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La Guerra

El Palo del Ciego

“Nuestros presentimientos se han realizado, la cuestión extranjera no tendrá ya una solución pacífica, los franceses han roto de la manera más indigna los preliminares de la soledad, con los que México daba una prueba palpitante de su buena fe y de su deseo de satisfacer caballerosamente a las reclamaciones que basadas en la razón y en la justicia se le hicieran.

Los comisarios franceses se han arrancado la careta y mostrado de una manera indudable, que las intenciones de Luis Napoleón no son otras que las de robarnos nuestra independencia y cambiarnos por un pedazo de territorio austriaco.

Los traidores que han empapado de sangre el suelo de su Patria, y cuya dominación era ya imposible, van a unirse al extranjero para privar a sus hermanos de la libertad que tan heroicamente han conquistado. La República se encuentra en este momento entre la esclavitud y la guerra, entre la vida o la muerte, entre el honor o la infamia. Qué extremo elegirá, es inútil preguntarlo. La lucha  sostenida durante 50 años contra la dominación española y la tiranía eclesiástica prueba es bastante de que su voluntad es la de ser independiente, libre y soberana. Los millares de mexicanos que han sucumbido en los campos de batalla en defensa de la libertad, muestra son de que México es una nación que no dobla fácilmente la cerviz ante el despotismo.

Los que nos van a hacer la guerra son poderosos, tienen los elementos de que nosotros carecemos; pero les falta el valor que da la conciencia de la justicia y la abnegación del patriotismo. La Libertad no tiene más que hacer una señal y un millón de héroes se levantarán prontos a combatir por ella y dar su vida y la de sus hijos y las de sus mujeres, antes que permitir que arrastren las cadenas de la servidumbre.

Cuando Hernán Cortés conquistó el país de los aztecas, México sostuvo un sitio de 65 días y no fue tomada sino después de que sucumbieron muy cerca de 200 mil mexicanos, de los cuales la mayor parte murieron de hambre o de las enfermedades que produjeron el agua envenenada que bebían y el aire que respiraban, infectados por los cadáveres de los guerreros, que la necesidad de pelear sin descanso no les permitía sepultar. Este famoso triunfo que le dieron a Cortés los traidores que con él se aliaron, pues no puede decirse que esta victoria fue alcanzada por 900 españoles, únicos que asistieron a la toma de

México, no sirvió de nada a los conquistadores, porque se hicieron dueños no de aquella hermosa y opulenta ciudad que había excitado su codicia, sino de un campo cubierto con ruinas mezcladas con cadáveres.

Si entonces el pueblo mexicano luchó con tal heroísmo por su independencia, no obstante que creía luchar contra los hijos de Dios, ¿qué hará ahora libre de preocupaciones y aguerrido en mil combates casi fabulosos? La Francia ha creído encontrar en nosotros una manada de corderos fáciles de sujetar, para vendernos enseguida al mejor postor. Ya verá lo que son los tigres de nuestras montañas.

El gobierno mexicano no tiene más que hacer que dirigir el movimiento de las masas, ahorcar a los traidores, y sacar recursos de donde se encuentren.

Todos los mexicanos pondrán gustosos en el altar de la Patria su dinero, su inteligencia y su vida: si alguno no lo hiciere, ese hombre ya no es mexicano, es un traidor y debe morir en el cadalso”.

por: Augusto Orea Marín
 

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