Suplementos
Las Piedras
Los cerros de la zona ofrecen curiosas formaciones y maravillosas historias para los visitantes
GUADALAJARA, JALISCO (08/MAR/2015).- La Sierra de Quila atesora unas peculiares esculturas, tanto por sus formas como por sus dimensiones, fueron llamadas simplemente, “Las Piedras”, se ubican al Noreste del Cerro el Convenio y al Suroeste del Cerro el Mirador, por donde corre el Arroyo Hondo.
Un 20 de noviembre, Nicolás, Alexis y yo, nos encaminamos rumbo a Quila el Grande. Al pie del Cerro los Lobos hay un poblado nombrado Quililla. Manuel López Cotilla refirió en 1843, al primero como rancho y al segundo como hacienda. Victoriano Roa mencionó en 1825 a Quila como hacienda, y en el Directorio Oficial de las Minas y Haciendas de México (1910), aparece Quila con 4,360 hectáreas y pertenecía a Jesús Odilón Cañedo, quien además poseía La Esperanza con 4 mil 840 ha. y Jayamitla con 8 mil 233 ha. ambas en Ameca, cabe mencionar El Cabezón de Manuel C. de Pbo. M. S. Cañedo, con 4 mil 855 ha.
De San Martín Hidalgo, antes de la Cal, continuamos para Santa Cruz de las Flores y luego seguimos con dirección a la Sierra de Quila, después de San Jerónimo vimos el Arroyo los Laureles, animado por colomos. El camino fue subiendo y enseñándonos bonitos pliegues boscosos, más adelante, apreciamos el Arroyo Palmillas, donde convergen dos laderas, una cubierta por arbustos y la otra por robles, curioso paraje, el agua un tanto revuelta, corría por un lecho rocoso.
A corta distancia llegamos a Lagunillas, conformada, por bizarras moradas de adobe, con pequeñas ventanas de dos o cuatro hojas, con tapanco y techo de madera a dos aguas, cubierto por teja. El caserío, diseminado en una loma, cada casa con su potrero, unas con huerta. Había una casa con corredor, delimitado por dos columnas y una puerta de mezquite, sobre sus barbicanas, diversos helechos.
En El Cobre, miramos el Arroyo la Tuna, que realizaba un pequeño salto, luego vimos la añosa escuela de la Mesa del Cobre, sombreada por eucaliptos. Enseguida apreciamos unas fosas del Arroyo Palmillas, donde se reflejaban unos robles, después vimos el lecho del Arroyo Ramada del Obispo.
Posteriormente entramos a una gran meseta, que alberga a Quila el Grande y, atisbamos las vistosas Piedras. Al entrar a Quila, presenciamos el fabuloso desfile que se realizaba con enjundia, bandas de guerra, escoltas, revolucionarios con armas de madera, Adelitas, charros y amazonas sobre sus corceles. Pasado el desfile comimos en la fonda de doña Martha, degustamos unas sabrosas enchiladas.
De la fonda, nos encaminamos por el panteón, sin dejar de ver unas atractivas fincas de adobe y un sauzal embellecido por flores, seguimos una brecha que se fue adentrando a varios potreros, después de subir una loma, fuimos maravillados por Las Piedras, que nos mostraron su hermosura y su grandeza, once pintorescas piedras conforman el conjunto, que mira al Sur.
La primera, aislada; la segunda, triangular; la tercera, con dos fosas; la cuarta con cima plana; la quinta, la más alta, con una grieta horizontal y otra vertical; la sexta, baja y alargada; la séptima, con punta triangular; la octava, con agujeros en su parte superior; la novena, con una cueva en su costado izquierdo; la décima, curveada y con una grieta horizontal, que luego se hacía diagonal; la onceava, curveada y con un corte triangular, que rompía la curvatura.
Enseguida vimos un bordo con tules y detrás de unas encinas estaba el Cerro el Convenio. Nos apeamos para continuar por una vereda, y luego de una preciosa loma florida, cubierta por margaritas, alegrías y amapolas, nos sorprendieron cuatro inmensas puntas de aquellas piedras, detrás de un cerro tapizado por robles, era la quinta, la octava, la décima y la última piedra, son tan inmensas, que al acercarnos dejamos de ver el resto.
Al bajar el robledal, sólo pudimos admirar la octava, la décima, que tenía una cruz en su cresta y la onceava. Nos sentamos plácidamente e incrédulos, al pie de unos robles, a contemplar las bellas y enormes esculturas naturales. Hermoso sitio emblemático.
Un 20 de noviembre, Nicolás, Alexis y yo, nos encaminamos rumbo a Quila el Grande. Al pie del Cerro los Lobos hay un poblado nombrado Quililla. Manuel López Cotilla refirió en 1843, al primero como rancho y al segundo como hacienda. Victoriano Roa mencionó en 1825 a Quila como hacienda, y en el Directorio Oficial de las Minas y Haciendas de México (1910), aparece Quila con 4,360 hectáreas y pertenecía a Jesús Odilón Cañedo, quien además poseía La Esperanza con 4 mil 840 ha. y Jayamitla con 8 mil 233 ha. ambas en Ameca, cabe mencionar El Cabezón de Manuel C. de Pbo. M. S. Cañedo, con 4 mil 855 ha.
De San Martín Hidalgo, antes de la Cal, continuamos para Santa Cruz de las Flores y luego seguimos con dirección a la Sierra de Quila, después de San Jerónimo vimos el Arroyo los Laureles, animado por colomos. El camino fue subiendo y enseñándonos bonitos pliegues boscosos, más adelante, apreciamos el Arroyo Palmillas, donde convergen dos laderas, una cubierta por arbustos y la otra por robles, curioso paraje, el agua un tanto revuelta, corría por un lecho rocoso.
A corta distancia llegamos a Lagunillas, conformada, por bizarras moradas de adobe, con pequeñas ventanas de dos o cuatro hojas, con tapanco y techo de madera a dos aguas, cubierto por teja. El caserío, diseminado en una loma, cada casa con su potrero, unas con huerta. Había una casa con corredor, delimitado por dos columnas y una puerta de mezquite, sobre sus barbicanas, diversos helechos.
En El Cobre, miramos el Arroyo la Tuna, que realizaba un pequeño salto, luego vimos la añosa escuela de la Mesa del Cobre, sombreada por eucaliptos. Enseguida apreciamos unas fosas del Arroyo Palmillas, donde se reflejaban unos robles, después vimos el lecho del Arroyo Ramada del Obispo.
Posteriormente entramos a una gran meseta, que alberga a Quila el Grande y, atisbamos las vistosas Piedras. Al entrar a Quila, presenciamos el fabuloso desfile que se realizaba con enjundia, bandas de guerra, escoltas, revolucionarios con armas de madera, Adelitas, charros y amazonas sobre sus corceles. Pasado el desfile comimos en la fonda de doña Martha, degustamos unas sabrosas enchiladas.
De la fonda, nos encaminamos por el panteón, sin dejar de ver unas atractivas fincas de adobe y un sauzal embellecido por flores, seguimos una brecha que se fue adentrando a varios potreros, después de subir una loma, fuimos maravillados por Las Piedras, que nos mostraron su hermosura y su grandeza, once pintorescas piedras conforman el conjunto, que mira al Sur.
La primera, aislada; la segunda, triangular; la tercera, con dos fosas; la cuarta con cima plana; la quinta, la más alta, con una grieta horizontal y otra vertical; la sexta, baja y alargada; la séptima, con punta triangular; la octava, con agujeros en su parte superior; la novena, con una cueva en su costado izquierdo; la décima, curveada y con una grieta horizontal, que luego se hacía diagonal; la onceava, curveada y con un corte triangular, que rompía la curvatura.
Enseguida vimos un bordo con tules y detrás de unas encinas estaba el Cerro el Convenio. Nos apeamos para continuar por una vereda, y luego de una preciosa loma florida, cubierta por margaritas, alegrías y amapolas, nos sorprendieron cuatro inmensas puntas de aquellas piedras, detrás de un cerro tapizado por robles, era la quinta, la octava, la décima y la última piedra, son tan inmensas, que al acercarnos dejamos de ver el resto.
Al bajar el robledal, sólo pudimos admirar la octava, la décima, que tenía una cruz en su cresta y la onceava. Nos sentamos plácidamente e incrédulos, al pie de unos robles, a contemplar las bellas y enormes esculturas naturales. Hermoso sitio emblemático.