Suplementos

Lecciones de periodismo en una novela

Fragmento de 'Los que habitan el abismo', de Diego Petersen Farah (Planeta, 2014), reproducido con autorización de Editorial Planeta Mexicana

GUADALAJARA, JALISCO (20/JUL/2014).- Aunque Manuel se lo tenía prohibido, porque consideraba que era una invasión a la vida privada —«eso es periodismo zopilotero», decía—, Beto decidió darse una vuelta por la funeraria donde velaban a la señora Lorena Fernández de Guízar. Había coronas de flores para diez muertos y de buen nivel; decenas de autos de lujo y camionetas estacionados sobre banquetas y lugares prohibidos, para dejar claro quién era más poderoso y prepotente, y tantos choferes y guaruras como asistentes al funeral. Adalberto se estacionó a cuatro cuadras. A pesar del insoportable calor de un mediodía de mayo, se puso una chamarra azul oscuro y caminó a la agencia; aunque se sabía mal vestido, bien podría pasar por un chofer más de los que estaban en la puerta, o incluso un jardinero agradecido. Entró con paso lento pero firme, tratando de no llamar la atención. Efectivamente, nadie reparó en él.

El funeral era una fiesta, la mezcla de perfumes era exagerada y nauseabunda. La gente estaba distribuida en pequeños grupos, la mayoría del mismo sexo: una bolita de chavos veinteañeros, vestidos idénticos —pantalón de mezclilla, saco negro, camisa desfajada y sin corbata—, contaban chistes; un círculo de mujeres, todas hermosas y vestidas de negro, chismeaban; más al fondo, unos trajeados de los que Adalberto no conocía los nombres pero sí sus caras, pues seguido salían en las secciones de Política o Empresas del diario, discutían como si estuvieran en una junta de trabajo. Dentro de la sala el cajón de caoba, perfectamente pulido como un mueble de hotel elegante, rodeado de flores, montones de ellas, todas blancas, seguramente más que el día de su boda, y unos sillones negros de piel donde estaban los familiares cercanos: un niño de unos seis años que jugaba con un teléfono celular, una señora copetuda de pelo cano que podría ser la abuela; en una esquina un hombre solo, probablemente el padre, que no lloraba, sólo se secaba el sudor. El señor Guízar, el mismo que repartiera mordidas a diestra y siniestra en la Procu, vestido de traje y corbata negros, impecables, y con unos zapatos de raso que a Beto le parecieron francamente maricones, recibía abrazos y repartía sonrisas; unas señoras jóvenes, no guapas, guapísima, con lentes oscuros, tal vez hermanas o primas de la muerta, vestían con una elegancia impecable, y una niña de ocho años con un vestido negro de terciopelo lloraba con la cara metida entre unos cojines. Nadie sollozaba en aquel velorio, nadie salvo la niña, que seguramente era la hija de Lorena. Se oían murmullos, carcajadas, palmadas de abrazos, cuchicheos; no había silencio, jaculatorias ni llanto. Los ricos no saben rezar ni llorar porque para ambas cosas se requiere humildad, pensó Beto.

Salió a la calle y comenzó a observar a los guaruras y choferes. Muchos de ellos le resultaban familiares, pues en efecto eran expolicías con los que Beto había tenido tratos y en más de una ocasión se los topó en un servicio o los vio en los pasillos de la policía investigadora; buscó a algún conocido, alguien de confianza para sopearlo, pero ninguno entraba en esa categoría. Adalberto sabía por experiencia propia que cuando los policías pasan a guaruras se hacen más sangrones, juntan la prepotencia de los judiciales con lo alzado de los ricos, una combinación terrible. Se acostumbran a los trajes y el aire acondicionado; oyen hablar de dinero todo el día y llegan a creer que es suyo; se hacen amigos de los amigos de los hijos del patrón y los defienden como perros. No encontró ninguno que le diera entrada, así que indagó entre los que eran simplemente choferes, los que manejaban para viejitas o empresarios medios, la mayoría extaxistas o extransportistas y comunicativos por naturaleza. Se acerdó a una bola de choferes, seis o siete, que fumaban y platicaban recargados en un Toyota negro. Fingió ser uno de ellos. No se presentó ni le preguntaron quién era, simplemente se metió y se integró a la plática como quien se sube a una escalera eléctrica y eso lo convierte en compañero de viaje.

PERFIL DE ESCRITOR


Diego Petersen Farah (Guadalajara, 1964) ha dedicado su vida al periodismo como reportero, columnista y directivo de medios.

Fue fundador y subdirector del diario Siglo 21, además de fundador y director del diario Público. Participó, además, en la creación de Milenio de la Ciudad de México, de Colima y de León.

Actualmente es coordinador de edición de EL INFORMADOR.

Su columna “En tres patadas” se publica en diversos periódicos y sitios web en todo el país.

Con “Los que habitan el abismo”, Diego Petersen Farah inclursiona en la novela.

Temas

Sigue navegando