Suplementos
¿En qué consiste la salvación?
En los dos primeros artículos de la serie, he expuesto brevemente los cuatro problemas que aquejan la existencia del hombre: temporalidad, libertad, sufrimiento y muerte, y ansiedad
Tercera parte
En los dos primeros artículos de la serie, he expuesto brevemente los cuatro problemas que aquejan la existencia del hombre: temporalidad, libertad, sufrimiento y muerte, y ansiedad. Toca ahora analizar la respuesta cristiana de la salvación.
Para comenzar con la salvación del ser temporal, hemos de revisar algunas cosas relacionadas con creencias prevalecientes en nuestro medio: la concepción hinduista y budista del tiempo. Esta representación se asemeja a una espiral: la existencia terrena se repite en diversos planos y un número limitado de veces. El alma transmigra a seres superiores o a seres inferiores, según haya sido la pureza de la conducta; pero, al final del proceso, lograda la purificación completa, el alma se libera de esta “rueda de la vida” y llega, según el hinduismo, a una fusión panteísta con la divinidad, y según el budismo, al reposo del nirvana. Ambas doctrinas consideran el tiempo humano como una mera ilusión, simple apariencia que no pertenece a la esencia del ser.
Por su parte, el tiempo bíblico no es helicoidal ni simbólico. Es un tiempo rectilíneo e irreversible; esto es, parte de un punto y camina en una dirección hacia un final, y cada segmento tiene un significado y una posición propios. El principio del tiempo es la creación del mundo, y el final, la venida escatológica de Dios. Así, el fundamento de la redención cristiana del tiempo en el pasado, está en la palabra de Dios anunciada por los profetas y encarnada en Jesucristo. En el presente, la salvación de la temporalidad se inicia en el “ahora” mediante los múltiples lazos que el cristiano ya tiene con la eternidad. El cristiano –católico– está en paz con Dios por la Redención y el perdón divino; en diálogo con Dios por la oración; pertenece al pueblo de Dios por formar parte de su Iglesia; está en manos de Dios por la providencia divina; habitado por Dios por la presencia en el alma de las tres Personas divinas; es ayudado por Dios mediante la gracia y es alimentado por Dios por la Eucaristía. Abundaremos un poco solamente en la oración y en la inhabitación de las tres Personas divinas.
La oración es la esencia misma de las religiones personales; es el intento de establecer un diálogo con la divinidad. En la oración el cristiano trasciende el tiempo; en cualquier circunstancia, enfermo, preso, calumniado, el creyente puede ponerse en esa situación de eternidad, puede tomar conciencia de ese vínculo indestructible con Dios; por la plegaria, participa de la eternidad del Creador. Jesús reúne en sí mismo los dos aspectos esenciales de la religión: es orante y es revelador. Los evangelistas describen la oración individual de Jesús realizada en retiro solitario y, a veces, a lo largo de toda la noche (Lc 6, 12). Mencionan sus oraciones litúrgicas de acuerdo con la costumbre judía: bendición de los alimentos y recitación de los salmos (Mt 14, 19; 26, 30). Después de la subida de Jesús a los cielos, nace la plegaria cristiana en toda su novedad: la Iglesia se dirige al Padre por mediación de Jesús, de donde nace la costumbre litúrgica de terminar las oraciones con las palabras “por Jesucristo Nuestro Señor” (Jn 14, 14).
La inhabitación nos habla de la presencia o ausencia del Espíritu de Dios en los hombres. Todos los bienes proceden de Su presencia: vida física, salud, armonía interior, bondad moral, sabiduría; y todos los males, de su ausencia: muerte enfermedad, rebelión de los instintos, pecado, ignorancia. Por todo el Nuevo Testamento se encuentran las afirmaciones de que Dios Padre, Jesús y el Espíritu Santo están en el creyente, permanecen en él, habitan en él, tienen su morada en él, y de que, recíprocamente, el cristiano está en Dios y en Cristo, y es templo del Espíritu Santo. Tomemos como ejemplo la primera carta de san Juan (4, 12-13): “ …pero si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y su amor se hace realidad en nosotros”; y más adelante (4, 15-16): “Cualquiera que reconoce que Jesús es el Hijo de Dios, vive en Dios y Dios en él.” De esta manera observamos una victoria del cristianismo sobre la temporalidad: lo eterno habita en el hombre.
Sobre la salvación de Dios de los otros tres problemas, nos ocuparemos en los siguientes artículos de la serie. Que el señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx
En los dos primeros artículos de la serie, he expuesto brevemente los cuatro problemas que aquejan la existencia del hombre: temporalidad, libertad, sufrimiento y muerte, y ansiedad. Toca ahora analizar la respuesta cristiana de la salvación.
Para comenzar con la salvación del ser temporal, hemos de revisar algunas cosas relacionadas con creencias prevalecientes en nuestro medio: la concepción hinduista y budista del tiempo. Esta representación se asemeja a una espiral: la existencia terrena se repite en diversos planos y un número limitado de veces. El alma transmigra a seres superiores o a seres inferiores, según haya sido la pureza de la conducta; pero, al final del proceso, lograda la purificación completa, el alma se libera de esta “rueda de la vida” y llega, según el hinduismo, a una fusión panteísta con la divinidad, y según el budismo, al reposo del nirvana. Ambas doctrinas consideran el tiempo humano como una mera ilusión, simple apariencia que no pertenece a la esencia del ser.
Por su parte, el tiempo bíblico no es helicoidal ni simbólico. Es un tiempo rectilíneo e irreversible; esto es, parte de un punto y camina en una dirección hacia un final, y cada segmento tiene un significado y una posición propios. El principio del tiempo es la creación del mundo, y el final, la venida escatológica de Dios. Así, el fundamento de la redención cristiana del tiempo en el pasado, está en la palabra de Dios anunciada por los profetas y encarnada en Jesucristo. En el presente, la salvación de la temporalidad se inicia en el “ahora” mediante los múltiples lazos que el cristiano ya tiene con la eternidad. El cristiano –católico– está en paz con Dios por la Redención y el perdón divino; en diálogo con Dios por la oración; pertenece al pueblo de Dios por formar parte de su Iglesia; está en manos de Dios por la providencia divina; habitado por Dios por la presencia en el alma de las tres Personas divinas; es ayudado por Dios mediante la gracia y es alimentado por Dios por la Eucaristía. Abundaremos un poco solamente en la oración y en la inhabitación de las tres Personas divinas.
La oración es la esencia misma de las religiones personales; es el intento de establecer un diálogo con la divinidad. En la oración el cristiano trasciende el tiempo; en cualquier circunstancia, enfermo, preso, calumniado, el creyente puede ponerse en esa situación de eternidad, puede tomar conciencia de ese vínculo indestructible con Dios; por la plegaria, participa de la eternidad del Creador. Jesús reúne en sí mismo los dos aspectos esenciales de la religión: es orante y es revelador. Los evangelistas describen la oración individual de Jesús realizada en retiro solitario y, a veces, a lo largo de toda la noche (Lc 6, 12). Mencionan sus oraciones litúrgicas de acuerdo con la costumbre judía: bendición de los alimentos y recitación de los salmos (Mt 14, 19; 26, 30). Después de la subida de Jesús a los cielos, nace la plegaria cristiana en toda su novedad: la Iglesia se dirige al Padre por mediación de Jesús, de donde nace la costumbre litúrgica de terminar las oraciones con las palabras “por Jesucristo Nuestro Señor” (Jn 14, 14).
La inhabitación nos habla de la presencia o ausencia del Espíritu de Dios en los hombres. Todos los bienes proceden de Su presencia: vida física, salud, armonía interior, bondad moral, sabiduría; y todos los males, de su ausencia: muerte enfermedad, rebelión de los instintos, pecado, ignorancia. Por todo el Nuevo Testamento se encuentran las afirmaciones de que Dios Padre, Jesús y el Espíritu Santo están en el creyente, permanecen en él, habitan en él, tienen su morada en él, y de que, recíprocamente, el cristiano está en Dios y en Cristo, y es templo del Espíritu Santo. Tomemos como ejemplo la primera carta de san Juan (4, 12-13): “ …pero si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y su amor se hace realidad en nosotros”; y más adelante (4, 15-16): “Cualquiera que reconoce que Jesús es el Hijo de Dios, vive en Dios y Dios en él.” De esta manera observamos una victoria del cristianismo sobre la temporalidad: lo eterno habita en el hombre.
Sobre la salvación de Dios de los otros tres problemas, nos ocuparemos en los siguientes artículos de la serie. Que el señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx