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Los plátanos de la ira
Desde hace 20 años este coche, el de los plátanos, le recuerda que a veces el resto del mundo desaira a su camión y que, cuando eso ocurre, él y su prole de ocho hijos entran en crisis
GUADALAJARA, JALISCO (24/MAR/2013).- Dice Román López que a él no le gusta hablar de camotes ni de plátanos tatemados. No lo dice, pero se le nota luego luego, porque cuando uno le pregunta, Román López esquiva, cambia el tema y hace sonar el silbato de vapor de su carro de lámina Fu-u-iiiiiiííííí-í-iuuu. Sin embargo, camotes y plátanos son los que le han dado la fama a este cincuentón, que zigzaguea tres kilómetros de calles del Poniente de Guadalajara.
“No vendo plátanos seguido. Yo tengo mi empleo”, afirma Román, casi en tono de juramento, mientras su rostro moreno y redondo se nubla todo.
—¿Sí? ¿En qué trabaja?, —le pregunto, mientras lo sigo a trompicones y mientras él se quiere deshacer de mí.
—Pues soy herrero, soy chofer. Lo que salga. Nomás hay tiempos bien malos y hay tiempos que no se prestan… Esa es la cosa ¡Antes era chofer foráneo! Fíjese: nomás me faltan conocer Yucatán, Chiapas, y me faltan Sonora y las Bajas (Californias).
Hasta hace 20 años la vida de Román siempre había corrido sobre otras ruedas, cuenta mientras empuja su horno portátil de plátanos y camotes desde los Arcos del Milenio hasta Vallarta San Jorge. Se refiere a las ruedas de los autobuses para transportar turistas y a su predilecto, el “rabón”.
“¿A poco no sabe qué es un rabón?”, pregunta haciéndose el ofendido o quizás ofendido de verdad. “¡Un ‘rabón’! ¡Un camión de diez toneladas! Un camión de carga, que hasta hoy conservo. Así se autonombran (sic) ellos: ‘rabones’”.
Y cada que dice “rabón” o “rabones”, Román dibuja una sonrisa de media luna y su aliento exhala bocanadas melosas, como los plátanos tatemados que esta tarde viajan en su carro de lámina, del cual apenas quiere hablar y parece que hasta desprecia. “Nomás no me saque la cara en las fotos, porque los cuates me van a agarrar”, pide. Me lo imagino, en cambio, posando fatuo junto a su “rabón” de carga.
Tal vez el desprecio viene porque desde hace 20 años este coche, el de los plátanos, le recuerda que a veces el resto del mundo desaira a su “rabón” y que, cuando eso ocurre, él y su prole de ocho hijos entran en crisis.
—Ya no se usan las familias de ocho hijos.
—¡Imagínese! ¡Tsss! Ni hablar, así pasó. Y casi todos estudiaron.
—¿Todos licenciados?
No es para tanto dice Román, o quizás jamás lo dice, pero menea la cabeza como si lo dijera mientras atiza el fuego con unas patas de silla de madera que carga con otros diez o 15 palos, en un cajón de un orden meticuloso, en la parte de atrás de su carro platanero.
El carro lo hizo él, relata con abulia. Es un juguete Playmobil en el que todo funciona a partir de un diseño elemental y prodigioso: un cubo de lámina de un metro y medio de largo por un metro de ancho y otro de profundidad. En un cuarto de su cuerpo el armatoste tiene dos cajones horizontales, “para los camotes y las bananas”, uno debajo del otro. Las gavetas están justo sobre el fogón, que en la parte de abajo ocupa otro cuarto del espacio. Del fogón y los cajones sale el chacuaco cilíndrico que perfuma de miel y leña las calles que recorre Román. La otra mitad del carro la ocupa el cajón de la leña. Todo el tinglado está asido a un volante de coche y éste a las tres llantas pequeñas de hule que hacen rodar al vehículo. De la parte de atrás, cerca de los palos de madera, pende una caja de hojalata que Román soldó para guardar los tenedores, platos desechables y las leches Nestlé. De un gancho, en uno de los costados, cuelga una lata para tres kilos de jalapeños La Costeña, que la hace de aguamanil. “Antes, cuando esto era negocio, se veían unos carrazos del doble”, exclama Román, quien por primera vez parece interesado en un tema que no sea su “rabón”.
En esta versión pequeña, de 200 kilogramos, se tateman cada tercera tarde diez kilos de plátanos y diez de camotes de a 20 pesos la pieza, y también desde aquí sale el silbido del cual muchos supieron antes de nacer.
“Ningún hijo licenciado. Bueno, una nutrióloga”, vuelve Román al tema de la prole.
—¿Y qué dice ella de los plátanos?, —pregunto, para retomar el tema que el chef popular desea evadir.
Fu-u-iiiiiiííííí-í-iuuu.
—¿Qué quiere que diga? ¡Nada! Esto depende de cómo quiera usted verlos, porque los plátanos son muy saludables. Ahora dice que la gente engorda, porque la gente se ha americanizado. Pero a mí me han dicho que no engordan... Me lo han dicho muchas nutriólogas que son mis clientas en esta zona.
Román recalca “esta zona” con la voz, para enfatizar que en “esta zona” la gente, y por supuesto las nutriólogas, son de mucho caché. Más tarde, admitirá que hace poco algunos vecinos delicados quisieron correrlo de aquí mismo.
—¿Qué es lo que más le gusta de su trabajo?
—Viajar, conocer el país. Le digo, de todo México me falta conocer seis estados nomás. Todo lo demás lo he conocido en mi “rabón”, que ahora a veces trabaja mi hijo.
Y de vuelta a las grandes ruedas. El trabajo, para Román López está asociado siempre a su “rabón”, jamás a los plátanos. Siempre a sus viajes largos, a las carreteras. Nunca al oficio bananero, en el que un vecino de por ahí, del lado del mercado de Abastos, lo introdujo, hace 20 años, por pura necesidad.
—¿Y los plátanos?
Fu-u-iiiiiiííííí-í-iuuu.
—No es que me guste, es que tengo que sobrevivir. La necesidad lo obliga a uno a buscarle; el salario mínimo nunca ha alcanzado, y ya ve cómo está todo. Nos damos las mañas para buscar otro billete.
—Unas mañas muy tradicionales ¿no?
—Naaah. Mire, yo he escuchado a gente que dice quesque esto es de antaño y no sé qué cosas. Naaah; cualquiera que necesite dinero adopta la medida de vender plátanos. Cuando hay modo le sigo en esto y cuando no, pos no. Si se me presenta otro empleo le paro y dejo el carrito para cuando lo ocupo y entonces agarro mi “rabón” y... Fu-u-iiiiiiííííí-í-iuuu.
—¿Qué se necesita para la chamba de los plátanos? —La cara de Román López se desencaja. Dice que a él no le gusta hablar de plátanos tatemados. No lo dice, pero se le nota, porque se pone parco y sombrío.
—Nada. Ganas, el carro y una gorra para el sol. ¿Ya terminó? Porque yo voy muy lejos.
Fu-u-iiiiiiííííí-í-iuuu.
Desde hace 20 años este coche, el de los plátanos, le recuerda que a veces el resto del mundo desaira a su camión y que, cuando eso ocurre, él y su prole de ocho hijos entran en crisis
“No vendo plátanos seguido. Yo tengo mi empleo”, afirma Román, casi en tono de juramento, mientras su rostro moreno y redondo se nubla todo.
—¿Sí? ¿En qué trabaja?, —le pregunto, mientras lo sigo a trompicones y mientras él se quiere deshacer de mí.
—Pues soy herrero, soy chofer. Lo que salga. Nomás hay tiempos bien malos y hay tiempos que no se prestan… Esa es la cosa ¡Antes era chofer foráneo! Fíjese: nomás me faltan conocer Yucatán, Chiapas, y me faltan Sonora y las Bajas (Californias).
Hasta hace 20 años la vida de Román siempre había corrido sobre otras ruedas, cuenta mientras empuja su horno portátil de plátanos y camotes desde los Arcos del Milenio hasta Vallarta San Jorge. Se refiere a las ruedas de los autobuses para transportar turistas y a su predilecto, el “rabón”.
“¿A poco no sabe qué es un rabón?”, pregunta haciéndose el ofendido o quizás ofendido de verdad. “¡Un ‘rabón’! ¡Un camión de diez toneladas! Un camión de carga, que hasta hoy conservo. Así se autonombran (sic) ellos: ‘rabones’”.
Y cada que dice “rabón” o “rabones”, Román dibuja una sonrisa de media luna y su aliento exhala bocanadas melosas, como los plátanos tatemados que esta tarde viajan en su carro de lámina, del cual apenas quiere hablar y parece que hasta desprecia. “Nomás no me saque la cara en las fotos, porque los cuates me van a agarrar”, pide. Me lo imagino, en cambio, posando fatuo junto a su “rabón” de carga.
Tal vez el desprecio viene porque desde hace 20 años este coche, el de los plátanos, le recuerda que a veces el resto del mundo desaira a su “rabón” y que, cuando eso ocurre, él y su prole de ocho hijos entran en crisis.
—Ya no se usan las familias de ocho hijos.
—¡Imagínese! ¡Tsss! Ni hablar, así pasó. Y casi todos estudiaron.
—¿Todos licenciados?
No es para tanto dice Román, o quizás jamás lo dice, pero menea la cabeza como si lo dijera mientras atiza el fuego con unas patas de silla de madera que carga con otros diez o 15 palos, en un cajón de un orden meticuloso, en la parte de atrás de su carro platanero.
El carro lo hizo él, relata con abulia. Es un juguete Playmobil en el que todo funciona a partir de un diseño elemental y prodigioso: un cubo de lámina de un metro y medio de largo por un metro de ancho y otro de profundidad. En un cuarto de su cuerpo el armatoste tiene dos cajones horizontales, “para los camotes y las bananas”, uno debajo del otro. Las gavetas están justo sobre el fogón, que en la parte de abajo ocupa otro cuarto del espacio. Del fogón y los cajones sale el chacuaco cilíndrico que perfuma de miel y leña las calles que recorre Román. La otra mitad del carro la ocupa el cajón de la leña. Todo el tinglado está asido a un volante de coche y éste a las tres llantas pequeñas de hule que hacen rodar al vehículo. De la parte de atrás, cerca de los palos de madera, pende una caja de hojalata que Román soldó para guardar los tenedores, platos desechables y las leches Nestlé. De un gancho, en uno de los costados, cuelga una lata para tres kilos de jalapeños La Costeña, que la hace de aguamanil. “Antes, cuando esto era negocio, se veían unos carrazos del doble”, exclama Román, quien por primera vez parece interesado en un tema que no sea su “rabón”.
En esta versión pequeña, de 200 kilogramos, se tateman cada tercera tarde diez kilos de plátanos y diez de camotes de a 20 pesos la pieza, y también desde aquí sale el silbido del cual muchos supieron antes de nacer.
“Ningún hijo licenciado. Bueno, una nutrióloga”, vuelve Román al tema de la prole.
—¿Y qué dice ella de los plátanos?, —pregunto, para retomar el tema que el chef popular desea evadir.
Fu-u-iiiiiiííííí-í-iuuu.
—¿Qué quiere que diga? ¡Nada! Esto depende de cómo quiera usted verlos, porque los plátanos son muy saludables. Ahora dice que la gente engorda, porque la gente se ha americanizado. Pero a mí me han dicho que no engordan... Me lo han dicho muchas nutriólogas que son mis clientas en esta zona.
Román recalca “esta zona” con la voz, para enfatizar que en “esta zona” la gente, y por supuesto las nutriólogas, son de mucho caché. Más tarde, admitirá que hace poco algunos vecinos delicados quisieron correrlo de aquí mismo.
—¿Qué es lo que más le gusta de su trabajo?
—Viajar, conocer el país. Le digo, de todo México me falta conocer seis estados nomás. Todo lo demás lo he conocido en mi “rabón”, que ahora a veces trabaja mi hijo.
Y de vuelta a las grandes ruedas. El trabajo, para Román López está asociado siempre a su “rabón”, jamás a los plátanos. Siempre a sus viajes largos, a las carreteras. Nunca al oficio bananero, en el que un vecino de por ahí, del lado del mercado de Abastos, lo introdujo, hace 20 años, por pura necesidad.
—¿Y los plátanos?
Fu-u-iiiiiiííííí-í-iuuu.
—No es que me guste, es que tengo que sobrevivir. La necesidad lo obliga a uno a buscarle; el salario mínimo nunca ha alcanzado, y ya ve cómo está todo. Nos damos las mañas para buscar otro billete.
—Unas mañas muy tradicionales ¿no?
—Naaah. Mire, yo he escuchado a gente que dice quesque esto es de antaño y no sé qué cosas. Naaah; cualquiera que necesite dinero adopta la medida de vender plátanos. Cuando hay modo le sigo en esto y cuando no, pos no. Si se me presenta otro empleo le paro y dejo el carrito para cuando lo ocupo y entonces agarro mi “rabón” y... Fu-u-iiiiiiííííí-í-iuuu.
—¿Qué se necesita para la chamba de los plátanos? —La cara de Román López se desencaja. Dice que a él no le gusta hablar de plátanos tatemados. No lo dice, pero se le nota, porque se pone parco y sombrío.
—Nada. Ganas, el carro y una gorra para el sol. ¿Ya terminó? Porque yo voy muy lejos.
Fu-u-iiiiiiííííí-í-iuuu.
Desde hace 20 años este coche, el de los plátanos, le recuerda que a veces el resto del mundo desaira a su camión y que, cuando eso ocurre, él y su prole de ocho hijos entran en crisis