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La escuela húmeda que se muere de sed
El único plantel de La Venta del Astillero, que tiene un tinaco prestado y casi nunca se llena, es el reflejo de la comunidad que recibe agua una hora tres días a la semana
GUADALAJARA, JALISCO (16/JUN/2013).- La única escuela primaria que hay en La Venta del Astillero, en Zapopan, podría ser la protagonista de una película de los años cincuenta del siglo pasado y, así, luciría vieja.
Oficialmente se inauguró en 1951, pero la profesora jubilada Juana Gutiérrez, quien fue maestra y es vecina contigua del edificio, calcula que los dos cuartos más antiguos se construyeron alrededor de años veinte del siglo pasado. “Eran dos salones; en uno estábamos los parvulitos y en otro, revueltos, desde los que ya sabían leer, hasta los que estaban en cuarto año de primaria”, relata, mientras menea una cazuelota de frijoles fritos —los mejores frijoles fritos de la comarca—, con los que parece que alimentará a un ejército.
Ahora, en uno de esos salones está la dirección de las primarias Miguel Hidalgo, en el turno matutino, y Emiliano Zapata en el turno vespertino, y el otro sirve como bodega. Son espacios de los que ya no se ven en las construcciones nuevas, con paredes de blancas, inmensas, y techos hermosos, pero que parece que se vendrán abajo en cualquier momento. La maestra Juana cree que las vigas podrían ser de madera.
La verdad es que en la escuela todo puede ocurrir, hasta que esté húmeda y muerta de sed al mismo tiempo.
Con alrededor de 800 alumnos en ambos turnos, la única escuela primaria de La Venta del Astillero, una de las 11 delegaciones de Zapopan, es el espejo de lo que ocurre en el resto de la comunidad de seis mil habitantes, en el norponiente de ese municipio.
Lunes, 10 de junio, 7:50 de la mañana. Alrededor de 30 niños de sexto año armados con escobas, intentan drenar el “corral de abajo” de la primaria, que amaneció inundado tras una llovizna nocturna. Ninguno reniega; parecen acostumbrados incluso por designio histórico. Hace 15 años, los flamantes constructores de la parte más nueva de la escuela instalaron una coladera de baño para desaguar un gran patio, ubicado en la parte más baja de un terraplén.
Mientras, en los 10 retretes que dan cabida a las necesidades apremiantes de 430 chiquillos del turno matutino ha caído poca agua desde el viernes —los del turno vespertino tienen sus propios retretes rebosantes—. Afuera, los lavabos tapados son recipientes de los charcos que formó la lluvia. Sus llaves están oxidadas. Nadie acá podrá aprender aquello de lavarse las manos antes de comer y después de ir al baño.
La escasez de agua se multiplica afuera de la escuela, en los baños públicos y privados de la comunidad, dividida en dos por el paso de la carretera a Nogales. “Tenemos agua una hora al día de cada tercer día. Un día la avientan de aquel lado de la carretera y otro día la echan para acá”, se encoje de hombros la maestra Susana Fregoso, profesora de tercero A y encargada de la dirección de la Miguel Hidalgo: sí, el turno matutino de la única primaria de La Venta no se merece un director de tiempo completo.
La profesora Juana Gutiérrez, oriunda de ahí, afirma que el problema del agua es relativamente nuevo en la delegación. No es que antes saliera más por las tuberías; hasta mediados de los años sesenta del siglo XX no había ni tuberías ni electricidad, pero había manantiales, pozos y ríos limpios: “¡Qué esperanzas de que uno comprara el agua!”, platica, mientras vacía un garrafón sobre unas flores cocidas de jamaica, como para darle de beber a un ejército.
Un día, dice, llegó el fraccionamiento Rancho Contento, con sus casonas y su club de golf tan lleno de sed. Luego, las fábricas que rodean La Venta del Astillero, cada una de las cuales cavó su propio pozo profundo. Luego, los fraccionamientos de interés social. Luego, se secaron los yacimientos de los nativos del pueblo y se llenaron de mierda los manantiales y arroyos, como Las Tortugas.
Con una hora diaria de agua, para muchos no vale la pena gastar en tubos. A 20 minutos de la emblemática Minerva y sólo cinco minutos del lujoso Rancho Contento, unas 700 personas de La Venta del Astillero carecen de agua potable: 12% de los habitantes de la delegación; muchos, si se tiene en cuenta que en el resto del municipio sólo 3.1% de la gente carece del mismo servicio, de acuerdo con el Consejo Estatal de Población.
La única escuela primaria de la comunidad tiene tuberías y hasta un tinaco prestado con capacidad para 10 mil litros, pero muchos tubos están rotos y el tinaco nunca se llena y a veces, cuando se llena, la bomba está pegada. Mientras, se amontonan en un estante de la dirección las copias selladas de los oficios que los directores de la primaria han dirigido al Comité Administrador del Programa Estatal de Construcción de Escuelas desde hace 10 años. Cada 15 días los padres de familia deben pagar una pipa, de 250 pesos, en una colonia olvidada de la bonanza zapopana, donde la mayoría de los habitantes pasó de la categoría de agricultores a la de obreros y peones de un club privado y donde una cuarta parte de los mayores de 15 años de edad nunca pisó la Miguel Hidalgo ni la Emiliano Zapata o las abandonó, antes de llegar a sexto grado.
Son casi las nueve de la mañana. Los casi 30 que llegaron a sexto en esta generación han dejado sus escobas y ahora ensayan el vals de despedida sobre los charcos. Son niños que nunca han necesitado una computadora porque jamás tuvieron una. Menos mal, porque hace poco unos ladrones se metieron a la escuela y se robaron la Enciclomedia. En sus salones, que acusan una ventilación negligente, el calor empieza subir, igual en las parrillas de la profesora Juana Gutiérrez, donde ahora se guisan unas suculentas costillitas de cerdo en salsa de chilacate, en un cazuelón como para alimentar a un ejército.
“¡Uy! Pues aquí siempre hemos sido muy pobres; yo me fui a Guadalajara a estudiar la Normal y para mantenerme era cocinera en casas ricas”, recuerda la maestra, mientras me hace parte del ejército que probará sus suculentos platillos. Apenas les voy a meter mano, cuando me acuerdo que la mano lleva el día completo sin haber tocado el agua y el jabón.
Oficialmente se inauguró en 1951, pero la profesora jubilada Juana Gutiérrez, quien fue maestra y es vecina contigua del edificio, calcula que los dos cuartos más antiguos se construyeron alrededor de años veinte del siglo pasado. “Eran dos salones; en uno estábamos los parvulitos y en otro, revueltos, desde los que ya sabían leer, hasta los que estaban en cuarto año de primaria”, relata, mientras menea una cazuelota de frijoles fritos —los mejores frijoles fritos de la comarca—, con los que parece que alimentará a un ejército.
Ahora, en uno de esos salones está la dirección de las primarias Miguel Hidalgo, en el turno matutino, y Emiliano Zapata en el turno vespertino, y el otro sirve como bodega. Son espacios de los que ya no se ven en las construcciones nuevas, con paredes de blancas, inmensas, y techos hermosos, pero que parece que se vendrán abajo en cualquier momento. La maestra Juana cree que las vigas podrían ser de madera.
La verdad es que en la escuela todo puede ocurrir, hasta que esté húmeda y muerta de sed al mismo tiempo.
Con alrededor de 800 alumnos en ambos turnos, la única escuela primaria de La Venta del Astillero, una de las 11 delegaciones de Zapopan, es el espejo de lo que ocurre en el resto de la comunidad de seis mil habitantes, en el norponiente de ese municipio.
Lunes, 10 de junio, 7:50 de la mañana. Alrededor de 30 niños de sexto año armados con escobas, intentan drenar el “corral de abajo” de la primaria, que amaneció inundado tras una llovizna nocturna. Ninguno reniega; parecen acostumbrados incluso por designio histórico. Hace 15 años, los flamantes constructores de la parte más nueva de la escuela instalaron una coladera de baño para desaguar un gran patio, ubicado en la parte más baja de un terraplén.
Mientras, en los 10 retretes que dan cabida a las necesidades apremiantes de 430 chiquillos del turno matutino ha caído poca agua desde el viernes —los del turno vespertino tienen sus propios retretes rebosantes—. Afuera, los lavabos tapados son recipientes de los charcos que formó la lluvia. Sus llaves están oxidadas. Nadie acá podrá aprender aquello de lavarse las manos antes de comer y después de ir al baño.
La escasez de agua se multiplica afuera de la escuela, en los baños públicos y privados de la comunidad, dividida en dos por el paso de la carretera a Nogales. “Tenemos agua una hora al día de cada tercer día. Un día la avientan de aquel lado de la carretera y otro día la echan para acá”, se encoje de hombros la maestra Susana Fregoso, profesora de tercero A y encargada de la dirección de la Miguel Hidalgo: sí, el turno matutino de la única primaria de La Venta no se merece un director de tiempo completo.
La profesora Juana Gutiérrez, oriunda de ahí, afirma que el problema del agua es relativamente nuevo en la delegación. No es que antes saliera más por las tuberías; hasta mediados de los años sesenta del siglo XX no había ni tuberías ni electricidad, pero había manantiales, pozos y ríos limpios: “¡Qué esperanzas de que uno comprara el agua!”, platica, mientras vacía un garrafón sobre unas flores cocidas de jamaica, como para darle de beber a un ejército.
Un día, dice, llegó el fraccionamiento Rancho Contento, con sus casonas y su club de golf tan lleno de sed. Luego, las fábricas que rodean La Venta del Astillero, cada una de las cuales cavó su propio pozo profundo. Luego, los fraccionamientos de interés social. Luego, se secaron los yacimientos de los nativos del pueblo y se llenaron de mierda los manantiales y arroyos, como Las Tortugas.
Con una hora diaria de agua, para muchos no vale la pena gastar en tubos. A 20 minutos de la emblemática Minerva y sólo cinco minutos del lujoso Rancho Contento, unas 700 personas de La Venta del Astillero carecen de agua potable: 12% de los habitantes de la delegación; muchos, si se tiene en cuenta que en el resto del municipio sólo 3.1% de la gente carece del mismo servicio, de acuerdo con el Consejo Estatal de Población.
La única escuela primaria de la comunidad tiene tuberías y hasta un tinaco prestado con capacidad para 10 mil litros, pero muchos tubos están rotos y el tinaco nunca se llena y a veces, cuando se llena, la bomba está pegada. Mientras, se amontonan en un estante de la dirección las copias selladas de los oficios que los directores de la primaria han dirigido al Comité Administrador del Programa Estatal de Construcción de Escuelas desde hace 10 años. Cada 15 días los padres de familia deben pagar una pipa, de 250 pesos, en una colonia olvidada de la bonanza zapopana, donde la mayoría de los habitantes pasó de la categoría de agricultores a la de obreros y peones de un club privado y donde una cuarta parte de los mayores de 15 años de edad nunca pisó la Miguel Hidalgo ni la Emiliano Zapata o las abandonó, antes de llegar a sexto grado.
Son casi las nueve de la mañana. Los casi 30 que llegaron a sexto en esta generación han dejado sus escobas y ahora ensayan el vals de despedida sobre los charcos. Son niños que nunca han necesitado una computadora porque jamás tuvieron una. Menos mal, porque hace poco unos ladrones se metieron a la escuela y se robaron la Enciclomedia. En sus salones, que acusan una ventilación negligente, el calor empieza subir, igual en las parrillas de la profesora Juana Gutiérrez, donde ahora se guisan unas suculentas costillitas de cerdo en salsa de chilacate, en un cazuelón como para alimentar a un ejército.
“¡Uy! Pues aquí siempre hemos sido muy pobres; yo me fui a Guadalajara a estudiar la Normal y para mantenerme era cocinera en casas ricas”, recuerda la maestra, mientras me hace parte del ejército que probará sus suculentos platillos. Apenas les voy a meter mano, cuando me acuerdo que la mano lleva el día completo sin haber tocado el agua y el jabón.