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La “suciudad”
El haragán culturoso
La, su ciudad, la ciudad de usted, la mía, la nuestra…
La urbe se dibuja de múltiples maneras, rasga los cielos, impone al horizonte lo mismo caos que geometría. La gris ciudad, la negra. Ese laberinto hórrido donde la luz, neciamente, se cuela.
Aquí, en este imperio monocromático de falsas geometrías, habita el hombre. Aquí habito yo. Soy, igual que tú, un animal de rutinas, una bestia de cegueras. Me alzo por las mañanas en la dulce comodidad de entre las sábanas, disfruto como tú la calidez que el colchón proporciona. Acaso a veces una espalda se enfoca, primero que nada, en la dulce niña de mis ojos. No importa demasiado. La vida es dos verdades opuestas, es una horrible belleza o una bella horripilancia. Antes todo lo contrario.
El caso es que me levanto, me siento a orillas de la cama. Los perros, que sólo saben amar (y defecar y defecar, y defecar) me miran contentos de que estoy despierto. Los perros. Esos mismos animales que chillan y ladran en una emoción que me hace preguntarme, en mi adormilado pensamiento, cómo cabe en ellos tanto sentimiento. Imagino, mientras arde el agua del café y sirvo las croquetas, que un día explotarán y quedaré, con el plato en la mano, lleno de vísceras y polvo.
El café, irremediablemente, a café sabe, esa agua especial, mágica que me regresa de un mundo a otro mundo. Redibuja los muebles, solidifica las sillas y hace sentido del periódico. Los perros ladran y me hacen saber que es hora de caminarlos, de lo contrario dejarán la casa llena de húmedos pasteles.
Así que la correa, los zapatos, la torpeza con la que me coloco el rompevientos, el sonido de la puerta, el jalar duro de ambos canes por la acera. Así surge la ciudad, húmeda, grisácea, dura. Y en cada esquina miro y no encuentro un bote de basura para tirar la bolsa llena de deshechos caninos que tengo en la mano.
Descubro que no hace falta porque toda la ciudad es un basurero. No existe calle que no tenga una colección triste de botellas de agua, un nicho de desechos orgánicos, una pila de cosas pudriéndose para beneficio de las moscas.
Es tan dura la ciudad que ni siquiera pueden darse el lujo los torpes canes de beber de sus charcos. Todo abrevadero es potencialmente venenoso y todo árbol tiene una capa ya no de hojas sino de plásticos, papeles, vomitadas…
Un hombre es lo que piensa -dice el Buda- con su pensamiento hace el mundo. Un hombre es también lo que hace, constantemente. Un hombre es su casa y su patio es la ciudad. La ciudad es una extensión de quien la construye. La ropa, el auto, los zapatos hablan de su dueño. La limpieza del cuarto, la bañera, la corbata. Todo nos cuenta historias claras de la personalidad de quien lo habita.
Así la ciudad habla de nosotros como un conjunto y temo que no dice nada bueno.
Dudas, quejas, limosnas y sugerencias
personaje33@hotmail.com
La urbe se dibuja de múltiples maneras, rasga los cielos, impone al horizonte lo mismo caos que geometría. La gris ciudad, la negra. Ese laberinto hórrido donde la luz, neciamente, se cuela.
Aquí, en este imperio monocromático de falsas geometrías, habita el hombre. Aquí habito yo. Soy, igual que tú, un animal de rutinas, una bestia de cegueras. Me alzo por las mañanas en la dulce comodidad de entre las sábanas, disfruto como tú la calidez que el colchón proporciona. Acaso a veces una espalda se enfoca, primero que nada, en la dulce niña de mis ojos. No importa demasiado. La vida es dos verdades opuestas, es una horrible belleza o una bella horripilancia. Antes todo lo contrario.
El caso es que me levanto, me siento a orillas de la cama. Los perros, que sólo saben amar (y defecar y defecar, y defecar) me miran contentos de que estoy despierto. Los perros. Esos mismos animales que chillan y ladran en una emoción que me hace preguntarme, en mi adormilado pensamiento, cómo cabe en ellos tanto sentimiento. Imagino, mientras arde el agua del café y sirvo las croquetas, que un día explotarán y quedaré, con el plato en la mano, lleno de vísceras y polvo.
El café, irremediablemente, a café sabe, esa agua especial, mágica que me regresa de un mundo a otro mundo. Redibuja los muebles, solidifica las sillas y hace sentido del periódico. Los perros ladran y me hacen saber que es hora de caminarlos, de lo contrario dejarán la casa llena de húmedos pasteles.
Así que la correa, los zapatos, la torpeza con la que me coloco el rompevientos, el sonido de la puerta, el jalar duro de ambos canes por la acera. Así surge la ciudad, húmeda, grisácea, dura. Y en cada esquina miro y no encuentro un bote de basura para tirar la bolsa llena de deshechos caninos que tengo en la mano.
Descubro que no hace falta porque toda la ciudad es un basurero. No existe calle que no tenga una colección triste de botellas de agua, un nicho de desechos orgánicos, una pila de cosas pudriéndose para beneficio de las moscas.
Es tan dura la ciudad que ni siquiera pueden darse el lujo los torpes canes de beber de sus charcos. Todo abrevadero es potencialmente venenoso y todo árbol tiene una capa ya no de hojas sino de plásticos, papeles, vomitadas…
Un hombre es lo que piensa -dice el Buda- con su pensamiento hace el mundo. Un hombre es también lo que hace, constantemente. Un hombre es su casa y su patio es la ciudad. La ciudad es una extensión de quien la construye. La ropa, el auto, los zapatos hablan de su dueño. La limpieza del cuarto, la bañera, la corbata. Todo nos cuenta historias claras de la personalidad de quien lo habita.
Así la ciudad habla de nosotros como un conjunto y temo que no dice nada bueno.
Dudas, quejas, limosnas y sugerencias
personaje33@hotmail.com