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Keep Portland Weird

Eugenio@pdx.edu

GUADALAJARA, JALISCO (11/MAR/2012).- Si tuviera que definir lo que pienso de la ciudad de Portland en unas cuantas palabras creo que recurriría a la genial frase que escuché en la serie de televisión Portlandia: “Es el lugar al que los jóvenes van a retirarse”. Sin embargo, creo que haría poca justicia a una ciudad que al grito de guerra “Keep Portland Weierd” ha producido una compleja y a veces contradictoria cultura urbana, nutrida por un ejército de creativos progresistas de origen diverso que constantemente alimentan a esta  lluviosa ciudad cuyos líderes sociales en los años setenta lograron sustituir un proyecto de viaducto por un parque lineal.

Creo no equivocarme al afirmar que una gran parte de los viejos y nuevos residentes, cual postmodernos gambusinos, han venido olfateando la promesa de un sitio que les permite vivir de una manera más responsable con el medio ambiente. Es así que en los últimos años Portland ha estado a la vanguardia de las innovaciones ecológicas en los Estados Unidos. Por ejemplo, en el Sunnyside, uno de sus barrios más emblemáticos, se diseñó el primer plan de consumo sustentable de energía en el país.

Si bien Portland durante los años ochenta sufrió la decadencia del centro de la ciudad —como bien muestra Gus Vant Sant en su película My Own Private Idaho— hacía principios de los noventa su centro fue integrado exitosamente al resto de la ciudad. Esto gracias a su sistema de transporte de tren ligero y tranvías que acompañaron la construcción de vivienda de alta densidad y a un diseño urbano que propició la movilidad peatonal y en bicicleta al acercar el origen y destino de los viajes. Lugar especial en la explicación del éxito de esta ciudad ocupan sus políticas de planeación.

A mediados de los noventa, Portland ocupaba las planas de la prensa nacional por la implementación del que quizá fue uno de los primeros programas de préstamo gratuito de bicicletas en los Estados Unidos: el Yellow Bike Project. Programa iniciado por una ONG con 10 bicicletas pintadas de amarillo que repararon un grupo de jóvenes después de tomar un curso de mecánica general. Antes de desaparecer este programa —por razones similares a las del programa Holandés de “Bicicletas Blancas” —, este proyecto llegó a ofrecer 600 bicicletas a los urbanitas cuya única responsabilidad se reducía a regresarlas en una avenida principal.

Casi 20 años después Portland discute la posibilidad de arrancar su programa de préstamo de bicicletas, ahora financiado por la ciudad. Quizá se antoje un poco tarde para una ciudad cuya firma de planeación local implementó estos programas en las ciudades de Boston, Massachusetts; Washington D.C. y Melbourne, Australia. Y en la que 8% de sus habitantes se transporta diariamente a trabajar en bicicleta, el más alto de los Estados Unidos de América para una ciudad de estas dimensiones.

He de reconocer que para una ciudad en la que llueve nueve meses al año y cuya topografía se puede calificar más bien de sinuosa, me sorprende que el uso de la bicicleta se haya establecido con tal fuerza que no sólo es un medio de transporte sino que define, en gran medida, su cultura local. Me pregunto ¿qué factores han influido para que esto suceda? La respuesta seguramente es amplia y compleja. Al menos espero transmitir mi experiencia de vivir en una ciudad a la que ahora le ha dado por exigirnos Keep Portland Beer.

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