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La mujer que aprendió a llorar en los velorios
Le agarró gusto a los funerales, de conocidos o extraños. Le gusta la multitud de gente, la familia reunida, presentar a los que van llegando, dar ánimos
GUADALAJARA, JALISCO (26/MAY/2013).- Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia…”. Conducta en los velorios, Julio Cortázar.
***
No es el muerto, es el velorio. Diana notó ese detalle hace unos años. También notó su fascinación por los funerales. De conocidos y desconocidos. Ella no quería ver fiambres. Era otra cosa.
Esa Diana tiene maneras de histrión: plañidera en trance en funerales de extraños.
Ante un cadáver, digamos el del anciano desconocido que yace en una funeraria del Centro de Mazatlán, de donde es originaria, Diana acostumbra doblarse y abrazarse al ataúd y gemir y gritar, hasta que los parientes del difunto vienen y la consuelan y le dicen que la vida debe seguir. Entonces, la mujer de 26 años experimenta una sensación que se parece al placer y, desde hace pocos años, hasta se da el lujo de contar los primeros chistes de la noche.
Lo ha hecho tantas veces que perdió la cuenta.
Su “problema”, como ella lo llama, comenzó en 1994, cuando Diana tenía siete años de edad, y una hepatitis C mató a su abuela paterna, Beatriz Ortega.
La finada había sido una segunda madre y el único vínculo entre la niña y su padre, que no vivía con ella. Aquel día Diana no entendía muy bien cómo debía sentirse en duelo. En cambio paladeó la dicha de la muerte; su familia, larga y ancha, estaba reunida toda. Vino hasta su padre, al que apenas conocía. Vino, lloró, moqueó. Maldijo. En el camino al panteón alguien le preguntó a la pequeña si era la nieta de la muerta. Ella, por obligación, entró en catarsis.
Dos años después el abuelo materno, José Valdez, perdió contra el enfisema y Diana reforzó su aprendizaje; la familia —por fin—, volvía a reunirse en torno al mismo propósito, aunque éste fuera llorarle al finado.
Empezó a agarrarle gusto a los funerales, dice a la distancia y sus ojos de por sí grandes, se ponen más redondos. Le gusta, cuenta, la multitud de gente, la familia reunida, presentar a los que van llegando, dar ánimos. “Pero cuando llego a este punto me doy cuenta de que no puedo y me da tristeza. Me doblo”. Diana guarda dos segundos de silencio y se tapa el rostro. Pienso que va a llorar como sabe, pero suelta una carcajada.
Relata que a partir de 2004 comenzó a refinar sus modos histriónicos.
Debió practicar y lo hizo. Varios meses, antes de recoger a su hermano de una escuela en el Centro de Mazatlán, se metió a todas las capillas que estrenaban muerto: a la Calderón Pardo, a la San Martín el Rosario, a la San Fernando, a la Renacimiento... Con sus brazos rodeó ataúdes aterciopelados, de lámina, de madera fina. A todos los cadáveres anónimos y fríos que descansaban en los cajones les lloró hasta el abatimiento.
Pero fue hasta 2005 cuando por primera vez le halló un sentido a su vicio. Tenía algunos problemas familiares y en esos casos era malita para llorar. Durante unas exequias descubrió que a nadie le importa que uno llore si tiene un cadáver enfrente.
Desarrolló su propia técnica. Para animarse primero pensaba en el occiso; el desconsuelo llegaba más fácil si era muy joven o había dejado hijos y viuda. Cuando los hipos habían cesado, pensaba en los dilemas propios y el llanto volvía, estrepitoso y lleno de mocos.
Luego, la plañidera salía de las funerarias y seguía su vida, tan campante, hasta el próximo velorio.
Muchas veces sus amigos le facilitaron el encuentro. En 2006, su íntima de la universidad, Aglaeth, tenía un novio al que Diana nunca pudo conocer, porque el muchacho estaba postrado a causa de una leucemia. Expiró cuando todos pensaban que se iba a curar. Sus parientes anunciaron el velorio en las salas Renacimiento.
En compañía de Aglaeth, Diana entró a la funeraria, buscó al ataúd, se abrazó de él. “¡La vida es bien canija!”, pensó, y con eso los sollozos se transformaron en gritos. Aturdidas, la madre y las hermanas del occiso —del cual Diana no supo el nombre—, vinieron a consolarla. Le preguntaron de dónde lo conocía y ella les contestó que era muy su amigo. Cuando se calmó fue a la calle para respirar. Allí otros desconocidos que habían presenciado la escena vinieron y le sobaron la espalda. Diana respondió con más sollozos y alaridos. Jamás había llorado tanto. Pensó que un dolor así era insoportable. Para curárselo, entró a la sala contigua, donde estaba tendido el cuerpo de un cuarentón. Volvió a llorar... Aquella noche las tres capillas de la funeraria estaban ocupadas. Diana fue de una en una.
Doña Concha Guerrero, abuela materna de Diana, se murió en 2008, también de un enfisema. Hasta ese momento Diana supo, después de tanto, que a los velorios se va a llorar, pero también se va a reír. Fue como si la vida la hubiera iluminado.
En la lista de los finados le tocó a su profesor Rui Franco. Dejó dos hijos jóvenes. Cuando había llorado lo necesario para impresionar a la concurrencia, en la madrugada, Diana invitó uno de los huérfanos a tomarse un refresco. En la radio de la tienda sonaba El último beso, en la voz de Gloria Trevi. La muchacha comenzó a cantársela y bailársela con movimientos setenteros al doliente. Los testigos no pudieron contener la risa.
Desde entonces ella se volvió más feliz y más selectiva de los funerales. Prefiere los muertos a los que vale la pena llorarles. Elegiría el de la niña pequeña que tuvo un fin trágico —“¡Qué frágiles somos!”, se acuerda—, antes que el del malviviente que nunca quiso corregir el camino.
El velorio del malviviente le tocó en 2011 y la decepcionó hasta límites insospechados. “Era hermano de una compañera. Lo navajearon. En la capilla había muchos cholos y hasta hubo un pleito de pandillas. Estaba bien tensa; ni pude llorar. Un desperdicio”.
Tal vez el cholo curó a Diana de su problema. No ha vuelto a una funeraria, aunque espera regresar pronto: “Mi tía tiene un cáncer de colon muy avanzado y le dieron uno o dos meses de vida”, narra y hace un silencio. Cuando pienso que va a llorar, Diana suelta otra carcajada.
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No es el muerto, es el velorio. Diana notó ese detalle hace unos años. También notó su fascinación por los funerales. De conocidos y desconocidos. Ella no quería ver fiambres. Era otra cosa.
Esa Diana tiene maneras de histrión: plañidera en trance en funerales de extraños.
Ante un cadáver, digamos el del anciano desconocido que yace en una funeraria del Centro de Mazatlán, de donde es originaria, Diana acostumbra doblarse y abrazarse al ataúd y gemir y gritar, hasta que los parientes del difunto vienen y la consuelan y le dicen que la vida debe seguir. Entonces, la mujer de 26 años experimenta una sensación que se parece al placer y, desde hace pocos años, hasta se da el lujo de contar los primeros chistes de la noche.
Lo ha hecho tantas veces que perdió la cuenta.
Su “problema”, como ella lo llama, comenzó en 1994, cuando Diana tenía siete años de edad, y una hepatitis C mató a su abuela paterna, Beatriz Ortega.
La finada había sido una segunda madre y el único vínculo entre la niña y su padre, que no vivía con ella. Aquel día Diana no entendía muy bien cómo debía sentirse en duelo. En cambio paladeó la dicha de la muerte; su familia, larga y ancha, estaba reunida toda. Vino hasta su padre, al que apenas conocía. Vino, lloró, moqueó. Maldijo. En el camino al panteón alguien le preguntó a la pequeña si era la nieta de la muerta. Ella, por obligación, entró en catarsis.
Dos años después el abuelo materno, José Valdez, perdió contra el enfisema y Diana reforzó su aprendizaje; la familia —por fin—, volvía a reunirse en torno al mismo propósito, aunque éste fuera llorarle al finado.
Empezó a agarrarle gusto a los funerales, dice a la distancia y sus ojos de por sí grandes, se ponen más redondos. Le gusta, cuenta, la multitud de gente, la familia reunida, presentar a los que van llegando, dar ánimos. “Pero cuando llego a este punto me doy cuenta de que no puedo y me da tristeza. Me doblo”. Diana guarda dos segundos de silencio y se tapa el rostro. Pienso que va a llorar como sabe, pero suelta una carcajada.
Relata que a partir de 2004 comenzó a refinar sus modos histriónicos.
Debió practicar y lo hizo. Varios meses, antes de recoger a su hermano de una escuela en el Centro de Mazatlán, se metió a todas las capillas que estrenaban muerto: a la Calderón Pardo, a la San Martín el Rosario, a la San Fernando, a la Renacimiento... Con sus brazos rodeó ataúdes aterciopelados, de lámina, de madera fina. A todos los cadáveres anónimos y fríos que descansaban en los cajones les lloró hasta el abatimiento.
Pero fue hasta 2005 cuando por primera vez le halló un sentido a su vicio. Tenía algunos problemas familiares y en esos casos era malita para llorar. Durante unas exequias descubrió que a nadie le importa que uno llore si tiene un cadáver enfrente.
Desarrolló su propia técnica. Para animarse primero pensaba en el occiso; el desconsuelo llegaba más fácil si era muy joven o había dejado hijos y viuda. Cuando los hipos habían cesado, pensaba en los dilemas propios y el llanto volvía, estrepitoso y lleno de mocos.
Luego, la plañidera salía de las funerarias y seguía su vida, tan campante, hasta el próximo velorio.
Muchas veces sus amigos le facilitaron el encuentro. En 2006, su íntima de la universidad, Aglaeth, tenía un novio al que Diana nunca pudo conocer, porque el muchacho estaba postrado a causa de una leucemia. Expiró cuando todos pensaban que se iba a curar. Sus parientes anunciaron el velorio en las salas Renacimiento.
En compañía de Aglaeth, Diana entró a la funeraria, buscó al ataúd, se abrazó de él. “¡La vida es bien canija!”, pensó, y con eso los sollozos se transformaron en gritos. Aturdidas, la madre y las hermanas del occiso —del cual Diana no supo el nombre—, vinieron a consolarla. Le preguntaron de dónde lo conocía y ella les contestó que era muy su amigo. Cuando se calmó fue a la calle para respirar. Allí otros desconocidos que habían presenciado la escena vinieron y le sobaron la espalda. Diana respondió con más sollozos y alaridos. Jamás había llorado tanto. Pensó que un dolor así era insoportable. Para curárselo, entró a la sala contigua, donde estaba tendido el cuerpo de un cuarentón. Volvió a llorar... Aquella noche las tres capillas de la funeraria estaban ocupadas. Diana fue de una en una.
Doña Concha Guerrero, abuela materna de Diana, se murió en 2008, también de un enfisema. Hasta ese momento Diana supo, después de tanto, que a los velorios se va a llorar, pero también se va a reír. Fue como si la vida la hubiera iluminado.
En la lista de los finados le tocó a su profesor Rui Franco. Dejó dos hijos jóvenes. Cuando había llorado lo necesario para impresionar a la concurrencia, en la madrugada, Diana invitó uno de los huérfanos a tomarse un refresco. En la radio de la tienda sonaba El último beso, en la voz de Gloria Trevi. La muchacha comenzó a cantársela y bailársela con movimientos setenteros al doliente. Los testigos no pudieron contener la risa.
Desde entonces ella se volvió más feliz y más selectiva de los funerales. Prefiere los muertos a los que vale la pena llorarles. Elegiría el de la niña pequeña que tuvo un fin trágico —“¡Qué frágiles somos!”, se acuerda—, antes que el del malviviente que nunca quiso corregir el camino.
El velorio del malviviente le tocó en 2011 y la decepcionó hasta límites insospechados. “Era hermano de una compañera. Lo navajearon. En la capilla había muchos cholos y hasta hubo un pleito de pandillas. Estaba bien tensa; ni pude llorar. Un desperdicio”.
Tal vez el cholo curó a Diana de su problema. No ha vuelto a una funeraria, aunque espera regresar pronto: “Mi tía tiene un cáncer de colon muy avanzado y le dieron uno o dos meses de vida”, narra y hace un silencio. Cuando pienso que va a llorar, Diana suelta otra carcajada.