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Encontrar a Cristo

En este agitado y confuso siglo XXI, aunque parece que las multitudes solamente se contentan con pan y circo, hay una inquietud interior

El sufrimiento, la grave enfermedad de la hija, llevó a la madre a la fe, al encuentro de Cristo.
    En este agitado y confuso siglo XXI, aunque parece que las multitudes solamente se contentan con pan y circo, hay una inquietud interior, honda, de todo ser humano, de encontrar la verdadera satisfacción existencial en lo que ni el mundo, ni el demonio, ni la carne le ofrecen.
    Dios sabe hablar a los hombres con variados lenguajes; a veces en las alegrías, y muchas veces cuando vienen largos días de nubes de tormenta y de noches inacabables de pena y dolor, de preocupaciones, de pérdidas, de derrotas. Entonces el hombre se mira a sí mismo, se ve pequeño --como un perrillo hambriento y desamparado-- y acude a Dios... y encuentra a Dios.
    Muchas conversiones han tenido un principio al parecer trágico. Una bala de cañón frustró la ascendente carrera militar de Ignacio de Loyola, mas lo encontrado en su lecho de dolor, en su larga convalescencia, valió miles de veces más para él y para la Iglesia. Encontró a Cristo y no dejó de ser militar, pero en el ejército de Jesús, donde él alineó con los primeros, y ha seguido esa compañía en cuatro siglos de luchas. Para eso son los soldados de Cristo.
     Mas la conversión empieza --como en la mujer cananea-- por la fe, unida a la humildad. El mayor pecado es creerse justo. La más grave de las enfermedades espirituales es creerse sano. No tener necesidad de salvación, es no tener salvación. Por eso el que encuentra a Cristo, es el que tiene la profunda convicción de que no se puede salvar por sí mismo, y confía en Cristo salvador y salvación. Es tomar una actitud humilde y confiada --lo enseña el evangelio de hoy-- y alegrarse al escuchar de la boca de Cristo: “Que se cumpla lo que deseas”.

Cristo es de todos y para todos

     El mensaje de este domingo vigésimo ordinario del año es la universalidad, la catolicidad de un único Pueblo de Dios fundado por Cristo el Señor.
    El pueblo de Israel esperó al Mesías, mas “vino a los suyos y los suyos no lo conocieron”. Esperaban un libertador exclusivo y poderoso frente a los pueblos que los rodeaban.
     Ni su figura, ni su mensaje, se ajustaron a las pretensiones terrenales de ellos. Vino a fundar un Reino espiritual, de justicia, de santidad y de gracia, y éste para todos los hombres.
    Su presencia rompió toda barrera nacionalista, racista y partidista. A partir de Cristo, todos los hombres son hermanos, o deben ser hermanos, redimidos con la misma sangre.
     El Concilio Vaticano II (1962-1965) fue una mano abierta a todos los hombres, en un empeño ecuménico universal: “Solidarizándose poco a poco, y ya más consciente en todo lugar de su unidad, no puede llevar a cabo su tarea (la Iglesia), o sea construir un mundo más humano para todos los hombres, en toda la extensión de la tierra, sin que todos se orienten con espíritu renovado a la verdadera paz” (Gaudium et Spes No. 70).

Cristo sobre pasa las fronteras de su pueblo

     El evangelio para ser proclamado en este domingo, es la narración de un milagro que Cristo hace en favor de una mujer extranera, una cananea, allá entre las ciudades de Tiro y Sidón.
    Ella, afligida, va tras el Señor con un grito suplicante y su voz parece --sólo parece-- que no llega a los oídos del Maestro. Son los discípulos, que tal vez cansados ya de oírla, “se acercaron al Maestro y le rogaban: ‘Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros’”.
    Esa mujer es pagana, no es del pueblo escogido, mas tiene esperanza en que Jesús, que ha dado misericordiosamente la salud a muchos enfermos, también tenga su misericordia para ella y su hija enferma. Por eso va tras él, por eso sus gritos, por eso insiste.
     El Señor se detiene a escucharla. “Ella se acercó entonces a Jesús y, postrada ante Él, dijo:

“Señor, ayúdame”

     En este caso Jesús encuentra  una mujer creyente “fuera de casa”. Ella es sencilla, y los sencillos siempre pueden más ante la majestad de Dios. El Reino de Dios es de los sencillos, de los limpios de corazón.
     Cristo no es un segregacionista. Su persona, su mensaje, es de todos , es para todos; su amor a nadie desestima, su gracia es a todos ofrecida. Dios no niega su gracia al que pone su parte cuanto pueda. Santo Tomás de Aquino, el mayor teólogo de la Iglesia, escribió: “Dios, por los caminos que Él sabe, puede conducir a la fe a los hombres que sin culpa desconocen el evangelio”.
Hay malos cristianos y buenos paganos. Dios es el único capaz de juzgar. Un buen pagano es un hombre que implícitamente ha aceptado el mensaje salvífico de Dios. Además, siempre la gracia de Dios hace todo cuando hay disposición interna.
    Aunque en aquella mujer ya hay disposición, ya tiene lo que los teólogos llaman “la gracia eficaz”, el Señor quiere ponerle una prueba y a la suplicante le respondió:

“No está bien quitarle el pan a los hijos, para echárselo a los perritos”        

    Después del silencio de Cristo en el camino, la madre desesperante ahora escucha el rechazo. Mas no se da por vencida y contesta: “Es cierto, Señor, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”.
    Si era una humillación a ella, no le bastaría, porque todo cuanto ha dicho y hecho manifiesta que es humilde. En su interior tal vez esté pensando: “No he pretendido el pan de los hijos; no soy hija, soy extranjera, soy pagana, soy un perrito, pero un perrito bajo la protección de su Amo”.
     Esa mujer tiene mucho que enseñar a todos, hasta los que se dicen maestros de oración, porque en el fondo la verdadera oración es darle la razón a Dios. Y cuando Él acepta, todos salen ganando.
    La oración de esta cananea tiene tres indispensables características: primero, tiene fe en Cristo, a quien ya personalmente conoció, y su fe se ha manifestado en la confianza de que si Él quiere, puede curar a su hija; segundo, tiene perseverancia, y no una vez, sino muchas veces y a gritos, ha pedido esa gracia para su hija que es bien para ella también; y tercero, admirable humildad, porque es sincera y tiene conciencia de que ella es nada y Aquél a quien ella le pide es Todo.
    Cuando la oración es así, perfecta, es la palanca capaz de mover el corazón de Cristo. Ella logró su intento.

“Mujer, ¡qué grande es tu fe!”

     Un maestro de vida espiritual comentó: “Jesús quiso ser alegremente vencido. Se venció ante la fe, ante la oración breve y fervorosa, el arma de aquella mujer”.
     Y así le place al Señor dejarse vencer con las armas de la fe y del amor.
Dios escucha muchas oraciones, quizá demasiadas, mas atiende a quienes le hablan no con los labios, sino con el corazón.
    Un hombre experimentado en el arte de orar, al meditar en esta página de evangelio, quiso hacer suya la oración de la mujer cananea y así le habló al Señor:
“Ten compasión de mí.
Métete en todos los rincones de mi casa,
llénanos, cólmanos con tu amor.
Necesito compartir contigo mis dificultades del camino, el peso de la vida, los agobios, las insatisfacciones, mis fallas, mis preocupaciones, mis miedos, mi fragilidad”.
     Quien muchas veces repita con fe y humildad esta oración, sin duda será el “perrito” satisfecho de migajas de las que Jesús solía dar.
     Como a la mujer cananea, a la que así despidió:

“Que se cumpla lo que deseas”

    Muchos paganos que están fuera del Reino son signos constantes de que los extraños son llamados, de que el Reino está en proceso de apertura y crecimiento. Dios se hace oír y su palabra nunca vuelve vacía.
    Este milagro enseña que la fe es capaz de trasladar de sus bases las montañas.
    La cananea volvió a su casa --aunque ya no lo cuenta el evangelio-- con el corazón lleno de alegría, de gratitud. Y aunque tampoco lo narre el evangelio, el milagro fue el inicio para ella de una nueva vida, porque encontró al Salvador.

Pbro. José R. Ramírez     
     

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