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La lluvia y la inspiración artística

Culturalmente, la lluvia ha sido siempre objeto de inspiración artística. La poesía, la fotografía, la pintura y, cómo no, la música

Por: Eduardo Escoto

La llegada del mes de junio implica para los tapatíos, además del inicio del verano, el comienzo de la temporada de lluvias, ciclo que suele prolongarse hasta octubre formando un periodo bastante particular para los habitantes de esta ciudad, que más allá de las alteraciones que puedan experimentar en su cotidianeidad pueden percibir la urbe de una manera distinta, como si fuera otra por momentos, en una transfiguración producto de las variaciones en la luz, la intensidad del viento, la humedad ambiental y las particulares sensaciones que todo esto despierta en cada uno de nosotros.

Culturalmente, la lluvia ha sido siempre objeto de inspiración artística. La poesía, la fotografía, la pintura y, cómo no, la música cuentan con destacados ejemplos de lo que este fenómeno ha producido en el interior de los más diversos creadores a través del tiempo.

Así que si de emprender una búsqueda de música que evoque estos momentos se trata, habría que iniciar con las referencias directas a la lluvia que se encuentran en el grupo de conciertos Las cuatro estaciones, de Antonio Vivaldi, compuestos en 1725. Particularmente, es en el en segundo concierto El verano, en cuyo tercer movimiento el compositor describe una tormenta que se desata en el campo.

Había sido anunciada anteriormente con viento y relámpagos que atemorizan a los pastores y que llega imponente dañando incluso la cosecha. Vivaldi logra esta descripción con pasajes llenos de virtuosismo en los que el violín solista ejecuta escalas descendentes llenas de ímpetu, mientras la orquesta le acompaña empleando notas repetidas en rápidas sucesiones rítmicas que confieren al movimiento un carácter frenético.

También en Las cuatro estaciones, pero esta vez en el concierto El invierno, Vivaldi presenta una lluvia invernal en su segundo movimiento: “Pasar al fuego gustoso y tranquilo mientras la lluvia cae afuera”, indica el compositor en la partitura en la que el violín desarrolla una encantadora melodía que es acompañada por el resto de las cuerdas que tocan en pizzicato (pulsando la cuerda con los dedos), simulando las gotas de lluvia en la calle.

Otro ejemplo de la lluvia apareciendo en una obra musical se encuentra en el oratorio Las estaciones de Franz Joseph Haydn, compuesto entre 1799 y 1801. Se trata de una de las últimas obras del músico austriaco y fue compuesta casi a la par que su más célebre oratorio, La creación.

La obra está basada en el poema The Seasons, de James Thomson, y en la parte correspondiente al Verano se narra la jornada de un granjero en el campo en medio de un caluroso día que se ve abruptamente interrumpido por una fuerte tormenta. El sonido del trueno es representado por los timbales; el coro y la orquesta se unen logrando una sonoridad exaltada, poseedora de una vibrante musicalidad producto de sus agitadas melodías. La tormenta pasa poco a poco trayendo felicidad y dando paso al canto de los pájaros.

Este ejemplo se identifica a menudo con el cuarto movimiento de la Sinfonía número 6 (Pastoral) de Ludwig van Beethoven, gewitter, sturm (relámpago, tormenta), como señala el compositor a su inicio. En él presenta una realista descripción de una tormenta que arranca violentamente tras una breve tensión inicial, dando paso a elementos como truenos, viento y relámpagos.

La plantilla instrumental se incrementa en este movimiento incorporando algunos instrumentos de viento y metal. De nuevo los timbales aparecen para recrear el efecto de los truenos. La tormenta cede poco a poco y la música cae en una coda que le permitirá unirse sin interrupción con el último movimiento de esta sinfonía cuya estructura programática está dedicada a la naturaleza.

Resulta obvio que, hablando de Beethoven, esta obra no se ciñe de ninguna manera a un carácter meramente descriptivo, sino que en todo momento encontramos plasmados los sentimientos producidos por la experiencia de tales fenómenos.

Pasando al periodo romántico, es menester detenerse en el Preludio número 15 de Fréderic Chopin, de su serie de 24 preludios opus 28. Éste es el más largo y su carácter melancólico se acentúa al estar construido sobre un ostinato (figura musical repetida de forma continua y sin variación aparente), que al público le parece que emula la caída de una pertinaz lluvia y la nostalgia producida por ésta, al grado de ser hoy en día conocido popularmente como el Preludio de la gota de agua, todo esto sin que haya podido comprobarse que Chopin se inspirase en la lluvia y existiendo incluso la versión de que el genio polaco lo negó rotundamente.

Pero a este mismo periodo pertenece otra obra que no deja lugar a dudas sobre la inspiración de su autor. Se trata de la pieza para piano Orage (Tormenta) de Franz Liszt, perteneciente al primer libro de los Años de peregrinación, aquel que recoge sus vivencias por Suiza. En la partitura, a manera de epígrafe, Liszt incluye la cita de un soneto de Lord Byron:

“¿Pero dónde está tu destino, oh tempestad?

¿Eres como aquellas que se esconden en el pecho humano?

¿O encuentras en lo alto, como las águilas algún nido elevado?”.

La música es un dechado de emociones y virtuosismo; escalas, series de octavas y arpegios en sucesiones de gran bravura que hacen al oyente presenciar un cielo encapotado que entre terribles vientos desencadena su furia mientras es contemplado con espíritu romántico.

Adelante en el tiempo, ya en la época del movimiento impresionista, destacan particularmente dos trabajos de Claude Debussy.
 
El primero de ellos, Jardines bajo la lluvia, de sus Estampas, una obra para piano que pareciera estar formada de pequeñas gotas de agua que recrean extraordinariamente el paisaje propuesto en el título de la pieza como si de una pintura de Monet se tratase, algo que merece la pena conocer.

Por otro lado se encuentra Para agradecer por la lluvia de la mañana, para piano a cuatro manos y perteneciente a los Seis epígrafes antiguos, donde aparece de nuevo el empleo de un ostinato, “suave y monótono”, como lo pide en este caso Debussy, sobre el cual fluye una música de gran belleza que parece emerger verdaderamente de la lluvia.

Por último, y ya en el siglo XX hay que mencionar la obra del compositor japonés Toru Takemitsu (1930-1996) Rain Tree Sketch II (in Memoriam Olivier Messiaen) (Bosquejo del árbol de la lluvia), compuesta en 1992 y considerada uno de los trabajos para piano más finos del siglo pasado. Se dice que este extraordinario compositor -de formación casi exclusivamente autodidacta- basó este trabajo en una cita del escritor Kenzaburo Oe: “Se llamaba el ‘árbol de la lluvia’ porque su abundante follaje continuaba dejando caer gotas de la lluvia de la noche anterior hasta el siguiente mediodía”.

Esta pieza -la última escrita por el músico japonés- tiene un carácter meditativo, de ensueño, llena de armonías vagas y apacibles que parecieran flotar.

Queda claro que la lluvia va más allá de ser un simple fenómeno meteorológico y que al igual que la noche, el amanecer, la vida en sí y la muerte misma, va cargada de fuertes connotaciones que pueden despertar en nosotros diferentes experiencias emocionales, como ya lo ha hecho en los grandes artistas antes citados.

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