Suplementos
La patria en 90 minutos
La politización del deporte más que una excepción, es la regla
GUADALAJARA, JALISCO (15/JUN/2014).- El futbol y la política no se entienden uno sin el otro. ¿Cómo explicar el Mundial de 1934 sin Benito Mussolini y el ascenso del fascismo italiano? ¿Cómo explicar el ambiente de la Copa del Mundo de Argentina 1978 sin la polarización por las Islas de las Malvinas o sin la dictadura militar de Jorge Rafael Videla? ¿O quién podría borrar de su memoria la algarabía democrática posfranquista y el ascenso del socialismo español de Felipe González en la Copa del Mundo de 1982? Tanto a nivel de selecciones, como a nivel de clubes, el futbol siempre ha sido un poderoso canal de mensaje político que cala más hondo que los largos discursos de Fidel Castro o los multitudinarios mítines de Hugo Chávez. El futbol es un fenómeno social que genera identidades populares, por lo que su politización es inevitable.
La tentación de usar el futbol como vehículo de transmisión de ideas políticas siempre ha existido. Durante la Guerra Fría era visto como algo natural, un compromiso nacionalista como otros. En un entorno de polarización ideológica, la superioridad de un proyecto sobre otro se dirimía al igual que en la cultura, en las armas o en la ciencia, también en las canchas deportivas. Estados Unidos y la Unión Soviética hicieron de los Juegos Olímpicos un plebiscito constante sobre sus fuerzas. La competencia de ambos bloques encontraba en el deporte una arena más de tensión. Los boicots de Moscú 1980 y Los Ángeles 1984 son dos ejemplos de la seriedad con la que soviéticos y americanos enfrentaban las Olimpiadas. Es como si Karl Marx y Adam Smith tuvieran que probar en un terreno de juego su superioridad intelectual como proyecto nacional y Mundial.
El futbol ha sido uno de los espacios del encumbramiento del llamado “dios de la modernidad”: el nacionalismo (como lo llamó el historiador catalán Josep Llobera, en un libro con ese nombre). El nacionalismo durante buena parte de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX constituyó el primer signo de identidad política. Antes la nación y luego la persona. Uno era primero mexicano y luego padre o ingeniero. El nacionalismo no tenía límites, su consistencia tenía que demostrarse en todos los ámbitos: desde la escuela con las grandes ceremonias patrióticas hasta los campos de futbol. Muchos pueblos encuentran en el futbol el espacio más cotidiano para expresar su sentimiento nacional, su orgullo identitario y el enaltecimiento de sus tradiciones.
Así, el futbol nace a finales del siglo XIX en un contexto de dominio absoluto del nacionalismo en Europa y América. Y, a la par, se desarrolla en estrecho vínculo a identidades políticas que le dan sentido comunitario. Ahí está el caso de los clubes. En Italia, el Livorno es el gran heredero del comunismo italiano, o la Lazio un club muy vinculado al fascismo y a la derecha italiana. En España, el Barcelona fue calificado por Manuel Vázquez Montalbán como “el ejército desarmado de Cataluña” o el Athletic Club que reivindica el nacionalismo vasco o hasta el Real Madrid un club abiertamente monárquico. El futbol nace en la modernidad política, por lo que su cordón umbilical está conectado al nacionalismo y a la exaltación de los valores particulares.
Los Mundiales: una historia política
Las copas del mundo pueden ser narradas por los goles de Pelé, Maradona, Rossi, Ronaldo o Zidane. Las paradas de Barthez, Casillas o Taffarel. Sin embargo, los Mundiales también pueden ser narrados desde la política. Los Mundiales han tomado lugar en coyunturas muy específicas. Al igual que lo que ocurre en Brasil con las manifestaciones donde se denuncia el gasto del Gobierno Federal por más de 13 mil millones de dólares en la Copa del Mundo (169 mil millones de pesos, lo doble que el presupuesto anual de Jalisco), los Mundiales se han enfrentado a problemas políticos locales e internacionales que han sido más que una “piedrita en el zapato”. Ahí tenemos a Uruguay en 1930, en el contexto de la Gran Depresión, la primera crisis realmente global. El terrible impacto económico provocó inestabilidad en la cantidad de selecciones que podrían participar. Al final, se llevó a cabo el Mundial, pero no todas las selecciones viajaron a tierras charrúas con sus mejores armas. Europa entraba en una fase de totalitarismo con los ascensos del fascismo en Italia, el nazismo en Alemania y el final de la dictadura de Miguel Primo de Rivera en España.
Tras la organización del primer Mundial, las sedes han recaído en países con coyunturas políticas delicadas. 1934 fue el primer Mundial de Italia, que sirvió para que Mussolini utilizara la coyuntura para mandar su mensaje de grandilocuencia y de la construcción de la “Nueva Roma”. El régimen fascista ya enseñaba sus verdaderos dientes, la deriva totalitaria ya quedaba clara en el discurso de Il Duce. Después cayó el Mundial en Francia que se preparaba para la Segunda Guerra Mundial con un gobierno del “Frente Popular” (que cayó precisamente ese año) que se debatía la posición gala ante los acontecimientos: ¿neutralidad? ¿Alianza contra los alemanes?
Y así, tras un receso de 12 años, el Mundial llegó otra vez a tierras americanas, esta vez a Brasil. Brasil se encontraba bajo el sistema populista de Getulio Vargas. El “Varguismo” es todavía para Brasil una marca identitaria que pesó sobre la política durante décadas. Un régimen que ha sido muy relacionados con otros populismos latinoamericanos más o menos contemporáneos como el Juan Domingo Perón o el de Lázaro Cárdenas. La derrota de Brasil en la final contra Uruguay, el famoso “maracanazo”, fue un duro golpe contra el régimen (se convirtió en el segundo país en no ganar el Mundial en su país: lo ganaron Uruguay —1930—, Italia —1934—).
Después de Brasil siguieron 20 años de relativa paz política. Los Mundiales de Suiza, Suecia, Chile e Inglaterra se desarrollaron con estabilidad política y sin grandes polarizaciones ideológicas. Hasta que llegó México, las Olimpiadas de 1968, el Mundial de 1970 y la histórica represión estudiantil de Tlatelolco. La Represión de Tlatelolco es vista por muchos politólogos como el primer gen de la transición. Tras 1968, el “2 de octubre” significó la lenta consolidación de la sociedad civil mexicana completamente corporativizada en las primeras décadas del régimen. Las primeras fisuras de un régimen que tuvo que emprender reformas profundas tras la represión de 1968 y la falta de legitimidad de 1976 en la elección de José López Portillo y la no postulación de candidato presidencial del PAN.
Argentina 1978 es uno de los Mundiales más polémicos de la historia. En ese campeonato, la Argentina de Menotti se unió al club de los que han levantado la copa. En medio de una dictadura cruel y opresiva, los argentinos vencieron en tiempos extras a la “naranja mecánica” de Johan Cruyff. Sin embargo, el partido de la polémica fue la victoria de Argentina a Perú en semifinales de la justa. Un partido que Argentina tenía que ganar por cinco goles y al final lo logró eliminando a la mejor selección peruana de la historia. La intervención del dictador Videla y la polarización con Reino Unido, que derivó en una guerra por las Malvinas en 1982, fueron elementos clave que siguen poniendo en tela de juicio la victoria obtenida por el cuadro albiceleste liderado por el goleador Mario Kempes.
El Mundial hacia las “nuevas potencias”
La Copa del Mundo de 1982 fue un premio a una España que asomaba la cabeza tras la larga noche de casi cuatro décadas del régimen franquista. Un país que logró consolidar una transición a la democracia sin luchas internas ni muertos ni armas. Los recuerdos de la Guerra Civil fueron suficientes para encontrar un pacto que le dio la bienvenida a la democracia. España se mostraba al mundo como ese país que quería dejar atrás el subdesarrollo en Europa y que con Felipe González emprendía la modernización del país. Por primera vez desde 1931, la izquierda llegaba al poder a través de las urnas en España (un par de años antes había llegado en Francia con Mitterrand).
A partir de 2002, la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) ha mandado un mensaje de cambio en el poder global. Se fueron los países centrales y las nuevas potencias económicas comienzan a surgir. Corea, Sudáfrica, Brasil, Rusia y Qatar son las nuevas potencias medias a nivel global con capacidad presupuestal y económica para organizar Mundiales a la altura de las expectativas. Los equilibrios de poder han cambiado y la FIFA entiende que sin importar la estabilidad de su régimen político o su respeto a los derechos humanos, el futbol cada vez es más dependiente de recursos económicos que vienen de las “petromonarquías” de Oriente Medio o de las nuevas economías en ascenso.
Aunque el futbol se ha ido despolitizando para globalizarse y volverse cada vez más un negocio y menos un arma política, el nacionalismo y los particularismos siguen en vivos en las canchas de futbol. Lo que no es negativo ni positivo en sí mismo, sino que es algo vinculado a su naturaleza de masas y de generación de identidades políticas. El futbol puede ser un vínculo de amistad y acercamiento entre pueblos como sucedió con aquel histórico partido entre Irán y Estados Unidos en el Mundial de Francia de 1998. O puede ser un escenario más del encono y las diferencias como ha sucedido en partidos entre México y Estados Unidos donde los himnos son abucheados o hasta gritos de “Osama, Osama” (en el Estadio Jalisco hace una década). Lo que es innegable es que el futbol moderno nació como una manifestación más del nacionalismo que marcó la política durante siglos. Más que una distorsión histórica, futbol y política son dos contemporáneos en sus vicios y sus virtudes.
La tentación de usar el futbol como vehículo de transmisión de ideas políticas siempre ha existido. Durante la Guerra Fría era visto como algo natural, un compromiso nacionalista como otros. En un entorno de polarización ideológica, la superioridad de un proyecto sobre otro se dirimía al igual que en la cultura, en las armas o en la ciencia, también en las canchas deportivas. Estados Unidos y la Unión Soviética hicieron de los Juegos Olímpicos un plebiscito constante sobre sus fuerzas. La competencia de ambos bloques encontraba en el deporte una arena más de tensión. Los boicots de Moscú 1980 y Los Ángeles 1984 son dos ejemplos de la seriedad con la que soviéticos y americanos enfrentaban las Olimpiadas. Es como si Karl Marx y Adam Smith tuvieran que probar en un terreno de juego su superioridad intelectual como proyecto nacional y Mundial.
El futbol ha sido uno de los espacios del encumbramiento del llamado “dios de la modernidad”: el nacionalismo (como lo llamó el historiador catalán Josep Llobera, en un libro con ese nombre). El nacionalismo durante buena parte de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX constituyó el primer signo de identidad política. Antes la nación y luego la persona. Uno era primero mexicano y luego padre o ingeniero. El nacionalismo no tenía límites, su consistencia tenía que demostrarse en todos los ámbitos: desde la escuela con las grandes ceremonias patrióticas hasta los campos de futbol. Muchos pueblos encuentran en el futbol el espacio más cotidiano para expresar su sentimiento nacional, su orgullo identitario y el enaltecimiento de sus tradiciones.
Así, el futbol nace a finales del siglo XIX en un contexto de dominio absoluto del nacionalismo en Europa y América. Y, a la par, se desarrolla en estrecho vínculo a identidades políticas que le dan sentido comunitario. Ahí está el caso de los clubes. En Italia, el Livorno es el gran heredero del comunismo italiano, o la Lazio un club muy vinculado al fascismo y a la derecha italiana. En España, el Barcelona fue calificado por Manuel Vázquez Montalbán como “el ejército desarmado de Cataluña” o el Athletic Club que reivindica el nacionalismo vasco o hasta el Real Madrid un club abiertamente monárquico. El futbol nace en la modernidad política, por lo que su cordón umbilical está conectado al nacionalismo y a la exaltación de los valores particulares.
Los Mundiales: una historia política
Las copas del mundo pueden ser narradas por los goles de Pelé, Maradona, Rossi, Ronaldo o Zidane. Las paradas de Barthez, Casillas o Taffarel. Sin embargo, los Mundiales también pueden ser narrados desde la política. Los Mundiales han tomado lugar en coyunturas muy específicas. Al igual que lo que ocurre en Brasil con las manifestaciones donde se denuncia el gasto del Gobierno Federal por más de 13 mil millones de dólares en la Copa del Mundo (169 mil millones de pesos, lo doble que el presupuesto anual de Jalisco), los Mundiales se han enfrentado a problemas políticos locales e internacionales que han sido más que una “piedrita en el zapato”. Ahí tenemos a Uruguay en 1930, en el contexto de la Gran Depresión, la primera crisis realmente global. El terrible impacto económico provocó inestabilidad en la cantidad de selecciones que podrían participar. Al final, se llevó a cabo el Mundial, pero no todas las selecciones viajaron a tierras charrúas con sus mejores armas. Europa entraba en una fase de totalitarismo con los ascensos del fascismo en Italia, el nazismo en Alemania y el final de la dictadura de Miguel Primo de Rivera en España.
Tras la organización del primer Mundial, las sedes han recaído en países con coyunturas políticas delicadas. 1934 fue el primer Mundial de Italia, que sirvió para que Mussolini utilizara la coyuntura para mandar su mensaje de grandilocuencia y de la construcción de la “Nueva Roma”. El régimen fascista ya enseñaba sus verdaderos dientes, la deriva totalitaria ya quedaba clara en el discurso de Il Duce. Después cayó el Mundial en Francia que se preparaba para la Segunda Guerra Mundial con un gobierno del “Frente Popular” (que cayó precisamente ese año) que se debatía la posición gala ante los acontecimientos: ¿neutralidad? ¿Alianza contra los alemanes?
Y así, tras un receso de 12 años, el Mundial llegó otra vez a tierras americanas, esta vez a Brasil. Brasil se encontraba bajo el sistema populista de Getulio Vargas. El “Varguismo” es todavía para Brasil una marca identitaria que pesó sobre la política durante décadas. Un régimen que ha sido muy relacionados con otros populismos latinoamericanos más o menos contemporáneos como el Juan Domingo Perón o el de Lázaro Cárdenas. La derrota de Brasil en la final contra Uruguay, el famoso “maracanazo”, fue un duro golpe contra el régimen (se convirtió en el segundo país en no ganar el Mundial en su país: lo ganaron Uruguay —1930—, Italia —1934—).
Después de Brasil siguieron 20 años de relativa paz política. Los Mundiales de Suiza, Suecia, Chile e Inglaterra se desarrollaron con estabilidad política y sin grandes polarizaciones ideológicas. Hasta que llegó México, las Olimpiadas de 1968, el Mundial de 1970 y la histórica represión estudiantil de Tlatelolco. La Represión de Tlatelolco es vista por muchos politólogos como el primer gen de la transición. Tras 1968, el “2 de octubre” significó la lenta consolidación de la sociedad civil mexicana completamente corporativizada en las primeras décadas del régimen. Las primeras fisuras de un régimen que tuvo que emprender reformas profundas tras la represión de 1968 y la falta de legitimidad de 1976 en la elección de José López Portillo y la no postulación de candidato presidencial del PAN.
Argentina 1978 es uno de los Mundiales más polémicos de la historia. En ese campeonato, la Argentina de Menotti se unió al club de los que han levantado la copa. En medio de una dictadura cruel y opresiva, los argentinos vencieron en tiempos extras a la “naranja mecánica” de Johan Cruyff. Sin embargo, el partido de la polémica fue la victoria de Argentina a Perú en semifinales de la justa. Un partido que Argentina tenía que ganar por cinco goles y al final lo logró eliminando a la mejor selección peruana de la historia. La intervención del dictador Videla y la polarización con Reino Unido, que derivó en una guerra por las Malvinas en 1982, fueron elementos clave que siguen poniendo en tela de juicio la victoria obtenida por el cuadro albiceleste liderado por el goleador Mario Kempes.
El Mundial hacia las “nuevas potencias”
La Copa del Mundo de 1982 fue un premio a una España que asomaba la cabeza tras la larga noche de casi cuatro décadas del régimen franquista. Un país que logró consolidar una transición a la democracia sin luchas internas ni muertos ni armas. Los recuerdos de la Guerra Civil fueron suficientes para encontrar un pacto que le dio la bienvenida a la democracia. España se mostraba al mundo como ese país que quería dejar atrás el subdesarrollo en Europa y que con Felipe González emprendía la modernización del país. Por primera vez desde 1931, la izquierda llegaba al poder a través de las urnas en España (un par de años antes había llegado en Francia con Mitterrand).
A partir de 2002, la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) ha mandado un mensaje de cambio en el poder global. Se fueron los países centrales y las nuevas potencias económicas comienzan a surgir. Corea, Sudáfrica, Brasil, Rusia y Qatar son las nuevas potencias medias a nivel global con capacidad presupuestal y económica para organizar Mundiales a la altura de las expectativas. Los equilibrios de poder han cambiado y la FIFA entiende que sin importar la estabilidad de su régimen político o su respeto a los derechos humanos, el futbol cada vez es más dependiente de recursos económicos que vienen de las “petromonarquías” de Oriente Medio o de las nuevas economías en ascenso.
Aunque el futbol se ha ido despolitizando para globalizarse y volverse cada vez más un negocio y menos un arma política, el nacionalismo y los particularismos siguen en vivos en las canchas de futbol. Lo que no es negativo ni positivo en sí mismo, sino que es algo vinculado a su naturaleza de masas y de generación de identidades políticas. El futbol puede ser un vínculo de amistad y acercamiento entre pueblos como sucedió con aquel histórico partido entre Irán y Estados Unidos en el Mundial de Francia de 1998. O puede ser un escenario más del encono y las diferencias como ha sucedido en partidos entre México y Estados Unidos donde los himnos son abucheados o hasta gritos de “Osama, Osama” (en el Estadio Jalisco hace una década). Lo que es innegable es que el futbol moderno nació como una manifestación más del nacionalismo que marcó la política durante siglos. Más que una distorsión histórica, futbol y política son dos contemporáneos en sus vicios y sus virtudes.