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Muchos son llamados, pocos quieren responder
La parábola de este domingo nos brinda buenas oportunidades para evaluar la manera en que honramos a Dios
Jesús contó la historia de un rey que quiso festejar la boda de su hijo con un gran banquete para una gran cantidad de personas; lamentablemente muchos de los invitados no sólo rechazaron la invitación, sino que maltrataron a los siervos que habían sido enviados para invitarles. Luego el rey decidió que sus criados trajeran a palacio a todas las personas que encontraran, para que la sala del banquete estuviera llena, cosa que efectivamente sucedió; sin embargo, cuando el rey saludaba a los comensales, encontró a un hombre que no se había vestido adecuadamente para la celebración, razón por la cual fue echado fuera de la fiesta. Al final de su historia, Jesús mencionó la famosa frase “Porque muchos son los llamados, y pocos los escogidos”. He aquí algunos puntos a destacar:
La invitación para cenar no costaba dinero. Dado que se trataba de la boda del hijo del rey, es lógico pensar que nadie tenía la obligación de pagar algo de la fiesta; de hecho cuando Jesús contó la parábola, mencionó que las palabras del rey fueron: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda”. A nadie se le pidió nada; lamentablemente, nadie quiso asistir. El día de hoy Dios llama a todas las personas para que conozcan su amor y generosidad, las cuales tampoco cuestan dinero, pero de una manera similar, es notorio cómo la mayoría de la gente inventa todo tipo de escusas para no acercarse a Dios.
Las escusas de las personas reflejaban su corazón. ¿Cuál podría ser una buena escusa para dejar de asistir a la boda del hijo de un rey? Casi ninguna. Sin embargo, la gente encontró en sus propios razonamientos las razones suficientes para dejar plantado al hijo del rey. Es lamentable escuchar lo que personas dicen cuando el mensaje del Hijo de Dios se presenta ante ellos: “no me gusta la religión”, “son una bola de hipócritas”, “yo no creo en Dios”, “no creo en lo que la Biblia dice”, “el cielo y el infierno están aquí en la tierra”, “todos los caminos llevan a Dios”, “yo vivo mi religión a mi manera”, etc.
El único requisito era honrar la razón de la celebración. Cuando el rey saludó a los invitados, llamó su atención un hombre que se encontraba sentado a la mesa, pero que no estaba vestido de acuerdo a la ocasión. Esto no significa que el hombre, quizá pobre, no tenía ropa elegante para una boda, sino que significaba que este hombre no se había tomado la molestia de vestirse de la mejor manera posible para honrar a quienes se estaban casando.
Esa es la razón por la que fue echado de la fiesta: no por la sencillez o humildad de sus ropas, sino por su actitud de desprecio al lugar a donde había sido invitado. Dios no pone condiciones para invitarnos a una relación personal con Él; no nos exige dinero o actos de bondad que nos hagan ganar o merecer su generosidad. En cambio, Él espera que honremos la relación con Él comportándonos como verdaderos hijos de Dios y servidores de su amado Hijo Jesús. Un gran hombre de la Biblia fue conocido como “amigo de Dios”. Se llamaba Abraham y su comportamiento fue como el de un verdadero amigo de Dios.
La parábola de este domingo nos brinda buenas oportunidades para evaluar la manera en que honramos a Dios, y si verdaderamente nos comportamos como si lo conociéramos de una manera personal y profunda.
Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com_
La invitación para cenar no costaba dinero. Dado que se trataba de la boda del hijo del rey, es lógico pensar que nadie tenía la obligación de pagar algo de la fiesta; de hecho cuando Jesús contó la parábola, mencionó que las palabras del rey fueron: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda”. A nadie se le pidió nada; lamentablemente, nadie quiso asistir. El día de hoy Dios llama a todas las personas para que conozcan su amor y generosidad, las cuales tampoco cuestan dinero, pero de una manera similar, es notorio cómo la mayoría de la gente inventa todo tipo de escusas para no acercarse a Dios.
Las escusas de las personas reflejaban su corazón. ¿Cuál podría ser una buena escusa para dejar de asistir a la boda del hijo de un rey? Casi ninguna. Sin embargo, la gente encontró en sus propios razonamientos las razones suficientes para dejar plantado al hijo del rey. Es lamentable escuchar lo que personas dicen cuando el mensaje del Hijo de Dios se presenta ante ellos: “no me gusta la religión”, “son una bola de hipócritas”, “yo no creo en Dios”, “no creo en lo que la Biblia dice”, “el cielo y el infierno están aquí en la tierra”, “todos los caminos llevan a Dios”, “yo vivo mi religión a mi manera”, etc.
El único requisito era honrar la razón de la celebración. Cuando el rey saludó a los invitados, llamó su atención un hombre que se encontraba sentado a la mesa, pero que no estaba vestido de acuerdo a la ocasión. Esto no significa que el hombre, quizá pobre, no tenía ropa elegante para una boda, sino que significaba que este hombre no se había tomado la molestia de vestirse de la mejor manera posible para honrar a quienes se estaban casando.
Esa es la razón por la que fue echado de la fiesta: no por la sencillez o humildad de sus ropas, sino por su actitud de desprecio al lugar a donde había sido invitado. Dios no pone condiciones para invitarnos a una relación personal con Él; no nos exige dinero o actos de bondad que nos hagan ganar o merecer su generosidad. En cambio, Él espera que honremos la relación con Él comportándonos como verdaderos hijos de Dios y servidores de su amado Hijo Jesús. Un gran hombre de la Biblia fue conocido como “amigo de Dios”. Se llamaba Abraham y su comportamiento fue como el de un verdadero amigo de Dios.
La parábola de este domingo nos brinda buenas oportunidades para evaluar la manera en que honramos a Dios, y si verdaderamente nos comportamos como si lo conociéramos de una manera personal y profunda.
Angel Flores Rivero
iglefamiliar@hotmail.com_