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Entre aromas y colores

Con sus ojos de color caramelo en reposo, don Gustavo observa las calaveritas elaboradas en chocolate

GUADALAJARA, JALISCO (05/NOV/2011).- “Mi papá me regaló una máscara cuando yo tenía seis años; olían horrible porque las pegaban con el resistol llamado cola y que usaban los carpinteros… a mí me gustaba”, dice Gustavo Zárate echando la mirada hacia arriba, como seleccionando el recuerdo que tiene en su memoria desde hace más de seis décadas.

“También aquí me compraron unos trompos de madera; hoy se usa el plástico y a los niños ya no les llaman la atención estos juguetes de cartón”, añade al tiempo que echa un ojo a los puestos que se encuentran a su paso, en busca de la máscara ideal para su nieto y una calaverita que regalará a su mujer.

Con sus ojos de color caramelo en reposo, don Gustavo observa las calaveritas elaboradas en chocolate. Luis Fernando Mosqueda, un hombre robusto sentado dentro de uno de los 196 puestos que conforman la Feria del Cartón y del Juguete, situada en el Parque Morelos, le dice: “Estas calaveritas están a 50; éstas (señala con su dedo índice) a 25 y las más chiquitas a 15 pesos, depende el tamaño”.

Luis Fernando vende además paletas de ataúdes y diversas artesanías que en el mes de septiembre comienza a elaborar –desde hace 18 años– con ayuda de sus hermanos, esposa e hijos. Luego, a partir del 15 de octubre, se instala en el parque desde las nueve de la mañana y hasta que la luz natural se ha ido totalmente.

La jornada es larga y parece que éste no ha sido el mejor año. Y es que la verdad, dice el artesano, se esperaba tener una mayor y mejor afluencia durante los Juegos Panamericanos, ya se veía él –como otros comerciantes de la feria– colmado de clientes extranjeros… pero no fue así.

“Las ventas disminuyeron hasta 40%, nosotros pensamos que iba a haber mayor auge y no fue así; pienso que la gente andaba metida en sus casas viendo los juegos y no nos hicieron caso. Yo vendía en esta temporada tres mil calaveras, pero si llego para finales de la feria a dos mil van a ser muchas; nos afectó mucho también que cerraran las escuelas”.

Rubén Preciado Mora piensa igual, pero sigue atendiendo su puesto con alegría y luciendo un mandil rojo y blanco. Los dulces que se encuentran sobre la mesa llaman la atención de los transeúntes: fruta cubierta de camote, chilacayote y membrillo; alfajor, rollos de guayaba, coco y miel.

Pero el pan que este año ha llevado María Luisa Navarro se ha ganado las fanfarrias. “Para darles algo nuevo a mis clientes hice con el pan figuras de cocodrilo y tortugas, todo el pan lleva jugo de naranja y mantequilla. Son los más ricos. Los mejores están aquí”, dice la mujer al tiempo que espanta a las moscas de sus delicias con un trapo que sacude con su mano. “Para mí es un placer regresar a la feria cada año”.

Es un gozo andar sin prisa por la Feria del Cartón y del Juguete, con el alboroto de los niños que jalan las faldas de las abuelas pidiendo comprarles calaveras para el altar de muertos; con los adolescentes que ríen por los pasillos colmados de pan de huesitos dulces y flores de cempasúchil, y los adultos mayores que recorren el lugar y como por arte de magia regresan a su niñez, envueltos en aromas deliciosos y colores llamativos, en una ciudad que hoy es otra, pero todavía conserva la riqueza de sus tradiciones.

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