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La plaga

Hace tres décadas todavía era fácil ser niño y andar tranquilo por las calles, hoy los automóviles parecen al acecho de los paseantes

GUADALAJARA, JALISCO (11/MAY/2014).- La primera vez que mi madre me envió solo a la calle debía yo tener unos cuatro años. Di la vuelta a la manzana, crucé como un bárbaro, sin mirar a ninguno de los lados y compré un paquete de pan, en la tienda de doña Felícitas, con una de esas monedas decagonales con el perfil del cura Hidalgo, tan espantosas y comunes a principios de los ochenta y que, de tantas orillas potencialmente belicosas como tenían, resultaban ideales para arrojar a la cabeza de la gente en un momento de ira. No creo que ningún automóvil haya pasado a mi alrededor durante los cinco minutos que habrá durado el paseo. Volví sin incidentes que lamentar.

Me habitué pronto a caminar por el barrio y a realizar en la calle actividades que se han vuelto poco habituales o imposibles: acompañaba, por ejemplo, a mi abuelo a la oficina de correos donde revisaba la casilla de su apartado postal; o a mi madre al tendejón donde un zapatero les ponía medias suelas a los cacles escolares, siempre a medio deshacerse.

No sólo jamás estuve cerca de ser arrollado por un automóvil sino que recuerdo específicamente haber jugado largos partidos de futbol en todas las modalidades posibles (gol gana, penalitas locas, portero ambulante y chuladas del estilo) sin que fuéramos, mis compañeros de partido y yo, más que muy ocasionalmente molestados por el paso de los vehículos. La mayor parte de las personas se estacionaban en la cochera de su casa y sólo los visitantes se quedaban afuera (hablo de generalidades, porque seguramente habrá quien careciera no sólo de sitio para dejar el coche sino del coche mismo, aunque la ciudad era más caminable entonces y el transporte público servía para irse defendiendo, aunque también recuerdo que desde entonces la gente se quejaba de malos tratos, apelotonamiento en los pasillos y salvajadas de los choferes; no era raro, de hecho, ver racimos de pasajeros colgar del estribo de los autobuses en las llamadas “horas pico”).

La primera señal de que algo estaba por cambiar la tuvimos el día en que una pickup del tamaño de un vagón del ferrocarril apareció justo en la servidumbre frente a casa. Los vecinos le habían comprado ese mastodonte a su retoño, que estudiaba agronomía, y no hubo cupo en su cochera para albergarlo. Hubo que irse a jugar más allá. A partir de ese día, como si brotaran honguitos a la llegada del sol y tras una tormenta,  el mal se extendió por toda la calle. Los ricos le compraban a su esposa una de esas protocamionetas con los costados revestidos de falsa madera; los que menos recursos tenían, agregaban algún vehículo de trabajo (un camioncito de redilas, una rambler repleta de cajas de cartón e incluso un taxi) al propio. Ya para entonces, jugar en la calle obligaba a hacer más piruetas que un jugador brasileño y uno debía especializarse en salvar y desatorar los balones que terminaban por rodar debajo de los autos.

Un par de años después, la inundación de automóviles ya había provocado que cualquier posible partido callejero tuviera, por necesidad, más pausas que un juego de futbol americano televisado. Alguien llegaba a su domicilio, alguien salía de él, alguien más se limitaba a pasar, con el mofle retumbando como una cañonera, y era necesario detener el balón y hacerse a un lado, así estuviera uno a  punto de meter el gol del desempate, para que no se lo llevaran por delante.

Quizá ciertas calles tranquilas se habrán librado de la peste pero no creo que hayan sido la mayoría. Hoy día, caminar por la ciudad se ha vuelto un deporte de alto riesgo. La plaga motorizada ha triunfado.

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