Suplementos
Fotografía
“Mi Casa tiene Alas” de Martínez Verea
Fue casi simultáneamente al nacimiento del joven fotógrafo tapatío José Martínez Verea, cuando comenzó a tomar cuerpo el extravagante proyecto arquitectónico de ese excéntrico y opulento escritor inglés de nombre Edward James, quien rodando por el mundo vino un día a recalar a México y específicamente, en una zona selvática de la Huasteca Potosina, llamada Xilitla, donde adquirió un predio de nombre Las Pozas, en el cual sentó su real presencia para darse, entre otras, a la tarea de intervenir la naturaleza y plantarle muchos de los delirios arquitectónicos que poblaron su caletre hasta la extinción de su existencia.
Tal fue el origen a ese fantástico conjunto de edificaciones quiméricas de neto corte surrealista, que entremezcladas con la densa vegetación vinieron a constituir un punto de atracción para miles de visitantes que en constante trasiego, acuden a contemplar dichas fantasmagorías, y desde luego, a captarlas y conservarlas a través de los recursos de la imagen.
Han sido pues millones las fotografías tomadas en ese santo lugar por la multitud de peregrinos, muchas de las cuales le han dado la vuelta al orbe, impresas en incontables reportajes, revistas y libros referidos a la extravagante obra del noble inglés, la cual, por esos y otros medios ha sido ampliamente conocida y reiteradamente difundida.
Mas ahora, tras haber visitado la exposición del mencionado maestro Martínez Verea, quien insiste sobre el tema, la cual se encuentra puesta actualmente a la consideración del público en la Sala “Juan Soriano” del Museo de Arte de Zapopan, y esperando toparme con otra variación sobre lo mismo, debo confesar que al contrario, me encontré con un ensayo fotográfico amplio, sugerente y diferente; pulcramente realizado y cargado de valores estéticos.
Sin duda que para lograr tan impactante colección debieron de conjuntarse factores muy importantes, tanto en lo que mira a relaciones privilegiadas, apoyos logísticos, recursos económicos y estancias prolongadas en ese lugar; como en cuanto a elementos subjetivos, como una benedictina paciencia, una extraordinaria capacidad de visión discriminatoria, conocimiento, experiencia y meticulosidad técnicas, y desde luego una finísima sensibilidad para saber y sentir qué, cuándo, cómo y donde captar y manejar de manera óptima los elementos compositivos de cada exposición y los juegos lumínicos más acertados y asumidos como materia substancial de cada imagen.
Las fotografías de este expositor, ya sean sus impresionantes vistas panorámicas, como las detalladas en pequeño formato, todas en blanco y negro, y en las cuales empleó desde avanzados procedimientos de digitalización hasta el desusado, complicado y riesgoso proceso gráfico decimonónico del paladio platino, mediante el cual dotó a algunas de sus impresiones de calidades, texturas y tonalidades de aguafuerte; por encima del tema en sí, casi todas resaltan por la hermosura inquietante de su creatividad, al ofrecernos fragmentos deshabitados de una voraz naturaleza como telón de fondo del cual emergen las arbitrarias presencias constructivas y sus oníricos elementos, sin que se genere un caos de líneas, masas y volúmenes confusos, sino que en la mayoría de lo aquí expuesto, campea un sutilísimo y refinado manejo de luces, sombras y de infinitas gradaciones intermedias, de presencias nítidas y diferencias que surgen o se adivinan, inclusive , hasta de los fondos más densamente saturados.
Quiero decir pues que no se trata pues de otra muestra más, meramente documental sobre ese extraño lugar, sino que Martínez Verea trasciende lo ilustrativo para convertirlo a veces en imaginería simbólica que sugiere un feliz encuentro entre lo natural y lo manufacturado por el ingenio humano, una encrucijada donde se contemplan, a través de sutiles diluciones de luz, los misterios del espacio y del
Tal fue el origen a ese fantástico conjunto de edificaciones quiméricas de neto corte surrealista, que entremezcladas con la densa vegetación vinieron a constituir un punto de atracción para miles de visitantes que en constante trasiego, acuden a contemplar dichas fantasmagorías, y desde luego, a captarlas y conservarlas a través de los recursos de la imagen.
Han sido pues millones las fotografías tomadas en ese santo lugar por la multitud de peregrinos, muchas de las cuales le han dado la vuelta al orbe, impresas en incontables reportajes, revistas y libros referidos a la extravagante obra del noble inglés, la cual, por esos y otros medios ha sido ampliamente conocida y reiteradamente difundida.
Mas ahora, tras haber visitado la exposición del mencionado maestro Martínez Verea, quien insiste sobre el tema, la cual se encuentra puesta actualmente a la consideración del público en la Sala “Juan Soriano” del Museo de Arte de Zapopan, y esperando toparme con otra variación sobre lo mismo, debo confesar que al contrario, me encontré con un ensayo fotográfico amplio, sugerente y diferente; pulcramente realizado y cargado de valores estéticos.
Sin duda que para lograr tan impactante colección debieron de conjuntarse factores muy importantes, tanto en lo que mira a relaciones privilegiadas, apoyos logísticos, recursos económicos y estancias prolongadas en ese lugar; como en cuanto a elementos subjetivos, como una benedictina paciencia, una extraordinaria capacidad de visión discriminatoria, conocimiento, experiencia y meticulosidad técnicas, y desde luego una finísima sensibilidad para saber y sentir qué, cuándo, cómo y donde captar y manejar de manera óptima los elementos compositivos de cada exposición y los juegos lumínicos más acertados y asumidos como materia substancial de cada imagen.
Las fotografías de este expositor, ya sean sus impresionantes vistas panorámicas, como las detalladas en pequeño formato, todas en blanco y negro, y en las cuales empleó desde avanzados procedimientos de digitalización hasta el desusado, complicado y riesgoso proceso gráfico decimonónico del paladio platino, mediante el cual dotó a algunas de sus impresiones de calidades, texturas y tonalidades de aguafuerte; por encima del tema en sí, casi todas resaltan por la hermosura inquietante de su creatividad, al ofrecernos fragmentos deshabitados de una voraz naturaleza como telón de fondo del cual emergen las arbitrarias presencias constructivas y sus oníricos elementos, sin que se genere un caos de líneas, masas y volúmenes confusos, sino que en la mayoría de lo aquí expuesto, campea un sutilísimo y refinado manejo de luces, sombras y de infinitas gradaciones intermedias, de presencias nítidas y diferencias que surgen o se adivinan, inclusive , hasta de los fondos más densamente saturados.
Quiero decir pues que no se trata pues de otra muestra más, meramente documental sobre ese extraño lugar, sino que Martínez Verea trasciende lo ilustrativo para convertirlo a veces en imaginería simbólica que sugiere un feliz encuentro entre lo natural y lo manufacturado por el ingenio humano, una encrucijada donde se contemplan, a través de sutiles diluciones de luz, los misterios del espacio y del