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Los hombres piano

Samuel Aceves y Silvino Loza le ponen sabor y ritmo a las conversaciones de cantina, estas son sus historias

GUADALAJARA, JALISCO (15/DIC/2013).- Ay dolor, ya me volviste a dar!, se escucha mientras el tequila raspa en la garganta de un hombre de traje que afloja el nudo de la corbata y trata de olvidar las penas de amor. En su lengua exprime un limón salpicado de sal y suelta palabras agrias. Masculla el mal querer de ellas, de “todas las mujeres del mundo”.

Son las seis de la tarde y brinda con sus amigos entre tarros de cerveza y botana enchilada. Justo al centro está don Samuel Aceves, el pianista de La Fuente, el músico que alegra las conversaciones de esa legendaria cantina tapatía. Para muchos, este pianista es el mejor confidente para sosegar a quienes sí tienen el corazón arrugado por la tragedia, no sólo romántica. El número 78 de la calle Pino Suárez es un confesonario pleno Centro Histórico de Guadalajara.

A dos cuadras, de La Fuente, otro hombre levanta la copa en señal de amistad. Antes de pedir un trago, reverencia a dos músicos, cuyas notas harán que otros entonen letras que les calmarán las penas. Ahí está Silvino Loza Hernández, sentado en el banco del piano, mientras que Carlos Lozano Martínez se mantiene de pie como un roble, con su violín en la mano.

Al subir por “Las escaleras” de la cantina, también conocida como Los Molachos, el ajetreo citadino desaparece en el número 398 de la calle Juan Manuel, en el primer piso. Los boleros están a punto de comenzar, y con éstos, una velada cotidiana pero jamás idéntica.

Ni borracho, ni mujeriego, ni jugador

Desde hace 10 años Samuel Aceves se ha convertido en un clasificador de penas y alegrías. La música de su piano atrae a aquellos que quieren cantar su entusiasmo, o llanto, a todo pulmón.

Don Samuel es pianista de una de las cantinas más emblemáticas de Guadalajara: La Fuente, un punto de reunión en el que tapatíos y foráneos se congregan para brindar y conversar.

Por iniciativa de su hermano, don Samuel se volcó a la música cuando recién llegó a Guadalajara, desempacado desde la localidad de San José de Gracia, en el municipio jalisciense de Tepatitlán. Su hermano mayor fue quien lo inscribió en la Escuela de Música de la Universidad de Guadalajara y de ahí emprendió un estilo de vida que, a la fecha, lo mantiene activo en los escenarios.

Las manos de este hombre de 65 años tocan melodías que desatan las más bajas pasiones, y no necesariamente las románticas, pues don Samuel funge como paño de lágrimas para quienes quieren brindar en nombre de los problemas laborales, del estrés generado por el tráfico y hasta de los infortunios económicos que azotan al país y la cartera del hogar.

Antes de que don Samuel llegara a La Fuente, su hermano, Ramón Aceves, era ponía el ritmo a las tertulias, también instalado en el piano. Un día cualquiera a don Samuel lo invitaron a tocar. Aquellos días improvisados hoy suman una década de popularidad, cariño y reconocimiento, no sólo por los clientes frecuentes de la cantina, sino de los mismos compañeros de trabajo que le chiflan y aplauden cada vez que alguien se acerca a pedirle una canción o una fotografía.

Don Samuel habla de la época tradicional de Guadalajara, cuando los espectáculos nocturnos eran veladas juveniles y bohemias en comparación con los estrepitosos antros que hoy enganchan a los púberes. Como pianista se consagró en foros musicales como el Hotel El Tapatío, el Hotel Hilton y el Cazadores.

“Mi suegra no quería que me casara con su hija. Decía que un músico era borracho, mujeriego, parrandero y jugador”, cuenta risueño don Samuel al hablar de su esposa, Ángela Cisneros, quien además de jurarle amor eterno y ser la madre sus tres hijos, lo acompaña fielmente en la música, pues su atinada voz de soprano los ha llevado a recorrer escenarios religiosos, juntos han estado demostrando su talento en las misas de Catedral, el Expiatorio, San Agustín, Aranzazú, Santa María de Gracia, “y otros templos que son menos famosos”.

En sus incios don Samuel tocó el violín y el acordeón, de donde salían canciones de bolero y acentos gitanos y “de repente vengo aquí, donde vienen tantos borrachos, sin agraviar, pero aquí hay de todo, señoritas, señores, de todo. Aquí escucho tantas cosas, como que uno es el confesionario. Ves a caballeros y mujeres llorando que vienen a calmar sus penas con alcohol, pero que a la larga, no soluciona nada, todo es al revés”.

Generaciones andantes

“Algunos cuentan puras mentiras y uno tiene que aguantarlos. Hay mucha gente que se inventa las historias”, dice vacilante Silvino Loza Hernández, el pianista que durante 20 años marcado el ritmo y alegría en Los Molachos, en compañía del violinista Carlos Lozano.

Anteriormente, Silvino —de 79 años de edad— fue el protagonista de La Fuente junto al fallecido violinista, Rubén Sarabia. Silvino llegó a la ciudad desde el poblado de El Amparo, municipio de Etzatlán; su voz lo llevó al coro del Ahualulco del Mercado, a los ocho años de edad formó parte del coro Nacional Guadalupano, en la posición de contra alto. Bajo la enseñanza de Enrique Jiménez, allá por 1945, época en la que determinó su pasión por el piano.

El tiempo y los azares del destino, llevaron a don Silvino a las cantinas, cuenta  que no es un trabajo cansado, por aquello de las desveladas y el ajetreo propio de un centro nocturno, en donde los tragos de alcohol son el pan de cada día. Dice que “aquí, más o menos se divierte uno. Hay clientes con los que llevamos muchos años de relación, vacilamos y hasta ellos nos divierten para que no nos aburramos. El chiste de estos lugares es convivir con la gente y tocar lo que ellos piden”.

“Borrachos así, aquí no vienen, solamente gente tranquilita. A quien ya está pasado de copas ya no le sirven más”, dice.  Algunos clientes sólo buscan un aliento en su música para expresar sus males de amor: “Hay quienes se han separado de su mujer, otros que andan mal y todo lo platican. Yo no platicaría eso, yo sólo escucho y sigo tocando”.

Entre las anécdotas más chuscas destaca aquella ocasión en la que por errores de comunicación e interpretación, él y sus amigos de La Fuente, acudieron a tocar en una fiesta durante cinco horas, pero al momento de cobrar su honorarios, cayeron en cuenta que nadie les pagaría porque simplemente nadie los había contratado. La fiesta era en otro lugar.

Lo único medio incómodo de su lugar de trabajo es cuando la cantina está a su tope de capacidad, y la armonía del piano se ensucia con el ruido del bullicio. Aún así, el ambiente es lo más que disfruta.

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