Suplementos
La tuya en bicicleta
Senderos entre salinas
GUADALAJARA, JALISCO (11/AGO/2013).- El verano para mí es sinónimo de mar, bronceadito en la piel, zambullidas, sabor a sal y una brazada y dos y tres. En todo eso pensaba, hace algunos años, mientras viajaba hacia la isla de Re a pasar la temporada en casa de unos amigos. Pero esta isla francesa, a la cual se accede por carretera gracias a un puente de casi tres kilómetros que parte de La Rochelle, está situada en el Atlántico. Y este detalle fue el que rompió con mis sueños de zambullidas y brazadas porque, si bien mis amigos trataron de convencerme de que el agua estaba simplemente “fresquita”, para mi cuerpo era imposible de aceptar. Fresca ha de ser sólo el agua que bebo. Fue, sin embargo, mi incompatibilidad con el agua fría, la que me permitió dedicar casi todo el tiempo a la bicicleta que allí es la reina entre todos los medios de transporte.
El segundo día de mi estancia, un amigo de mis amigos me prestó una bici y, a partir de ese momento, cada mañana pasaba a buscarme para pedalear juntos. La isla tiene casi 30 kilómetros de largo y cinco de ancho, está cubierta de vías ciclísticas y lo mejor es que su suelo es prácticamente plano, no hay colinas. Partíamos de su capital, San Martín, un pequeño poblado con una gran historia. Fue blanco de los ataques de la flota inglesa en el siglo XVII, reina del comercio de sal y vinos, punto de partida de prisioneros hacia la Guayana y Nueva Caledonia. Una historia que se respira en el empedrado de las calles, en su ciudadela amurallada y en los restos de antiguas fortificaciones.
En bici puede recorrerse toda la isla, pasando por sitios a los que, obviamente, un auto no tiene acceso. Senderos que bordean el mar o atraviesan bosques y marismas para llevarnos a los diferentes poblados de casitas blancas y largas playas de arena. Curioso es que, a lo largo del camino, aún pueden verse varios de los bunkers construidos por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial que miran el mar e invitan a detenerse.
Me encantó poder pedalear por caminitos que atravesaban salinas, la sal es uno de los productos más famosos de la isla. Y alternar entre sol y sombra, territorios frondosos o llanuras despobladas. Y descubrir los restos de la abadía de los Châteliers, un monasterio del siglo XII que se levanta solitario en medio de un campo de flores. Y visitar el Faro de las Ballenas, que debe su nombre a que, según cuentan, en época remota éste era un sitio frecuentado por esos cetáceos.
A veces pedaleábamos el día entero, haciendo pausas aquí y allá, y era cuando más me gustaba, porque asistía a los cambios de mareas. Un sitio visto en la mañana era otro distinto unas horas más tarde y esto siempre me ha resultado muy curioso. Cuando ya la tarde comenzaba a caer regresábamos a San Martin. A esa hora las calles del puerto están llenas de personas que beben su aperitivo o se pasean por el montón de tiendas que aún permanecen abiertas. Allí nos reuníamos con el resto de los amigos y era el momento perfecto para tomar unas ostras o unos mejillones, que allí son buenísimos. Así, frente al mar, mis piernas descansaban para estar listas y al día siguiente continuar descubriendo los senderos de la isla.
El segundo día de mi estancia, un amigo de mis amigos me prestó una bici y, a partir de ese momento, cada mañana pasaba a buscarme para pedalear juntos. La isla tiene casi 30 kilómetros de largo y cinco de ancho, está cubierta de vías ciclísticas y lo mejor es que su suelo es prácticamente plano, no hay colinas. Partíamos de su capital, San Martín, un pequeño poblado con una gran historia. Fue blanco de los ataques de la flota inglesa en el siglo XVII, reina del comercio de sal y vinos, punto de partida de prisioneros hacia la Guayana y Nueva Caledonia. Una historia que se respira en el empedrado de las calles, en su ciudadela amurallada y en los restos de antiguas fortificaciones.
En bici puede recorrerse toda la isla, pasando por sitios a los que, obviamente, un auto no tiene acceso. Senderos que bordean el mar o atraviesan bosques y marismas para llevarnos a los diferentes poblados de casitas blancas y largas playas de arena. Curioso es que, a lo largo del camino, aún pueden verse varios de los bunkers construidos por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial que miran el mar e invitan a detenerse.
Me encantó poder pedalear por caminitos que atravesaban salinas, la sal es uno de los productos más famosos de la isla. Y alternar entre sol y sombra, territorios frondosos o llanuras despobladas. Y descubrir los restos de la abadía de los Châteliers, un monasterio del siglo XII que se levanta solitario en medio de un campo de flores. Y visitar el Faro de las Ballenas, que debe su nombre a que, según cuentan, en época remota éste era un sitio frecuentado por esos cetáceos.
A veces pedaleábamos el día entero, haciendo pausas aquí y allá, y era cuando más me gustaba, porque asistía a los cambios de mareas. Un sitio visto en la mañana era otro distinto unas horas más tarde y esto siempre me ha resultado muy curioso. Cuando ya la tarde comenzaba a caer regresábamos a San Martin. A esa hora las calles del puerto están llenas de personas que beben su aperitivo o se pasean por el montón de tiendas que aún permanecen abiertas. Allí nos reuníamos con el resto de los amigos y era el momento perfecto para tomar unas ostras o unos mejillones, que allí son buenísimos. Así, frente al mar, mis piernas descansaban para estar listas y al día siguiente continuar descubriendo los senderos de la isla.