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La tuya en bicicleta

La manera más segura de andar en bici

GUADALAJARA, JALISCO (09/DIC/2012).- Llegué a Río de Janeiro casi a media noche y cuando el taxi tomó la avenida que bordea la bahía de Guanabara, luego de entrever el mar nocturno, me alegró descubrir una estación de bicicletas, todas anaranjadas, lindísimas. ¿Se pueden alquilar bicis aquí?, pregunté al chofer, y éste respondió que por supuesto, podía recorrer toda la ciudad si lo quería. Toda no, pensé, pero mañana me voy al litoral, seré la chica de Ipanema en bici y con esa idea fui a dormir.

Mi hotel estaba al inicio de Copacabana. La mañana siguiente bajé a la avenida que separa el barrio de la playa y lo que vi me pareció más hermoso que lo visto en filmes o telenovelas. De un lado, altos edificios, del otro, el mar atlántico con su oleaje furioso a pesar del verano. Justo allí había una estación de bicicletas. Me sorprendió ver a muchas personas al teléfono hasta que un simpático carioca me explicó el sistema. Para alquilar una bici en Río hay que conectarse a un sitio internet trámite vía un smartphone o llamar a un determinado número desde un teléfono celular brasileño, pero tanto lo uno como lo otro debe hacerse en la estación, porque una vez realizado el pedido, recibimos el OK en nuestro teléfono y la bicicleta solicitada se desbloquea para que podamos tomarla. Si uno está lejos, pues no puede tomar la bicicleta. Yo no tenía smartphone ni número brasileño, pero ya me ocuparía de eso después. Mientras, eché a andar por la playa de Copacabana, unos tres kilómetros de ida y lo mismo de vuelta.

Al día siguiente compré un número de teléfono brasileño, pero cuando intenté llamar desde la estación, una voz dijo que necesitaba activar la línea y para ello pedían un número, que me sonó algo así como GPS, pero que se trataba de una identificación brasileña y yo, por supuesto, no la tenía. Ya lo vería después, pensé, y mientras, volví a recorrer Copacabana, pasé junto al fuerte que está en la otra punta y seguí por la playa del Arpoador, luego Ipanema, unos siete kilómetros de ida y lo mismo de regreso.

Dos días más tarde, una amiga brasileña me dio su identificación para activar la línea, aunque tuve que esperar al día siguiente para que funcionara. Entonces volví triunfal a la estación, pero por más que intenté llamar no conseguía escuchar nada. El tráfico allí es intenso y muy ruidoso. Fui hasta un hotel cercano, hice la llamada mágica, di mis datos para el pago y salí corriendo de vuelta a la estación. Un rato después me llegó un mensaje diciendo que todo estaba OK, tan sólo faltaba hacer una segunda llamada, la última, después de la cual recibiría el OK definitivo que daría acceso a la bici. Llamé y una voz dijo que llamara más tarde. Y más tarde. Y más tarde…

Me fui de Río de Janeiro casi a media noche. En una semana no logré alquilar una bici. De haberlo hecho, claro, no hubiera podido meter los pies en el agua, ni  observar detenidamente a los vendedores ambulantes, y quizá, por precaución de no dejar sola la bici, no me hubiera detenido frente a cada una de las esculturas de arena para sacarle fotos y tampoco hubiera subido a la Piedra do Arpoador, el montecillo que separa Copacabana de Ipanema, y hubiera perdido el espectáculo de los surfistas sobre las furiosas ondas del mar. Por suerte, Río me ofreció la manera más segura de andar en bici: dejándola aparcada. En mis pies llevo la arena de sus playas, el polvo de sus calles y las huellas de su belleza.

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