Suplementos

Malabaristas al volante

Los choferes del transporte público abren cada día sus puertas para llevar a cientos de tapatíos a su destino. Aceleran y frenan. Pero, ¿quiénes son al bajarse de su unidad?

GUADALAJARA, JALISCO (08/ABR/2012).- Son malabaristas tras el volante. Cobran, manejan, pelean, gritan, abren puertas, cierran otras; hacen corajes, suben damas de buen ver sin cobrarles, recorren la ciudad con el sueño de ganarse algún día una pensión digna. Son choferes del transporte público.

Manejan estándar porque automático les da flojera y en el oficio del volante todo cuenta: las horas de partida, los descansos, los boletos, el pasaje, el estado del motor, los vehículos que tienen que zurcar para llegar a su destino, el tiempo. Lo que a veces no cuentan son las historias de ellos mismos. Según la Secretaría de Vialidad y Transporte, tan sólo en la Zona Metropolitana de Guadalajara hay 10 mil choferes, pero no es una cifra exacta.

Dicen que no les da miedo su patrón ni la empresa para la que trabajan, pero cuatro choferes no quieren tener problemas después de hoy, cuando las historias sean publicadas. No los juzguemos, todo mundo lo hace diario. Apodos les sobran.

Al final son tres vidas, tres historias y ni Don Pepe, ni El Toro ni Ernesto se conocen.

*

Don Pepe me subió a su camión pensando que lo que me iba a contar iba a ser toda una novela. Me dijo que si le pagaba el boleto tendríamos dos horas con 10 minutos de charla, que me trepara ya porque traía prisa. Estamos en Las Torres y Puerto Guaymas, el lugar donde falleció la primer victima de los bloqueos en Guadalajara de hace dos semanas. Son las 16:30 horas y Don Pepe está esperando que me decida. “Ándale, platicamos acá arriba”. Ahora lo entiendo, en el oficio de chofer la vida nunca se detiene, todo está cronometrado.

El camión arranca. Es uno de la línea Turquesa, de seis u ocho metros de largo y 10 pesos de tarifa por viaje. El carro avanza y la historia comienza. Su nombre es José Luis Ávila Medina. Tiene 50 años pero su rostro, sus movimientos parcos y su voz cansada, tranquila, pausada, ensalivada; hacen que Don Pepe parezca una década mayor. Quizá sea eso o tal vez el cansancio. Don Pepe está a punto de cumplir 13 horas tras volante y aún le faltan tres vueltas más, de dos horas cada una. Sí, hoy trabajará 19 horas.

Si uno lo ve detrás del espejo retrovisor lo que encontrará es un señor con la piel curtida, con verrugas en el cuello, con la cabeza aún poblada de cabello, que de ser negro y revuelto en su juventud ahora lleva una plasta bien peinada de cabellos blancos. Es en su barba de candado en donde denota la nostalgia: los vellos canos libran una batalla que seguramente ganarán contra los cada vez más solitarios pelos negros.

Don Pepe es chofer desde hace 18 años. O quizá 17. No sabe si contar los ocho meses que estuvo desempleado porque demandó y le ganó a la empresa donde trabajaba. Un día lo quisieron asaltar, pero él agarró a tubazos al maleante.

“Hubo una época donde se puso de moda el asalto a las unidades. Era uno por día. A mí ya me habían dicho cómo estaba, a mi relevo ya le había tocado. Por eso llevaba un tubo aquí a lado”. Un día —hace 10 años— iba por Circunvalación y “el fulano ya iba arriba y me pidió la parada. Pero me puso una pistola en la cabeza, llevaba una escuadra envuelta en papel. Yo lo vi de reojo, así como te estoy viendo a ti. Y ¡zas!, que me freno en seco y cuando se destanteó que me le dejo ir a tubazos. Uno, dos, tres; y otro y otro. No lo iba a dejar. El cuate me decía que ya y una señora que iba allá atrás, que no había visto de lo que se trataba, me gritaba: ‘¡Ya déjelo, oiga. Lo va a matar!’ pero yo no iba a regalar mi dinero”.

Lo boletinaron con el pretexto de haber expuesto al pasaje “yo le dije a Daniel, mi patrón de ese entonces  ´A ver, si me robaban, ¿tú me ibas a pagar? ´ y me dijo que no”

Don Pepe se despierta a las 3:30 de la mañana. Tiene que llegar por el camión a Tlaquepaque a las cuatro de la mañana. Su primera corrida es a las 4:30, “pero hoy empecé tarde, no servían mis luces”. Este jueves espera terminar a las 11:30 de la noche, “pero mañana descanso todo el día”. Por su jornada laboral le darán 600 pesos, más una comisión de 50 o 100 pesos si es que 250 pasajeros abordaron su unidad en el día.

Mientras Don Pepe platica su vida, encerrado en un camión con aire acondicionado, televisión, radio y cámaras de vigilancia, tras la ventana se ve como Guadalajara se ha convertido en una sucursal del infierno. Apenas en el primer día de primavera el termómetro rebasó los 27 grados centígrados.

Esta chamba no sólo es de gusto “también es de vocación: hay que aguantar corajes de los jefes, de los automovilistas, de la gente y ahora hasta terrorismo” y señala una calcomanía pegada en su ventana que dice “a la memoria del amigo y compañero, Moises Corona López”.

Hace dos semanas, cuando Moy llegaba a la base de Turquesa saludó a su esposa desde lejos, quien le traía comida “porque el Moy era diabético”. Antes de dar vuelta en “U”, fue abordado por un grupo armado. Rociaron gasolina al camión, lo encendieron. El carro explotó. Moy se quedó adentro.

“Imagínate lo duro que es para una esposa ver a tu marido morir incendiado. Y ya vez la versión oficial, habían dicho que era de los narcos”.

— ¿Y ese día tú qué hiciste?

— Yo descansé el viernes, me enteré por la radio de lo que pasó. Al día siguiente me tuve que presentar a trabajar, aunque mi familia no quería.

— ¿qué te dijo tu esposa?

— Mis papás, vivo con mis papás. Andaban preocupados. Mi esposa está encerrada, está enfermita, tiene esquizofrenia. Mis hijas son las que se quedaron preocupadas.

Don Pepe hará el favor de bajarme en López Mateos y Avenida México. Hora y media después dirá que quiere seguir siendo chofer hasta conseguir una pensión “aunque sea de dos mil pesos”. Que tiene casa propia en un fraccionamiento vecino a la Arena VFG; pero para poder dormir “tres, cuatro horas al día” vive con sus padres por la zona de Medrano. Que sus hijas ya están grandes por eso su padre “les estorba”. Que algún día en su juventud quiso ser diseñador pero nunca le alcanzó el dinero. Que es hijo de banquero y tuvo la oportunidad de seguir con la profesión “pero yo digo, si no te gusta lo que haces pa´ qué te haces bolas, eso no te va a ser feliz”.

*

Toro es alegre y no tiene prisa. Toro es risueño y lleva forrado de peluche el tablero de un camión de la ruta 645. Toro es el apodo de Oscar Javier Pérez Martínez, un tipo listo que cambió el oficio de chofer de pipas por el de transporte público. “Si la sabes hacer no te arrepientes, neta. Se trata de que manejes bien, de que te acostumbres a la ciudad”.

En estos momentos, jueves por la mañana, la empresa Sistecozome está haciendo un operativo. Toro tuvo que quitar el peluche y esconder el asiento del copiloto que lo acompaña cobrando. “Todo les agüita carnal; el polarizado, la música, el color del carro, los letreros de los lugares a donde vamos que están el parabrisas. Todo. Y si te cachan te chingan con una lana o te castigan”.

Cuando le pedimos que nos cuente su historia nos advierte: “nomás no vayan a poner el número del camión, porque me tuercen”.

— ¿Tienes familia?

— Simón, dos.

— ¿Dos hijos?

— No, dos familias.

Toro tiene tres hijos reconocidos (y unos cuantos más regados) con dos esposas diferentes. Es coqueto. Cuando ve a una damita no le cobra. “Son balas que yo pago”. Se refiere a las dos barras que están en la entrada, cuya función es contar los usuarios que ascienden a su unidad.

Toro es un casanova, arriba del camión conoció a su segunda esposa. “Como que a las damitas les llaman la atención los camioneros, uno empieza a cotorrear como con cualquiera, pero toman el camión diario y pues las vas conociendo”. Y sin querer pone el ejemplo. En la colonia 5 de mayo subió una mujer. Llevaba minifalda, blusa oscura, piernas delgadas, cintura perfecta. La dejó pasar sin cobrarle.

Oscar Javier nos lleva del corazón de Miravalle, a Plaza del Sol, en un recorrido que dura una hora con 15 minutos y que cuesta seis pesos. Con el tiempo, Toro es exacto, “te dan chance de tres minutos más o tres minutos menos, ahorita vamos bien. A mi no me gusta ir correteándome”. La lógica de ganancia es que él llegue a tiempo, reporte sus ventas a la empresa, luego a su patrón (dueño del permiso y del camión) a quien le dará una liquidación. Toro se queda con un sueldo base y un porcentaje de los boletos vendidos: de 400 a 600 pesos diarios.

“Hay compas que son gandallitas, les gusta irse rápido para joderse al de adelante con el tiempo o se van rezagando para ganarle el pasaje del compañero de atrás. Hay rutas buenas pero muy estresantes, otras pareces arenero: vas levantando pura tierra”.

La mujer que subió hace unos minutos ahora le pide la parada en Cruz del Sur y Patria. La chica ha decidido romper las reglas y bajará por la puerta delantera. Le agradece el chofer. La chica espera mientras el carro se detiene. Toro le dice que se vaya con cuidado, la chica voltea. Y antes de descender la mujer le regala una sonrisa. En tono presumido Toro dice: “Quihubo, ya vez; así se empieza”.

Toro empezó su primera corrida del día a las 5:54 de la mañana. Con exactitud inglesa dice que a las 12:38 llegará a su casa. Que en el oficio de chofer no hay descansos “a menos de que quieras dejar de tragar”. Cuando llega a su casa duerme todo el día “hasta que llega la vieja —la segunda esposa— que trae a los niños. Juego con ellos un rato, porque me enfadan. Son rete latosos igual que el jefe, me cae”.

Le gustan las caricaturas “porque es lo único que aplaca a los niños”. No conoce el teatro. Nunca ha ido al circo. Y después de hacer cuentas afirma que en febrero cumplió tres años sin ir al cine. “Uno llega a su casa a querer descansar. Pero si me hablan de las pipas, para ver si les hago un paro, pues ¡a huevo!”.

Si uno le pregunta si usa sus fines de semana para ir a tomar unos tragos él contesta: “Naa, eso es diario, en las tardes hay que tomarse una caguama”. Toro es Toro en mentalidad semental y en cuerpo robusto.

— ¿Y por qué empezaste?

— Ahora sí que como dicen: la necesidad hace andar al burro. A mí ni me gustaba, pero tengo casi cuatro años aquí.

*

Martes por la tarde. En la terminal del Macrobús, en la Barranca de Huentitán, sólo hay camiones azules, largos, unidos por una oruga, circulando de ida y vuelta. El tramo de la Calzada Independencia, del Periférico al Mirador Dr. Atl está siendo repavimentado. Cuando el camión descansa, entre corrida y corrida, los choferes se toman una coca cola, encienden un cigarrillo o pierden su mirada en el vacío, buscando las piernas de las estudiantes del CUAAD.

Este martes nos hemos ocultado del guardia de seguridad porque tiene la consigna de prohibir la entrada de cualquier medio de comunicación. Y ahí, sin querer ni buscar mucho, nos hemos encontrado con José Ernesto Ceballos López para que nos platique cómo es la vida de un chofer de Macrobús.

Ernesto tiene 22 años de chofer, cuatro hijos, una ex esposa que no aguantó los horarios de un conductor cuyo oficio da para muchas cosas, menos para el tiempo compartido. Ernesto, como chofer de Macrobús, tiene un salario asegurado que no cambia con la cantidad de pasajeros que transporta. Aquí no hay “pollas” ni porcentajes. También tiene un anillo de plata en el dedo anular de su mano izquierda y un reloj de cuarzo con incrustaciones plateadas en la muñeca derecha. Su cara, con bigote y nariz puntiaguda, está detrás de unos lentes oscuros imitación de Ray Ban.

Ernesto es un cliché. Tras el volante y en su vida se repite la misma historia que ya hemos leído: antes de que iniciara el Macrobús trabajó los últimos cuatro años en la ruta 62, que hacía el mismo recorrido que hace ahora, de Las Juntas a Huentitán. “Para nosotros es mejor, tiene sus pros y sus contras, pero cuando trabajas por comisión es más riesgo. Vas cobrando, espejeando, manejando, abriendo puertas, te conviertes en un acróbata en el volante. Además de que el sistema está muy mal, porque te pone a competir con tus mismos compañeros por lana”.

Cuando comenzó, en la década de los ochenta, fue por la necesidad de casarse; lo hizo porque antes se decía que el chofer ganaba bien, ahora “todo es como un pastel, al haber más competencia te quedas con una rebanada más chiquita”.

La vida de los camioneros está hecha de frases: el que trabaja en Sistecozome porque la “necesidad hace andar al burro”; el que lo hace en el Macrobús porque quiere la rebanada del pastel más grande; el que lo hace en líneas de lujo porque son menos correteados y quiere llegar a la pensión de dos mil pesos.

Ninguno quiere dejar ser lo que es. Y es que ser conductor es fácil. Ser chofer de transporte público es otra cosa.

Rutas
Transporte público

De acuerdo con datos del Consejo Estatal de Investigación de la Vialidad y Transporte, en 2006 había 16 empresas de transporte para el servicio urbano y suburbano, con 207 rutas.

Temas

Sigue navegando