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Los monólogos controlados

Para muchos, debatir significa automáticamente ruptura. Cuando esto debería suponer un intercambio de ideas con acentos de versatilidad que develaría las ideologías y los rostros más reales de los aspirantes a la Presidencia. En México no hay debate

GUADALAJARA, JALISCO (06/MAY/2012).- Decía Hannah Arendt, la destacada filósofa política judeoalemana radicada por muchos años en Estados Unidos, que la democracia era “diálogo y debate”. El concepto y la idea son los dos insumos irrenunciables de la política, la democracia sin voz es dictadura, la unanimidad sin respuesta es totalitarismo. Así, la democracia se finca en la pluralidad, en las visiones alternativas y en los consensos surgidos de extensas discusiones. Sin embargo, en México, el debate como herramienta democrática muchas veces queda extraviado entre las portadas plagadas de acusaciones y un contraste destructivo, más que una diferenciación política constructiva.

Es difícil negarse a escuchar el spot de Enrique Peña Nieto en donde se erige por encima de la disputa partidista y llama a no dividir al país. Acusarlo de no cumplir, en opinión del abanderado del PRI, significa encono, polarización y destrucción. Señalar mentiras del candidato es volver al oscuro escenario de 2006, donde el país se encontró al borde de una crisis política. Pero las preguntas son:  ¿la polarización no es inherente a las campañas electorales? ¿La política no supone la construcción de opiniones diversas? ¿No es sano que en una democracia exista precisamente división?

Jorge Castañeda Gutman, ex canciller en el periodo presidencial de Vicente Fox y académico de la Universidad de Nueva York (NYU, por sus siglas en inglés), es uno de los personajes públicos que más han insistido en profundizar acerca de la aversión que sienten los mexicanos por la discusión o el debate. Para los mexicanos, el debate significa automáticamente ruptura, escenarios de irremediable distanciamiento, y más parálisis que acuerdos. El debate no sólo no es valorado en sí mismo, sino que incluso luce como un obstáculo para lograr consenso; cada palabra de enfrentamiento en un debate es simplemente un paso atrás en la posibilidad de alcanzar un arreglo adecuado para todos.  Esta realidad no sólo golpea a la arena política, sino que cultural y socialmente se vuelve una condición de relacionamiento. No es extraño que una discusión en una fiesta suponga la aparición del “aguafiestas”, el que arruina la diversión con sus argumentos fuera de lugar. La diversión tendría que suponer consenso automático, la división es harina de otro costal. En el mercado laboral, una discusión entre empleados implica que se ha arruinado el ambiente de trabajo, que la relación se ha desgastado. Ni siquiera en la familia el debate es bien visto. “No discutas mientras comemos”, “ya empezaste otra vez” o “siempre es lo mismo, todo es una discusión contigo”, son frases que se repiten ante las intromisiones discursivas de algún irreverente debatiente familiar.

Sin embargo, a pesar de lo que muchos quisieran creer, esto no significa una inevitabilidad social o una herencia cultural inapelable. El desarrollo democrático y la consolidación de las fuerzas políticas son fundamentales para entender la debilidad de una cultura del debate. Ralf Dahrendorf, conocido filósofo y sociólogo inglés, con claras posiciones liberales y que fungió como director de la prestigiosa London School of Economics, identifica que la permeabilidad de los argumentos y la valoración del debate público, son construcciones lentas que pueden ser impulsadas por innovaciones institucionales. Así, las democracias más consolidadas, aunque no en el mismo nivel, han abrazado una cultura de la discusión permanente, donde el enfrentamiento y el intercambio de ideas suelen ser los elementos definitorios para encontrar senderos compartidos y políticas públicas legítimas.

Dos ejemplos son ilustrativos de la importancia de los debates en una sociedad democrática. El reciente debate en Francia, donde el actual presidente Nicolás Sarkozy y el candidato socialista Francois Hollande, dan muestra de la imbricación de dos elementos esenciales para convertir a la discusión política en la pieza clave de información en las campañas: un formato de desarrollo del debate que permite el intercambio de ideas, interrupciones y versatilidad; y, por supuesto, una cultura del debate arraigada en la sociedad, que agradece el desacuerdo y tolera el disentimiento. Así, las acusaciones no se convierten, como solemos denominarlas en México, en “guerra sucia”.

Estados Unidos también tiene un apego social al debate. En este proceso electoral de primarias republicanas, los candidatos de la derecha americana debatieron más de 20 veces en escenarios poco controlados y hasta con interlocución con el público asistente. La cultura política americana construida en las denominadas “convenciones”, ágoras modernos que reúnen a una parte de la población en espacios públicos para decidir temas de toda índole, es un punto clave para entender la tolerancia que tienen los americanos a la discusión y hasta a la polarización. Los debates no son monólogos colectivos, sino que son auténticos ejercicios de intercambio de ideas que ponen sobre la palestra las trayectorias de los actores políticos y que, a través del contraste y la diferencia, buscan erigirse como la opción más adecuada para su instituto político. La veintena de debates entre republicanos nos sirvieron para enterarnos de información realmente sorprendente: que la mayoría de los candidatos pensaban que los talibanes estaban en Libia; que muchos de ellos creían que la homosexualidad se curaba con rezos, y que los republicanos habían encontrado la fórmula mágica para reducir el déficit fiscal sin aumentar los impuestos. Así, los debates fueron la mejor solución para excluir a los radicales, y quedarse con el único centrista capaz de competir con Obama: Mitt Romney.

Hoy, la campaña presidencial tendrá en el debate una de sus fechas cruciales. Con una reforma electoral que limita la posibilidad de las estrategias de contraste, el debate surge como una llave a la mano de los candidatos para acentuar la diferencia con sus adversarios y poner a prueba sus capacidades de reacción.

Sin embargo, el formato del debate, la generalización de los temas y la poca posibilidad de interacción que tienen los candidatos, auguran que a menos de que algún candidato sucumba ante la catástrofe, el debate influirá poco en las preferencias electorales.

Debates memorables del pasado nos enseñan que estos ejercicios pueden tener alto impacto en la opinión pública a través de la innovación, la solidez de los argumentos y un claro y constructivo contraste. Como olvidar el debate de George Bush padre, con Bill Clinton en 1992, donde este último se lanzó contra el republicano con la inolvidable frase de: “Es la economía, estúpido”. Una frase de mucho valor simbólico: quedó de manifiesto el extravío de la agenda presidencial de Bush y la insensibilidad del inquilino de la Casa Blanca en momentos de debilidad macroeconómica. En el mismo tenor, aquellas extraordinarias cualidades de debatiente mostradas por Diego Fernández de Cevallos al evidenciar a Ernesto Zedillo en muchos temas, en ese no tan lejano año de 1994.

Así, los debates, ya sea a nivel campaña presidencial o en las entidades federativas, se han convertido en auténticos monólogos controlados, carentes de innovación y con un paupérrimo intercambio de ideas. Una cultura política que sospecha del enfrentamiento, que invalida a la ideología y que ve en el intercambio álgido de ideas una forma más de parálisis y encono, aunada a esquemas institucionales que reproducen esta aversión a la discusión, provocan que los debates en México sean más aburridos que un partido de futbol Tigres vs. Morelia.

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