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Movilidad urbana sustentable y otros mitos de causa mayor
Un evento de ciclistas que sucede el último viernes de cada mes en más de 300 ciudades alrededor del mundo
Comencemos con un concepto interesante: criticalmasso, masa crítica que, al contrario de lo que podría pensar un físico, no es la cantidad mínima de materia necesaria para que se mantenga una reacción nuclear en cadena, sino un evento de ciclistas que sucede el último viernes de cada mes en más de 300 ciudades alrededor del mundo.
La idea surge al principio de la década de los noventa en la ciudad de San Francisco con el objetivo de llamar la atención en torno a un problema: la ciudad, esa bestia de asfalto y metal, está pensada para su majestad el motor de combustión interna y resulta sumamente desagradable para los ciclistas.
Si de esto reniegan en San Francisco, imaginemos como es Guadalajara. No pensemos en el deporte extremo que es intentar deambular por las calles siendo invidente o paralítico. (Ya caen los unos entre los vagones del tren ligero confundiéndolos con puertas gracias a los excelentes señalamientos o los otros descubren que las empinadas rampas para sillas de ruedas son, en realidad, trampas para caer de bruces en el camino de un midibus).
Pensemos mejor en el maravilloso poder sobrenatural y esotérico que posee cualquier ciclista en la hora y en el momento en que comienza a pedalear por primera vez. Explico: Un mago que siempre soñó con el truco de volverse invisible estudió los más oscuros volúmenes de las ocultas ciencias, viajó por países extraños, visitó a ermitaños en cuevas y bebió potajes espantosos para lograr absolutamente nada. Harto, cansado y sumido en la derrota compró una bicicleta, montó en ella y EUREKA! Era invisible para el tráfico.
Pero hay que ser justos y aceptar que no todo es desgracia y desastre, que gracias a los intentos de varios ciudadanos y grupos, Guadalajara ha cambiado para bien y camina con lentitud y parsimonia a convertirse en una honrosa ciudad bicicletera, ya hicieron una ciclovía en Avenida “Pandillerismo” y demostraron, sus diseñadores e ingenieros, ser más sabios que los mismos newyorkinos.
Figúrese usted que en la anacrónica Nueva York, para hacer una ciclovía en una avenida, digamos Madison o Broadway, basta y sobra con pintar una ralla amarilla de razonable espacio en la calle. Así es, esos locos no usan las banquetas sino que roban el espacio -¡horror, horror!- destinado al dios automóvil y permiten que ciclistas, personas en patines, patineta, monociclo y patín del diablo circulen felices y contentos sin tener que preocuparse por el flujo vehicular. Al contrario, los automovilistas saben perfectamente bien que irrumpir en el carril de bicicleta sería tan castigado como meterse aquí al carril del tan mentado Macrobús en estado de ebriedad, manejando un auto chocolate, con dos secuestrados en la cajuela y una pastilla abortiva.
Y Nueva York no es el peor ejemplo de la insensatez, hay ciudades, incluso en las que se ha llegado a niveles inconcebibles de obscenidad al punto de burlarse de los ciudadanos declarándolos ignorantes y lanzando campañas mediáticas que inviten a las personas a dejar el auto, usar la bicicleta y crear manuales con instrucciones claras de cómo comportarse en las calles, instrucciones absurdas por cierto, como pedirle al ciclista que viaje siempre en el sentido de la calle y nunca en sentido contrario porque de ésta manera los automovilistas pueden verlo con mayor facilidad. ¡Háganme el favor! Si los ciclistas son invisibles, no les digo.
La idea surge al principio de la década de los noventa en la ciudad de San Francisco con el objetivo de llamar la atención en torno a un problema: la ciudad, esa bestia de asfalto y metal, está pensada para su majestad el motor de combustión interna y resulta sumamente desagradable para los ciclistas.
Si de esto reniegan en San Francisco, imaginemos como es Guadalajara. No pensemos en el deporte extremo que es intentar deambular por las calles siendo invidente o paralítico. (Ya caen los unos entre los vagones del tren ligero confundiéndolos con puertas gracias a los excelentes señalamientos o los otros descubren que las empinadas rampas para sillas de ruedas son, en realidad, trampas para caer de bruces en el camino de un midibus).
Pensemos mejor en el maravilloso poder sobrenatural y esotérico que posee cualquier ciclista en la hora y en el momento en que comienza a pedalear por primera vez. Explico: Un mago que siempre soñó con el truco de volverse invisible estudió los más oscuros volúmenes de las ocultas ciencias, viajó por países extraños, visitó a ermitaños en cuevas y bebió potajes espantosos para lograr absolutamente nada. Harto, cansado y sumido en la derrota compró una bicicleta, montó en ella y EUREKA! Era invisible para el tráfico.
Pero hay que ser justos y aceptar que no todo es desgracia y desastre, que gracias a los intentos de varios ciudadanos y grupos, Guadalajara ha cambiado para bien y camina con lentitud y parsimonia a convertirse en una honrosa ciudad bicicletera, ya hicieron una ciclovía en Avenida “Pandillerismo” y demostraron, sus diseñadores e ingenieros, ser más sabios que los mismos newyorkinos.
Figúrese usted que en la anacrónica Nueva York, para hacer una ciclovía en una avenida, digamos Madison o Broadway, basta y sobra con pintar una ralla amarilla de razonable espacio en la calle. Así es, esos locos no usan las banquetas sino que roban el espacio -¡horror, horror!- destinado al dios automóvil y permiten que ciclistas, personas en patines, patineta, monociclo y patín del diablo circulen felices y contentos sin tener que preocuparse por el flujo vehicular. Al contrario, los automovilistas saben perfectamente bien que irrumpir en el carril de bicicleta sería tan castigado como meterse aquí al carril del tan mentado Macrobús en estado de ebriedad, manejando un auto chocolate, con dos secuestrados en la cajuela y una pastilla abortiva.
Y Nueva York no es el peor ejemplo de la insensatez, hay ciudades, incluso en las que se ha llegado a niveles inconcebibles de obscenidad al punto de burlarse de los ciudadanos declarándolos ignorantes y lanzando campañas mediáticas que inviten a las personas a dejar el auto, usar la bicicleta y crear manuales con instrucciones claras de cómo comportarse en las calles, instrucciones absurdas por cierto, como pedirle al ciclista que viaje siempre en el sentido de la calle y nunca en sentido contrario porque de ésta manera los automovilistas pueden verlo con mayor facilidad. ¡Háganme el favor! Si los ciclistas son invisibles, no les digo.