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Entre las piernas

Pasiones compartidas

GUADALAJARA, JALISCO (15/MAY/2010).- Mi primer encuentro con el arte escénico lo tuve en la primaria. Recuerdo, en medio de un poco de bruma porque han pasado muchos años, que tuve una maestra de inglés que formaba equipos en el grupo -segundo o tercero de primaria-, para que presentáramos ante el resto de los compañeritos historias breves en ese idioma, de manera que el aprendizaje llegara “jondo” a nuestras conciencias.

Todavía me acuerdo de la mini obra de teatro que me tocó. Mi compañero de equipo se llamaba Pablo y debo decir que me encantaba el chiquillo. En el interesantísimo montaje yo era la madre y él el hijo, y tenía que decirle en perfecto inglés británico “It’s time to go to bed” (Es hora de ir a la cama) tres veces; “You have to go to bed” (Tienes que ir a la cama) y volver después con la primera frase hasta que el niño se quedara dormido.

Después, en lo que podría ser la segunda escena de la obra, le decía: “It’s time to get up” (Es hora de levantarse) y “You have to get up” (Tienes que levantarte), y así… hasta que se levantara. Para dar más realismo al trabajo escénico, debíamos vestirnos como lo haría nuestro personaje.

Me da pena decir que no me acuerdo cómo se llamaba esa maestra, pero creo que fue una estupenda idea trabajar de esta forma con nosotros, pues además de que aprendimos a la perfección la lección, me parece que quedó en algunos de nosotros este gustito por el teatro.

Pasados los años me topé con otros maestros que aportaron mucho a mi desarrollo, pero en lo que tiene que ver con e amor por las artes escénicas -al grado de ver la profesión como una opción para mi desarrollo personal-, fue hasta que llegué a la universidad y me topé con Marypaz Gómez Pruneda, quien por cierto tiene el don de caer muy bien o muy mal. A mí me cayó bien.
La primera clase que tuve con ella fue “Expresión oral”; después “Proceso creativo” y finalmente “Teatro”, aunque para entonces ya estaba apuntadísima en el grupo que tenía en la escuela. Con ella participé en dos obras: Frida Kahlo, autorretrato y Los clavos de plata. El actor Jesús Hernández también fue mi maestro; me puso un nueve y cada vez que lo veo aprovecho para reprocharle la calificación.

Debo decir que ambos personajes fueron básicos para que yo me enamorara del teatro, para que conociera a algunos de sus protagonistas en la escena tapatía y para que descubriera posteriormente que lo mío no era esa profesión, sino ésta que ejerzo en la actualidad. Sin embargo, el gusto continúa latente y cada vez más vivo. Por eso quiero agradecer a Marypaz y Jesús por esta pasión que inyectaron en mi; pero principalmente a esa maestra de inglés que no recuerdo su nombre.

Ojalá hoy en día haya millones de maestros como éstos, que con un solo ejercicio o con su simple actuar cotidiano, nos comparten el entusiasmo por aprender y dejarnos vibrar en un área de desarrollo, como ellos mismos lo hacen.

lexeemia@gmail.com

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