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Las cosas que nos rodean: Fruta madura
No es necesario ir al mercado para darnos cuenta de la cantidad, la variedad y la calidad de frutas que tenemos a nuestro alcance
No es necesario ir al mercado para darnos cuenta de la cantidad, la variedad y la calidad de frutas que tenemos a nuestro alcance.
Bien nos damos cuenta de que las hay buenas, muy buenas y otras no tanto.
El Profeta compara la vida como la huerta de Dios, y a los seres humanos como las frutas que se producen allí.
Es cierto que nuestro Padre Dios quiere tan sólo frutos buenos y que se sentirá triste o desconsolado si ve que lo que ha cultivado con tanto amor, le está produciendo frutos amargos deteriorados o podridos.
Esto es lo mismo que san Pablo nos indica en la carta que hoy han podido escuchar aquellos que asistieron a la Santa Misa. No es lo mismo hacer obras buenas y practicar la virtud, que hacer aquello que merece reprobación o castigo.
Todo cuanto es justo y puro es agradable a Dios, es la fruta jugosa que espera cosechar.
Nadie puede decir que ignora que es lo mejor, que es lo bueno y razonable. En muchas y diversas formas Dios alecciona a sus hijos y les indica los caminos de la verdad y de la justicia.
Pero ¡claro! No siempre nos conviene escuchar la voz que grita en contra de nuestras conveniencias y caprichos. No siempre lo mejor es lo más agradable, porque hay ocasiones que contradice la comodidad y el egoísmo.
Y hasta hay quienes aseguran que no escuchan consejo alguno ni de sus padres ni de la propia conciencia, porque así se conservarán perennemente jóvenes, ya que el adagio asegura que “el que no oye consejo, no llega a viejo…”
Lo malo es llegar a edad avanzada con los defectos no corregidos de la juventud. O sin producir nada, como parásitos en una sociedad que no puede avanzar por nuestra culpa.
ORACION DE LA FRUTA
Cada vez que miro la fruta madura
pienso en lo que me pide la vida,
en lo que esperan de mí
los que conviven conmigo
y en lo que debo aportar
a mi contexto social.
Yo quiero ser siempre buena fruta
y dar en todo momento lo mejor de mí,
para cumplir fielmente la misión
que se me ha encomendado
a mi paso por la vida,
y para que cuando Dios me busque,
le ofrezca buenos frutos
porque supe cumplir
lo que esperó de mí.
Si cada uno de nosotros nos esforzamos cada día por ser mejores, por cumplir nuestro deber y por practicar la virtud y la justicia con nuestros próximos, entonces seremos elementos positivos que construyen el Reino de Dios en este mundo, dando fruto sabroso a su tiempo y buenos ejemplos a cuantos nos rodean.
María Belén Sánchez fsp
Bien nos damos cuenta de que las hay buenas, muy buenas y otras no tanto.
El Profeta compara la vida como la huerta de Dios, y a los seres humanos como las frutas que se producen allí.
Es cierto que nuestro Padre Dios quiere tan sólo frutos buenos y que se sentirá triste o desconsolado si ve que lo que ha cultivado con tanto amor, le está produciendo frutos amargos deteriorados o podridos.
Esto es lo mismo que san Pablo nos indica en la carta que hoy han podido escuchar aquellos que asistieron a la Santa Misa. No es lo mismo hacer obras buenas y practicar la virtud, que hacer aquello que merece reprobación o castigo.
Todo cuanto es justo y puro es agradable a Dios, es la fruta jugosa que espera cosechar.
Nadie puede decir que ignora que es lo mejor, que es lo bueno y razonable. En muchas y diversas formas Dios alecciona a sus hijos y les indica los caminos de la verdad y de la justicia.
Pero ¡claro! No siempre nos conviene escuchar la voz que grita en contra de nuestras conveniencias y caprichos. No siempre lo mejor es lo más agradable, porque hay ocasiones que contradice la comodidad y el egoísmo.
Y hasta hay quienes aseguran que no escuchan consejo alguno ni de sus padres ni de la propia conciencia, porque así se conservarán perennemente jóvenes, ya que el adagio asegura que “el que no oye consejo, no llega a viejo…”
Lo malo es llegar a edad avanzada con los defectos no corregidos de la juventud. O sin producir nada, como parásitos en una sociedad que no puede avanzar por nuestra culpa.
ORACION DE LA FRUTA
Cada vez que miro la fruta madura
pienso en lo que me pide la vida,
en lo que esperan de mí
los que conviven conmigo
y en lo que debo aportar
a mi contexto social.
Yo quiero ser siempre buena fruta
y dar en todo momento lo mejor de mí,
para cumplir fielmente la misión
que se me ha encomendado
a mi paso por la vida,
y para que cuando Dios me busque,
le ofrezca buenos frutos
porque supe cumplir
lo que esperó de mí.
Si cada uno de nosotros nos esforzamos cada día por ser mejores, por cumplir nuestro deber y por practicar la virtud y la justicia con nuestros próximos, entonces seremos elementos positivos que construyen el Reino de Dios en este mundo, dando fruto sabroso a su tiempo y buenos ejemplos a cuantos nos rodean.
María Belén Sánchez fsp