinan el mayor número de horas a realizar trabajo no remunerado, relacionado con las labores domésticas y el cuidado de los hijos.

Comprometida con el bienestar de otros

Desde pequeña Rebeca Nohemí Aimeri Granados tenía bien clara una cosa: le gustaba ayudar y estar al pendiente de los demás. Soñaba con ser médico, así que ingresó a la Cruz Roja para ser paramédico. A los 22 años (hoy tiene 28) se enteró por un primer oficial de la posibilidad de concursar por un espacio en el cuerpo de bomberos del Ayuntamiento tapatío y así, sin tenerlo en la mira, decidió buscar la plaza.

“Al igual que los hombres, realicé un examen físico, la prueba de Cooper, una evaluación sicométrica, de conocimientos y el antidopping. Tuve que nadar 100 metros, flotar por 10 minutos y sumergirme a una profundidad de cinco metros para sacar un objeto”, relata Rebeca, la cuarta mujer de la base 1 de Bomberos de Guadalajara y la novena de un total de 10 mujeres y 400 hombres.

Los últimos siete años, Rebeca ha vivido con la satisfacción de poder atender el llamado de ciudadanía y brindar ayudar cuando más lo necesitan. Normalmente atiende hasta tres o cuatro emergencias diarias, pero hay días en que los llamados se duplican.

“Lo más difícil es cuando pierden la vida personas inocentes que pudiste haber salvado, dar la cara a los familiares y verlos moralmente destrozados es lo más duro. Trato de no involucrar sentimientos pero uno es de carne y hueso y puede llegar a afectarnos, suelo preguntarme qué hubiera pasado si llegásemos cinco minutos antes”.

En constante vuelo

Dos años tenía Aranzazu Villegas Pérez cuando por primera vez se subió a un avión, desde esa edad subía, bajaba y dormía en los aviones. Su padre, Wosbal Villegas, fue piloto militar y director de escuelas de aviación en Guadalajara hasta que compró ITAC y se quedó al frente de la escuela que ahora dirige su hija.

Los desafíos de la joven mujer (de 32 años) están en el cielo. Su primer vuelo en solitario lo realizó a los 17, como parte del proceso para graduarse y certificarse como piloto. Pero la escuela fue sólo un trámite para ella, pues ya desde los 13 años había piloteado su primer avión. Le brillan los ojos cuando escarba en su memoria para regresar a aquel día. “Cuando tomé el control del volante por primera vez, supe que no había imposibles, la sensación de meter toda la potencia para despegar es la mejor parte del vuelo, sientes que la garganta se te va al estómago, sientes orgullo, libertad, te sientes invencible”.

Desde entonces Aranzazu se enamoró de estar en los aires. A los 12 años quería ser sobrecargo, pues estaba consciente de la responsabilidad sobre vidas humanas que implicaba pilotear un avión, pero apoyada por su padre decidió tomar el mando de un avión, vencer sus miedos y dedicarse a ello por el resto de su vida.

Cuando se graduó como piloto en la academia de su padre, fundada hace 41 años, era la única mujer en su grupo. Para ella, los mayores obstáculos vinieron al casarse y embarazarse, pues no le quedó de otra que suspender por un momento su carrera. Hoy cuenta con el apoyo de su hijo de 11 años, quien quiere ser ingeniero aeronáutico y de toda su familia.

El orgullo de servir como militar


Desde que Ana Silvia Vázquez Hernández tiene memoria supo que de grande sería militar. Al ver marchar a su padre en los desfiles portando con tanto orgullo el uniforme, decidió que también quería servir a su patria.

“A él le costó trabajo aceptar mi decisión pero fue tanta mi insistencia que no le quedó de otra. A los 17 años, en cuanto terminé la secundaria tuve el honor de incorporarme a las Fuerzas Armadas”.

Luego de aprobar las pruebas físicas, psicológicas, teóricas y prácticas, la chiapaneca ingresó como cabo oficinista, pero gracias a su empeño, dedicación y constancia ha venido ascendiendo y adquiriendo mayores responsabilidades. Hoy es subteniente oficinista y tiene a su cargo un equipo conformado por tres hombres y dos mujeres. Sus funciones en el Ejército han sido más que nada administrativas, por su especialidad.

Si bien la presencia de la mujer ha estado más concentrada en el sector de servicios que en el de armas, Ana Silvia asegura que desde hace una década es más evidente la participación de la mujer en el Ejército.

Para ella, es innegable el rol tan importante de la mujer para ser hoy una mejor sociedad. “Hemos buscado la justicia, la libertad, la paz y la tranquilidad en cada hogar. Las mujeres nos sentimos orgullosas y contentas de poder portar este uniforme”.

Una década al volante

A punto de cumplir una década al volante, Isabel Vélez Robles (de 52 años) acepta que aún es raro tener un lugar como taxista. “Al principio desconfían (los pasajeros) y se sienten inseguros, pero después terminan felicitándome por ser taxista y mujer”.

Antes de convertirse en taxista, Isabel trabajó como obrera de los 16 hasta los 27 años, pero luego de embarazarse decidió dejar el trabajo. Pasaron los años y por la necesidad de mantener la economía familiar y apoyar a la pareja, tuvo que integrarse de nuevo a la población económicamente activa. “No sabía en qué trabajar pero siempre le había entrado a todo y nada me limitaba, empecé la búsqueda de empleo hasta que di con una convocatoria de una compañía de transporte de personal de empresas”. Ahí inició su andar. Durante cinco años manejó un camión, primero en la ZMG y luego le fueron asignando rutas en otros estados. Luego decidió renunciar porque le quitaron algunas prestaciones y servicios. Entonces se acomodó en una agencia para transporte de turismo y empresas. “Soy la única mujer que sale de viaje, ya no manejo camión, ahora por el tipo de camioneta que traigo me asignan a servicios foráneos y casi no ando en Guadalajara”.

No tiene horario de entrada, tampoco de salida.  Su familia ha tenido que resignarse porque saben que sin la aportación de Isabel las cosas pintarían peor.

Comprometida con la seguridad

Elena Gómez Pérez dice haber llegado por azares del destino a la corporación a la que ahora orgullosamente pertenece, luego de encontrarse una convocatoria en internet para policía investigador o ministerial de la entonces Procuraduría General de Justicia de Jalisco. Fue en 2010 cuando, armada de valor y sin importar lo que opinaran los demás, decidió aplicar a la convocatoria sin tener experiencia alguna.

Cumplió con todos los requisitos, entre ellos, tener una licenciatura y a sus 25 años se convirtió en policía investigador. Antes de dar un giro de 360 grados a su vida, Elena se graduó de la licenciatura de Estudios Políticos y Gobiernos de la Universidad de Guadalajara, donde trabajó como docente de escuelas privadas incorporadas a nivel licenciatura. Sin embargo, siempre le llamó la atención servir y entregarse a su país.

Elena asegura que al ser policía investigador no hay hombres ni mujeres, ambos sexos tienen las mismas obligaciones, responsabilidades y salarios. Sin embargo, la presencia femenina en altos niveles sigue siendo una minoría.

Recientemente ha sido comisionada como escolta de una funcionaria pública y está consciente de la responsabilidad que tiene en sus manos de la vida de su jefa, de sus compañeros y la suya propia.

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