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La tuya en bicicleta
Peñíscola, por los acantilados del Mediterráneo
GUADALAJARA, JALISCO (06/OCT/2013).- Cuenta la historia que a inicios del siglo XV, durante el cisma de Occidente, Pedro Martínez de Luna, conocido como el Papa Luna, uno de los tres Papas que se disputaban la jefatura de la
Iglesia Católica en aquel tiempo, fue a refugiarse en Peñíscola donde vivió hasta sus últimos días en un castillo construido más de un siglo antes por los caballeros templarios. Peñíscola está situada en Castellón, al Norte de Valencia. Su ciudad antigua, coronada por el castillo, se encuentra sobre un enorme peñón que sale hacia el mar y está unido a la tierra por una estrecha lengüeta de arena. Allí pasé unas vacaciones, baños de mar, piscina, caminatas y, por supuesto, bicicleta.
Hay varios puntos de alquiler de bicis y muchos caminos a recorrer. De un lado del peñón está la playa Norte y, siguiendo tranquilamente por el paseo marítimo, se llega a la localidad Benicarló. Del otro lado está la playa Sur y a unos 15 kilómetros aproximadamente el pueblo de Alcossebre. En esa dirección la ruta en bici es mucho más interesante.
Se sale de Peñíscola tomando la carretera de la Sierra de Irta. El primer tramo hay que ir sorteando autos hasta que aparece un desvío y ya nos apartamos del tráfico para tomar el camino de tierra que nos acerca al mar. Pasamos junto a varias calas con algunos bañistas y pescadores. Luego comienza una subida que, por fortuna, tiene una parte asfaltada lo cual hace el ascenso un poco más fácil. Arriba, en lo alto del acantilado, está la Torre de Badum, a unos 97 metros del nivel del mar. La torre, de planta cilíndrica, era de vigilancia y desde ella las vistas son impresionantes. Estamos en pleno parque natural Sierra de Irta que, según dicen es “el último tramo de costa que queda sin edificar entre Francia y Almería”. Debajo del acantilado está el Mediterráneo. A lo lejos se ven playas y la verdad es que dan ganas de tirarse al mar desde allí mismo para refrescarse un poco. Pero hay que seguir pedaleandando.
Comienza la bajada. En todo el trayecto es normal encontrar caminantes ya que la Sierra de Irta está llena de senderos bien señalizados. Hay caminantes y ciclistas y calitas de película. Un viaje que huele a agua salada y a vegetación mediterránea. El último tramo es un camino bastante bueno que bordea el mar y desemboca en el paseo marítimo de Alcossebre. Es la hora del descanso. Pausa para comer y pasar un rato, porque luego toca el regreso. Lo bueno que tienen estos recorridos es que nunca ves lo mismo, cada ángulo te da un nuevo punto de vista y cuando pasas por el mismo lugar tienes la impresión de estar en un sitio diferente. O al menos eso me sucedió a mí. La luz era otra, el reflejo del sol en el agua cambiaba. Incluso el sonido, el viento. Todo se veía como si fuera la primera vez.
Así, despacito, volví a entrar en Peñíscola. Encima de la roca está la ciudad amurallada y su corona es el castillo. Al pie del promontorio hay que soltar la bici y tirarse en la arena para contemplar los reflejos de las luces del atardecer encima de la fortaleza. Es muy hermoso. Sin duda el Papa Luna, aunque perdió el papado, supo escoger bien su residencia.
Hay varios puntos de alquiler de bicis y muchos caminos a recorrer. De un lado del peñón está la playa Norte y, siguiendo tranquilamente por el paseo marítimo, se llega a la localidad Benicarló. Del otro lado está la playa Sur y a unos 15 kilómetros aproximadamente el pueblo de Alcossebre. En esa dirección la ruta en bici es mucho más interesante.
Se sale de Peñíscola tomando la carretera de la Sierra de Irta. El primer tramo hay que ir sorteando autos hasta que aparece un desvío y ya nos apartamos del tráfico para tomar el camino de tierra que nos acerca al mar. Pasamos junto a varias calas con algunos bañistas y pescadores. Luego comienza una subida que, por fortuna, tiene una parte asfaltada lo cual hace el ascenso un poco más fácil. Arriba, en lo alto del acantilado, está la Torre de Badum, a unos 97 metros del nivel del mar. La torre, de planta cilíndrica, era de vigilancia y desde ella las vistas son impresionantes. Estamos en pleno parque natural Sierra de Irta que, según dicen es “el último tramo de costa que queda sin edificar entre Francia y Almería”. Debajo del acantilado está el Mediterráneo. A lo lejos se ven playas y la verdad es que dan ganas de tirarse al mar desde allí mismo para refrescarse un poco. Pero hay que seguir pedaleandando.
Comienza la bajada. En todo el trayecto es normal encontrar caminantes ya que la Sierra de Irta está llena de senderos bien señalizados. Hay caminantes y ciclistas y calitas de película. Un viaje que huele a agua salada y a vegetación mediterránea. El último tramo es un camino bastante bueno que bordea el mar y desemboca en el paseo marítimo de Alcossebre. Es la hora del descanso. Pausa para comer y pasar un rato, porque luego toca el regreso. Lo bueno que tienen estos recorridos es que nunca ves lo mismo, cada ángulo te da un nuevo punto de vista y cuando pasas por el mismo lugar tienes la impresión de estar en un sitio diferente. O al menos eso me sucedió a mí. La luz era otra, el reflejo del sol en el agua cambiaba. Incluso el sonido, el viento. Todo se veía como si fuera la primera vez.
Así, despacito, volví a entrar en Peñíscola. Encima de la roca está la ciudad amurallada y su corona es el castillo. Al pie del promontorio hay que soltar la bici y tirarse en la arena para contemplar los reflejos de las luces del atardecer encima de la fortaleza. Es muy hermoso. Sin duda el Papa Luna, aunque perdió el papado, supo escoger bien su residencia.