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La vida en shuffle: Escribir por escribir, nomás
Escribir por escribir nomás, puede ser un placer, un divertimento en principio sin mayores pretensiones, que sea parte de nuestra formación, de nuestra vida.
Por: Eduardo Castañeda
Cuando se tiene la convicción de que se es escritor, y esa idea puede llegar muy temprano en la vida o a cualquier hora, se puede también estar en un error.
Por supuesto que hay más malos escritores que buenos. Es normal. Y hay que saber distinguir entre los que tienen sustancia y los que no, entre los que proponen algo y los que escriben así, ralito, en la superficie, con tinta diluida y falta de experiencia.
En las últimas semanas se habló del Premio Príncipe de Asturias a las Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, reconocimiento a un exitoso programa de formación musical en ese país, que se ha combinado de manera feliz con un proyecto de reinserción social.
No sé si una iniciativa así podría aplicarse aquí en México con la consistencia debida para rendir buenos frutos. Y hablar de frutos no significa que haya grandes músicos (que por supuesto ya los hay en Venezuela gracias a esta formación), sino que más gente puede crear y disfrutar más ampliamente de la música, así nomás, por hacer música, por disfrutarla, las dos cosas juntas o separadas.
En el terreno de la escritura, de contar historias a través de la palabra escrita, de narrar, de intentarla o hacer en efecto poesía sería interesante emprender un programa de formación en la escritura creativa a gran escala. Es decir, a una amplia franja de la población, desde la escuela primaria. Quizás sería una forma de a la vez tener más lectores y también tener más gente preparada para saber decir las cosas, para comunicarse mejor, para ser crítica con la realidad; mejor preparada para disfrutar de las letras y en una de esas hasta habría más y mejores escritores (pero eso no sería lo importante).
Escribir por escribir nomás, puede ser un placer, un divertimento en principio sin mayores pretensiones, que sea parte de nuestra formación, de nuestra vida. Escribir literatura ya sería otra cosa, y ahí, en ese entonces y ahora habrá que recordar las palabras de Rainer Maria Rilke, en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge:
“Para escribir un solo verso, es preciso haber visto muchas ciudades, hombres y cosas; es necesario conocer a los animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimientos hacen las flores al abrirse por la mañana. Hace falta poder pensar en caminos de regiones desconocidas, en encuentros inesperados, en despedidas que desde antes se veían llegar; en los días de la niñez cuyo misterio no se ha aclarado aún; en los padres a quienes se molestaba cuando traían una alegría que no se comprendía (era una alegría hecha para otro); en enfermedades de infancia que comienzan tan singularmente, con tan profundas y serias transformaciones; en días pasados en las habitaciones sosegadas y recogidas, en mañanas en las orillas del mar, en la mar misma, en mares, en noches de viaje que temblaban muy alto y volaban con todas las estrellas y a veces no es suficiente saber pensar en todo esto. Es necesario tener el recuerdo de muchas noches de amor, en las que ninguna se parece a la otra, de gritos de parturientas y de leves, pálidas, durmientes paridas que se cierran. Todavía es preciso haber estado al lado de los moribundos, haber permanecido sentado junto a los muertos, en la habitación, con la ventana abierta y con los ruidos que vienen a golpes. Y tampoco basta tener recuerdos. Hay que saber olvidarlos cuando son numerosos y hay que tener la paciencia de esperar que vuelvan. Puesto que los recuerdos mismos, no son aún esto. Hasta que no se hacen en nosotros sangre, mirada, gesto, cuando ya no tienen nombre y no se les distingue de lo que somos, recién entonces puede suceder que en una hora muy extraña, del medio de ellos, surja la primera palabra de un verso”.
Claro, siempre habrá un genio, pero en general, quien escribe con pretensión literaria debería repasar las palabras de Rilke.
Cuando se tiene la convicción de que se es escritor, y esa idea puede llegar muy temprano en la vida o a cualquier hora, se puede también estar en un error.
Por supuesto que hay más malos escritores que buenos. Es normal. Y hay que saber distinguir entre los que tienen sustancia y los que no, entre los que proponen algo y los que escriben así, ralito, en la superficie, con tinta diluida y falta de experiencia.
En las últimas semanas se habló del Premio Príncipe de Asturias a las Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, reconocimiento a un exitoso programa de formación musical en ese país, que se ha combinado de manera feliz con un proyecto de reinserción social.
No sé si una iniciativa así podría aplicarse aquí en México con la consistencia debida para rendir buenos frutos. Y hablar de frutos no significa que haya grandes músicos (que por supuesto ya los hay en Venezuela gracias a esta formación), sino que más gente puede crear y disfrutar más ampliamente de la música, así nomás, por hacer música, por disfrutarla, las dos cosas juntas o separadas.
En el terreno de la escritura, de contar historias a través de la palabra escrita, de narrar, de intentarla o hacer en efecto poesía sería interesante emprender un programa de formación en la escritura creativa a gran escala. Es decir, a una amplia franja de la población, desde la escuela primaria. Quizás sería una forma de a la vez tener más lectores y también tener más gente preparada para saber decir las cosas, para comunicarse mejor, para ser crítica con la realidad; mejor preparada para disfrutar de las letras y en una de esas hasta habría más y mejores escritores (pero eso no sería lo importante).
Escribir por escribir nomás, puede ser un placer, un divertimento en principio sin mayores pretensiones, que sea parte de nuestra formación, de nuestra vida. Escribir literatura ya sería otra cosa, y ahí, en ese entonces y ahora habrá que recordar las palabras de Rainer Maria Rilke, en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge:
“Para escribir un solo verso, es preciso haber visto muchas ciudades, hombres y cosas; es necesario conocer a los animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimientos hacen las flores al abrirse por la mañana. Hace falta poder pensar en caminos de regiones desconocidas, en encuentros inesperados, en despedidas que desde antes se veían llegar; en los días de la niñez cuyo misterio no se ha aclarado aún; en los padres a quienes se molestaba cuando traían una alegría que no se comprendía (era una alegría hecha para otro); en enfermedades de infancia que comienzan tan singularmente, con tan profundas y serias transformaciones; en días pasados en las habitaciones sosegadas y recogidas, en mañanas en las orillas del mar, en la mar misma, en mares, en noches de viaje que temblaban muy alto y volaban con todas las estrellas y a veces no es suficiente saber pensar en todo esto. Es necesario tener el recuerdo de muchas noches de amor, en las que ninguna se parece a la otra, de gritos de parturientas y de leves, pálidas, durmientes paridas que se cierran. Todavía es preciso haber estado al lado de los moribundos, haber permanecido sentado junto a los muertos, en la habitación, con la ventana abierta y con los ruidos que vienen a golpes. Y tampoco basta tener recuerdos. Hay que saber olvidarlos cuando son numerosos y hay que tener la paciencia de esperar que vuelvan. Puesto que los recuerdos mismos, no son aún esto. Hasta que no se hacen en nosotros sangre, mirada, gesto, cuando ya no tienen nombre y no se les distingue de lo que somos, recién entonces puede suceder que en una hora muy extraña, del medio de ellos, surja la primera palabra de un verso”.
Claro, siempre habrá un genio, pero en general, quien escribe con pretensión literaria debería repasar las palabras de Rilke.