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¿México está de moda?
Tras un sexenio convulso donde México fue declarado al borde del Estado fallido, la imagen del país en el mundo goza de cabal salud, pero ¿Se sostiene al escrutinio de los números?
GUADALAJARA, JALISCO (02/JUN/2013).- Las modas son efímeras, por definición. Obedecen más a una coyuntura caprichosa que a un cambio real de preferencias. Llegan sin la más mínima explicación y se van sin pretexto alguno. El Brasil pujante y dinámico de Luis Inácio “Lula” Da Silva es el hoy denostado y desequilibrado Brasil de Dilma Rousseff; la pragmática y desarrollista China de inicios de siglo es ahora la China desigual y opresiva; incluso, la Argentina arrojada y socialmente responsable de Néstor Kirchner es ahora la Argentina inflacionaria, atrasada y estatista de Cristina Fernández. La percepción se mueve 180 grados, aunque los números se mantengan. El México de Felipe Calderón logró dos años seguidos de crecimiento por encima del promedio en los últimos 30 años, sin embargo 2010 y 2011 fueron registrados por la prensa internacional como “el país al borde de la tragedia humanitaria por motivos de inseguridad” parafraseando a Foreign Policy. Hasta la democracia estaba en riesgo según la articulista norteamericana Shannon O´Neill. Alguna vez dijo Jorge Castañeda, ex canciller de México, que una cosa eran las estadísticas y otra muy distinta era la realidad. México es la reafirmación de esta hipótesis.
El sexenio comenzó con una nueva narrativa. El discurso monotemático de la lucha contra el crimen organizado del calderonismo dejó al país con un deterioro alarmante de su imagen. No es extraño que durante los años del panista, el Eurobarómetro, instrumento que mide la percepción de los ciudadanos europeos sobre distintos tópicos globales, reflejará una pobre opinión sobre México y su futuro. En el plazo de unos meses, y sin un acontecimiento localizable más que el cambio del partido en el poder, las portadas y artículos de los principales medios de comunicación internacional comenzaron a mostrar a un país en pleno renacimiento. Atrás quedaron los descabezados y la nota roja, ahora la economía era el tema a discutir. En el periodo de agosto de 2012 a enero de 2013, el semanario liberal inglés The Economist, le dedicó a México una decena de artículos que van desde “el momento de México” (Mexico´s moment) hasta portadas donde sombreros típicos representan en forma de platillos voladores el ascenso económico y político del “Tigre Azteca”. México dejó de ser la promesa incumplida para convertirse en ese animal callado y calculador que a través de una política de ortodoxia y estabilidad económica aparecía con pies firmes en un entorno internacional asechado por la crisis. The Economist, el Wall Street Journal o el Financial Times utilizaban con arrogancia el ejemplo de México: “ya ven siguiendo el Consenso de Washington, se puede crecer, generar empleos y tener baja inflación”. Ante el ascenso del “Tigre Azteca”, Brasil quedaba con un país financieramente atrasado, Argentina como una nación media con problemas estructurales graves y Chile como un país atorado en tasas de crecimiento medio.
Tres razones explican el atractivo de México en esta precisa coyuntura. Una razón económica, otra política y una más pragmática. El eje económico es sin lugar a duda la estabilidad macroeconómica nacional en un entorno de deuda y desaceleración de la economía mundial. Mientras Estados Unidos sigue presentando indicadores lentos de salida a la crisis, Europa parece sumida en una depresión que puede durar décadas y los países del BRIC (Brasil, Rusia, China e India) experimentan desbalances económicos e inflación alta, México parece el “niño bien portado”. Ningún país del segundo mundo, es decir del espacio de las naciones en vías de desarrollo, ha seguido la ortodoxia económica dictada por los mercados de forma tan obediente como México. Un país creciendo cerca de 4% anual con una inflación menor, luce como un paraíso en un mundo de riesgos. Y con el exceso de liquidez inyectada por los bancos centrales (americano y japonés, primordialmente), México se muestra como una opción confiable y segura para invertir.
La razón política tiene que ver con reformas y aspiraciones. Tras una década y media de parálisis legislativa (sobre todo en las llamadas “reformas estructurales”), el Pacto por México y la “eficacia” prometida por Enrique Peña Nieto significó un mensaje de movimiento y ambición reformista. En poco tiempo se cocinaron la reforma educativa y las transformaciones en el mercado de telecomunicaciones, lo que también constituyó un aliciente más para ver a México como un país donde se combina la Perestroika (reformas económicas como la laboral y el objetivo de la energética) con el Glasnot (reformas democratizadoras, la educativa o la política). El crecimiento económico se aparejaba con reformas políticas, un fenómeno poco común (el caso de China es el contraejemplo). Y la tercera razón, es interés mutuo. Por un lado, la prensa internacional afín al pensamiento de apertura comercial y económica, ven en Enrique Peña Nieto a un aliado en la consecución de cambios en el mercado energético, en las telecomunicaciones y en distintos sectores monopolizados por el Estado o concentrados por empresas dominantes. Y por el otro lado, ante el déficit de credibilidad en el retorno del PRI, el equipo de comunicación de Peña Nieto ha logrado una buena gestión con la prensa internacional: México se mueve y atrás quedó el país de la parálisis. Ambos se necesitan y los intereses se alinearon.
La realidad
Sin embargo, “la realidad muerde” como tituló The Economist el artículo sobre México en su edición de la semana pasada. Lo cierto es que México nunca ha sido un “Tigre”, un calificativo utilizado para ilustrar el acelerado crecimiento económico de tres naciones asiáticas: Singapur, Corea del Sur y Taiwán. Estos países hicieron las reformas necesarias para crecer cerca del doble dígito durante un lustro, y arriba de 7% durante más de una década. México, por su parte, alcanzó su mejor tasa de crecimiento en 2011 y ni siquiera rebasó la línea de 5%. Y según economistas nacionales e internacionales, este crecimiento se debió más a un “rebote” tras la brutal caída del PIB en 2009 que a una mejora en la productividad o en la competitividad de la economía mexicana. En el mismo sentido, aunque se generaron empleos en 2010, 2011 y 2012, ni siquiera cubren la demanda del sector juvenil que se integra anualmente al mercado laboral. En este periodo se crearon poco más de 1.8 millones de empleos netos, lo que significa de acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social (Coneval), una cifra muy inferior a las necesidades del país. En la pobreza y la desigualdad, tampoco hay buenas noticias. México no ha logrado romper la inercia de pobreza que históricamente afecta a la mitad de la población. Y aunque hay algunos resultados en materia de reducción de pobreza extrema y un marginal descenso de las inequidad social, lo cierto es que el “momento de México” prácticamente ha dejado sin cambios a los deciles más pobres del país. Un México estable, sin inflación y con poca deuda alabado por una parte de la prensa internacional, contrasta con un México pobre, desigual, con poca generación de empleos y con crecimiento mediocre criticado al interior del país.
Si las modas son pasajeras, el “momento de México” comienza su declive sin ni siquiera haber arrojado resultados reales. En esta semana, el antes porrista y optimista del futuro de México, el semanario The Economist, titulaba su nota sobre México: “La desaceleración económica de México” (Mexico´s economic downturn). Y se preguntaba en su centro de debate si México era un Tigre o más bien un gatito. Cuando las percepciones están cimentadas en pocos indicadores empíricos, una ligera brisa derrumba el castillo de naipes. México tuvo en este 2013 su peor trimestre en materia de crecimiento económico desde 2010: una tasa anualizada de 0.8%; la inflación en productos básicos presenta repunte y la generación de empleos está debajo de lo estimado.
Encontrar el equilibrio es una odisea en este panorama esquizofrénico. Ni México fue el “Tigre” todo poderoso, sólido y boyante que pintó la prensa internacional durante las primeras semanas de este sexenio, ni tampoco es el “gatito” sin garras y atrapado en un espiral profundo de reformas inconclusas y debilidad económica. Por supuesto que al día de hoy no es “la próxima potencia mundial” que describió Thomas Friedman en su editorial donde llamaba a la opinión internacional a ver a México como el siguiente gigante económico. México es un país que necesita reformas en materia económica: la reforma financiera, una profunda reforma energética y una urgente reforma fiscal. El México de hoy es un potente armazón de futuro sin los cimientos sólidos para asegurar un crecimiento económico sostenido durante las siguientes décadas. La opinión pública internacional no premió a México por lo que es, sino por lo que quiere y aspira a ser. Así, confundir realidad con precepción puede ser uno de los errores más graves que cometa la hasta hoy bien calificada Presidencia de Enrique Peña Nieto.
El sexenio comenzó con una nueva narrativa. El discurso monotemático de la lucha contra el crimen organizado del calderonismo dejó al país con un deterioro alarmante de su imagen. No es extraño que durante los años del panista, el Eurobarómetro, instrumento que mide la percepción de los ciudadanos europeos sobre distintos tópicos globales, reflejará una pobre opinión sobre México y su futuro. En el plazo de unos meses, y sin un acontecimiento localizable más que el cambio del partido en el poder, las portadas y artículos de los principales medios de comunicación internacional comenzaron a mostrar a un país en pleno renacimiento. Atrás quedaron los descabezados y la nota roja, ahora la economía era el tema a discutir. En el periodo de agosto de 2012 a enero de 2013, el semanario liberal inglés The Economist, le dedicó a México una decena de artículos que van desde “el momento de México” (Mexico´s moment) hasta portadas donde sombreros típicos representan en forma de platillos voladores el ascenso económico y político del “Tigre Azteca”. México dejó de ser la promesa incumplida para convertirse en ese animal callado y calculador que a través de una política de ortodoxia y estabilidad económica aparecía con pies firmes en un entorno internacional asechado por la crisis. The Economist, el Wall Street Journal o el Financial Times utilizaban con arrogancia el ejemplo de México: “ya ven siguiendo el Consenso de Washington, se puede crecer, generar empleos y tener baja inflación”. Ante el ascenso del “Tigre Azteca”, Brasil quedaba con un país financieramente atrasado, Argentina como una nación media con problemas estructurales graves y Chile como un país atorado en tasas de crecimiento medio.
Tres razones explican el atractivo de México en esta precisa coyuntura. Una razón económica, otra política y una más pragmática. El eje económico es sin lugar a duda la estabilidad macroeconómica nacional en un entorno de deuda y desaceleración de la economía mundial. Mientras Estados Unidos sigue presentando indicadores lentos de salida a la crisis, Europa parece sumida en una depresión que puede durar décadas y los países del BRIC (Brasil, Rusia, China e India) experimentan desbalances económicos e inflación alta, México parece el “niño bien portado”. Ningún país del segundo mundo, es decir del espacio de las naciones en vías de desarrollo, ha seguido la ortodoxia económica dictada por los mercados de forma tan obediente como México. Un país creciendo cerca de 4% anual con una inflación menor, luce como un paraíso en un mundo de riesgos. Y con el exceso de liquidez inyectada por los bancos centrales (americano y japonés, primordialmente), México se muestra como una opción confiable y segura para invertir.
La razón política tiene que ver con reformas y aspiraciones. Tras una década y media de parálisis legislativa (sobre todo en las llamadas “reformas estructurales”), el Pacto por México y la “eficacia” prometida por Enrique Peña Nieto significó un mensaje de movimiento y ambición reformista. En poco tiempo se cocinaron la reforma educativa y las transformaciones en el mercado de telecomunicaciones, lo que también constituyó un aliciente más para ver a México como un país donde se combina la Perestroika (reformas económicas como la laboral y el objetivo de la energética) con el Glasnot (reformas democratizadoras, la educativa o la política). El crecimiento económico se aparejaba con reformas políticas, un fenómeno poco común (el caso de China es el contraejemplo). Y la tercera razón, es interés mutuo. Por un lado, la prensa internacional afín al pensamiento de apertura comercial y económica, ven en Enrique Peña Nieto a un aliado en la consecución de cambios en el mercado energético, en las telecomunicaciones y en distintos sectores monopolizados por el Estado o concentrados por empresas dominantes. Y por el otro lado, ante el déficit de credibilidad en el retorno del PRI, el equipo de comunicación de Peña Nieto ha logrado una buena gestión con la prensa internacional: México se mueve y atrás quedó el país de la parálisis. Ambos se necesitan y los intereses se alinearon.
La realidad
Sin embargo, “la realidad muerde” como tituló The Economist el artículo sobre México en su edición de la semana pasada. Lo cierto es que México nunca ha sido un “Tigre”, un calificativo utilizado para ilustrar el acelerado crecimiento económico de tres naciones asiáticas: Singapur, Corea del Sur y Taiwán. Estos países hicieron las reformas necesarias para crecer cerca del doble dígito durante un lustro, y arriba de 7% durante más de una década. México, por su parte, alcanzó su mejor tasa de crecimiento en 2011 y ni siquiera rebasó la línea de 5%. Y según economistas nacionales e internacionales, este crecimiento se debió más a un “rebote” tras la brutal caída del PIB en 2009 que a una mejora en la productividad o en la competitividad de la economía mexicana. En el mismo sentido, aunque se generaron empleos en 2010, 2011 y 2012, ni siquiera cubren la demanda del sector juvenil que se integra anualmente al mercado laboral. En este periodo se crearon poco más de 1.8 millones de empleos netos, lo que significa de acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social (Coneval), una cifra muy inferior a las necesidades del país. En la pobreza y la desigualdad, tampoco hay buenas noticias. México no ha logrado romper la inercia de pobreza que históricamente afecta a la mitad de la población. Y aunque hay algunos resultados en materia de reducción de pobreza extrema y un marginal descenso de las inequidad social, lo cierto es que el “momento de México” prácticamente ha dejado sin cambios a los deciles más pobres del país. Un México estable, sin inflación y con poca deuda alabado por una parte de la prensa internacional, contrasta con un México pobre, desigual, con poca generación de empleos y con crecimiento mediocre criticado al interior del país.
Si las modas son pasajeras, el “momento de México” comienza su declive sin ni siquiera haber arrojado resultados reales. En esta semana, el antes porrista y optimista del futuro de México, el semanario The Economist, titulaba su nota sobre México: “La desaceleración económica de México” (Mexico´s economic downturn). Y se preguntaba en su centro de debate si México era un Tigre o más bien un gatito. Cuando las percepciones están cimentadas en pocos indicadores empíricos, una ligera brisa derrumba el castillo de naipes. México tuvo en este 2013 su peor trimestre en materia de crecimiento económico desde 2010: una tasa anualizada de 0.8%; la inflación en productos básicos presenta repunte y la generación de empleos está debajo de lo estimado.
Encontrar el equilibrio es una odisea en este panorama esquizofrénico. Ni México fue el “Tigre” todo poderoso, sólido y boyante que pintó la prensa internacional durante las primeras semanas de este sexenio, ni tampoco es el “gatito” sin garras y atrapado en un espiral profundo de reformas inconclusas y debilidad económica. Por supuesto que al día de hoy no es “la próxima potencia mundial” que describió Thomas Friedman en su editorial donde llamaba a la opinión internacional a ver a México como el siguiente gigante económico. México es un país que necesita reformas en materia económica: la reforma financiera, una profunda reforma energética y una urgente reforma fiscal. El México de hoy es un potente armazón de futuro sin los cimientos sólidos para asegurar un crecimiento económico sostenido durante las siguientes décadas. La opinión pública internacional no premió a México por lo que es, sino por lo que quiere y aspira a ser. Así, confundir realidad con precepción puede ser uno de los errores más graves que cometa la hasta hoy bien calificada Presidencia de Enrique Peña Nieto.