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La insospechada nostalgia por los casetes

Aunque la calidad en el audio no es la mejor, hay quienes se aferran a ellos; sin embargo, las esperanzas de que vuelvan son pocas

GUADALAJARA, JALISCO (22/JUN/2014).- Primero hay que adelantarlos y regresarlos por los dos lados para que se afloje la cinta. Si se quiere una canción en específico, no queda más remedio que calcularle a ojo de buen cubero y hacer pequeñas paradas para ver en qué parte va. Para tocar un momento exacto del álbum: el solo de guitarra de un tema, el coro pegajoso de otro, la trompeta triunfal insertada al final de una canción… habrá que echarse un clavado.

Para escuchar un casete se necesita un poco de paciencia en una era en donde la gente puede intercambiar texto, audio, foto y video en décimas de segundo. Tampoco es que tome tanto como para quedarse dormido, pero eso sí: sigue siendo inmensamente más difícil encontrar una canción en un casete que en un CD o reproductor de mp3. Incluso es más rápido —aunque también hay que atinarle— mover la aguja del tocadiscos.

Con todas esas desventajas, el casete tiene sus fans en pleno 2014. Ellos consideran a esas particularidades como parte de su atractivo, antes que una incomodidad.
Javier Audirac, melómano, promotor musical y de arte sonoro, se define como entusiasta de todos los formatos musicales. Cada uno esculpe el sonido de manera diferente y la gente también cambia su forma de interactuar con la música dependiendo del soporte.

“Desde los ochenta me gusta coleccionar, porque sabemos que se ponen de modita los formatos. De unos cuatro a cinco años para acá se puso el vinilo, las nuevas generaciones están coleccionando. A las cintas en particular les tengo mucho cariño porque cuando tenía ocho años, una tía que fue a Estados Unidos me trajo un Walkman y lo traía en friega de estar haciendo mixtapes y grabando canciones”, platica el también funcionario de la Secretaría de Cultura de Guadalajara.

Por mixtape se entiende una recopilación de canciones recogidas de distintas fuentes y grabadas en un casete. El nombre nació precisamente con la popularización de las cintas, que a diferencia de los vinilos o acetatos, eran regrabables. Así, muchas personas compraban casetes vírgenes o encimaban grabaciones en cintas usadas para hacer sus mezclas favoritas con música, voz y silencio.
 “En la segunda mitad de los ochenta ya entró muy de lleno el casete como formato de venta. Antiguamente era tiro por viaje de que salían defectuosos, comprabas un casete y venía con la cinta rota o con la esponjita suelta. Después fue cuando lo perfeccionaron”.

La subcultura del formato

A diferencia de los vinilos, cuyo nicho de mercado ha encontrado una respuesta en los fabricantes de equipo de sonido —hay marcas como Ion y Numark que tienen toda una línea de tornamesas— debido a que algunos DJs compran reproductores para mezclar, los casetes parecen no generar el mismo eco, aunque hay excepciones. Por ejemplo, Ion sacó una tornamesa con casete integrado al que llama Duo Deck y se vende en una cadena de electrónica y electrodomésticos en México por mil 299 pesos.

Pero hace algunos años, Édgar Mota no pudo encontrar un deck nuevo en tiendas autorizadas, así que finalmente se compró uno usado en El Baratillo. Él es el productor y músico independiente detrás del proyecto DGC, que organiza sesiones en vivo con músicos invitados para grabar ediciones especiales en casete.

 “He estado tratando de hacer sesiones con productores o artistas y transmitirlas por internet. Las grabo, lo duplico, saco 10 copias y les doy cinco a cada quien. En realidad es sólo para que ellos tengan mercancía y es por gusto”.

Con 25 años de edad, su primer contacto con el formato se dio en su niñez, cuando iba al tianguis y compraba casetes piratas. “Cuando empecé a grabarlos primero eran cosas mías, por lo mismo de que se me hacía muy sinsentido sólo sacarlo digital. Los CDs no me gustan, miniDisk nadie lo va a escuchar, y vinilos, pues imposible, no tengo dinero. El casete fue lo más inmediato. Saqué como tres EPs, después un amigo me dijo que sacara el suyo. Eso fue como en el 2008”.

Asegura que todo es sin fines de lucro. “Tengo el feeling de que nadie tiene nada qué hacer, entonces les digo que hay que hacer algo”, ríe.

Hace un año y medio empezó formalmente con las ediciones de DGC. Primero trabajó con un productor de música de Los Ángeles y después con algunos locales. Después fue involucrando a diseñadores y artistas para que hicieran el arte de los casetes.

“Al hacer algo siempre va a haber gente que se va a querer involucrar, y a mí eso me gusta, que se haga colaborativo”. Las bandas terminan con cinco copias de sus casetes y las regalan a quien quieran. Él se queda con las otras cinco y también las distribuye así.

No ha conocido a nadie más que haga lo mismo en Guadalajara, aunque en el Distrito Federal existen varios sellos que editan música en casete como Ruido Horrible.
Por el momento no piensa comercializar su trabajo. “Mucha gente me dice que haga negocio, pero en realidad hay más gente involucrada. Sólo se ganarían dos o tres pesos cada quien. En algún momento sólo lo vendería para que se pagara solo”.

Los casetes cuestan entre ocho y 15 pesos, aunque cada vez es más difícil encontrarlos. Édgar los consigue a 10 en San Juan de Dios, y con siete pesos que gasta en imprimir las portadas, tampoco considera que sea una inversión fuerte. Un año atrás se compró una duplicadora y ahí graba.

El comercio de casetes de bandas nuevas sí existe en Estados Unidos, con grupos de música independiente que editan algunos y los venden al final de sus conciertos como souvenir, al igual que las tazas y playeras. Parte del encanto es hacer algo que realmente no sirve para nada, quizá sólo de recuerdo o adorno, pues la mayoría de la gente no tiene dónde reproducir las cintas.
“Todo el coto es tener algo físico y coleccionable”, rebate Édgar. “Sí me han tocado personas que les he regalado cosas y después las veo y ya se compraron Walkman para escuchar los casetes. Lo hago sólo para promover el ocio”.

El encanto de la baja fidelidad

Escuchar un casete es diferente a un vinilo, un CD o un formato digital. Es quizá la peor calidad de las opciones anteriores. Pero eso tiene su atractivo.

“Escuchar un casete magnetizado, ya que lo escuchaste varias veces, tiene su magia, sobre todo cuando son músicas medio extrañas. Es un sabor muy peculiar. El sonido se va transformando y pierde fidelidad, se afloja la cinta y las revoluciones cambian, va perdiendo nitidez”, confiesa Audirac.

Dice que dependiendo del tipo de música, hay formatos que le acomodan mejor. El acetato tiene sus límites, porque cualquier irregularidad se percibe en forma de brinco y además está el gis que se escucha crujiendo todo el tiempo “El CD tal cual te da una mejor resolución, o lo digital. Si te pones a oír un disco de rock, sí se oye mejor en acetato, con más cuerpo, y hasta esas imperfecciones le dan como más ondita”.

En cambio, si se trata de escuchar música con muchos canales y detalles, es probable que convenga un formato de alta fidelidad, como el CD, o formatos digitales que no permiten pérdida de información, como el FLAC. Porque después de todo, ¿quién querría escuchar un sonido tan defectuoso? Y la respuesta puede sorprender: hay todo un movimiento de música producida en baja fidelidad adrede, que se originó a principios de los ochenta y que ha tenido una evolución notable con la exploración de distintos géneros.

“Siempre me ha gustado la baja calidad de audio. Te da otro feeling, es como meterle tierrita a la música”, confiesa Édgar Mota. “Si tuviste casetes de Luis Miguel en su época o algo así, y los pones ahorita, suena como muy variable, vibra. Está muy padre. Es muy hipnótico ese sonido”.

A quien le guste el sonido análogo de alta calidad, indudablemente preferirá los acetatos, que no experimentan tanta degradación de calidad con el paso del tiempo. Pero comprar vinilos es mucho más caro que comprar casetes, sobre todo si se trata de bandas nuevas, pues los procesos de producción se triplican de un caso a otro.

“Sacar 300 vinilos con su tapa y bolsita interior ha de andar por los 20 mil pesos, y la misma cantidad de casetes, entre cuatro y cinco mil pesos”, calcula Audirac.

Él escucha las cintas con un deck que tiene en casa y estima que no posee más de 500. Tiró algunas hace un par de años después de limpiar su colección de música, pero conservó las originales que más le gustaban y los mixtapes que tenían valor sentimental.

“La verdad no creo que regrese el casete, que tenga un auge como está viviendo el disco de acetato. De entrada los reproductores no son tan fáciles de conseguir. El rollo de la regresada de la cinta no lo hace tan manejable”.

Los fetichistas no dejarán de comprar su música en físico por pagar una suscripción a Spotify o atiborrarse de tarjetas de iTunes. Además, la cultura de pagar por descarga en México todavía es deficiente. Javier Audirac piensa que hay un “karma” para las personas que descargan música ilegalmente. “Yo ya van dos discos duros que se truenan y no los puedo rescatar. Y es eso, el asunto de lo digital es intangible”.

Ahora percibe que a los CDs mucha gente “les hace feo”. Por eso está comprando discos a precios muy baratos y cazando tesoros que las personas ya no quieren. La historia parece estar condenada a repetirse: “Ahorita es un formato que va de salida y a lo mejor después va a regresar”.

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