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¿Héroe o traidor?

Edward Snowden ha convulsionado al mundo entero con las revelaciones sobre espionaje del Gobierno americano hechas al Washington Post

GUADALAJARA, JALISCO (14/JUL/2013).- Edward Snowden ha convulsionado  al mundo entero con las revelaciones sobre espionaje del Gobierno americano hechas al Washington Post y al diario inglés The Guardian. Para este ex empleado de la Agencia Central de Investigación (CIA, por sus siglas en inglés), las revelaciones constituyen simplemente un “imperativo ético”: no quiero vivir en un mundo donde se codifica todo lo que digo y escribo, no estoy dispuesto. Paradójicamente para este especialista en materia tecnológica, su razón para filtrar los documentos, que comprueban el espionaje de Estados Unidos a naciones enemigas pero también a aliados, es típicamente americana: la defensa de las libertades frente al intervencionismo prohibicionista del Estado. Es, interpretando a Snowden, una lucha por la libertad frente a ese “Leviatán” que vulnera las libertades y la privacidad individual. Es un prófugo digital que rechaza vivir bajo el velo de un Estado pendiente de la vigilancia a su población. Alguna vez  comparó esta información con la que obtenía en la Guerra Fría los servicios secretos de Alemania Oriental o la Unión de Repúblicas Soviéticas y Socialistas (URSS).

Las revelaciones de Snowden dejan en claro el abultado aparato de espionaje que sostiene el Gobierno de Estados Unidos. Hasta el 5 de abril, según información provista por el propio Snowden, Estados Unidos mantuvo una red de espionaje capaz de vigilar a 117 mil objetivos al mismo tiempo. Estados Unidos espía a Brasil, México, naciones europeas, del Medio Oriente; aliadas o no aliadas. Incluso, el Parlamento Europeo habló de endurecer los controles para evitar que los espías norteamericanos actuaran con la libertad con la que lo han hecho en los últimos años.

“Robin Hood 2.0”

Snowden, quien cumplió 30 años en junio pasado, no tiene una trayectoria muy amplia en los servicios de inteligencia de Estados Unidos. Lo interesante es que Edward Snowden se alistó a mediados de la década pasada en el ejército norteamericano, a media guerra en Afganistán e Irak. Incluso, personajes con relativa cercanía a él, que convivieron con Snowden, lo definen como una persona pragmática, pero defensor de ciertos valores que lo llevaron a filtrar la información. Snowden es producto de un proceso de flexibilización de los aparatos de información: es un “subcontratado”, llega a la CIA por su “expertise” en materia tecnológica y de administración de información. No es el típico trabajador de inteligencia, al estilo de lo que sucedió en la Guerra Fría, en donde los intereses nacionales eran suficiente incentivo para no traicionar a los aparatos de seguridad del país. Es decir, durante los años de la Guerra Fría, la lealtad constituía un valor inapelable e indiscutible. La libertad terminaba exactamente ahí, donde la nación se imponía. Ahora, con la revolución de las telecomunicaciones, la información se ha vuelto una herramienta de poder prioritaria para naciones grandes y chicas. Y, si a esto le añadimos, la popularización de esos personajes que retan al imperio tan socorrido como historias en la cinematografía, podemos encontrar una revalorización del “Robin Hood 2.0”.

Snowden proviene de un ambiente trabajadores públicos. Su madre es una empleada de segundo nivel en la estructura del Poder Judicial de Baltimore. Por su parte, su padre es oficial de la Guardia Costera de los Estados Unidos. Como lo dijo Julian Assange en una entrevista con Jordi Évole de la televisión española La Sexta, “la transparencia se ha vuelto la causa de su vida”. Snowden tiene muy clara su estrategia: no pisar suelo estadounidense. Los cargos contra Snowden pueden llegar a ser muy severos, desde espía hasta traidor. En un caso extremo, hasta la pena de muerte podría recaer como castigo a este “soplón cibernético”. Para evitar eso, Snowden debe salir de Rusia hacia alguna de las naciones que han aceptado asilarlo (Venezuela, Nicaragua o Ecuador) y recorrer una geografía de corte político, más que territorial: tratar de evitar volar por superficies de naciones aliadas a los Estados Unidos. Ya pasó en el escandaloso suceso del presidente boliviano Evo Morales que fue retenido en Austria por algunas horas ante la sospecha de que Snowden pudiera venir el avión con el mandatario boliviano. El mensaje de Estados Unidos es claro: con Snowden no hay tolerancia alguna.

Estados Unidos tiene una particular experiencia con los espías. A diferencia de lo que hacia la URSS, Estados Unidos siempre privilegió los avances tecnológicos por encima de la capacidad de los espías para obtener información. Esa historia tan “romántica” del espía atractivo, de buenos modales, cautivador y sagaz, no fue la escuela madre de los aparatos de inteligencia americanos. Snowden es la representación más fidedigna de eso: un especialista en computación, en tecnología, que decide incorporarse a la CIA. Sin embargo, a pesar de que no es el traidor clásico que provoca estas filtraciones de información para favorecer a alguna nación enemiga de los Estados Unidos, Snowden corre el riesgo de ser definido a través de esa etiqueta. Snowden se ha convertido en esa dicotomía: el héroe de la libertad de expresión y la transparencia, en contraposición de  ese traidor que violó su compromiso con la seguridad nacional de su país. La línea es tenue, tal vez Snowden realmente representa a ambos personajes.

El espionaje justifica en la seguridad, lo que viola en la libertad. No es ninguna sorpresa que Estados Unidos haya montado un enorme ejército de espías para hacerse de información y tener a sus aliados en sus sitios. Estados Unidos invoca la Ley de Espionaje de 1917 para justificar la operación interna y externa de agentes dedicados a rastrear y comprimir la información. Seguramente Snowden no será el último que rete con tanta severidad a esa estructura diseñada para obtener ese bien invaluable que es la información. ¿Seguridad o libertad? Ese parece ser el dilema.

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