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¿En qué consiste la salvación?
Entendemos el destino como el conjunto de circunstancias y poderes que condicionan la libertad del hombre. Nacidos en un tiempo, en un lugar y en un ambiente que no elegimos
Segunda parte
La tercera situación problemática del hombre, es que éste se encuentra acosado por tres amenazas: el destino, el dolor y la muerte. Entendemos el destino como el conjunto de circunstancias y poderes que condicionan la libertad del hombre. Nacidos en un tiempo, en un lugar y en un ambiente que no elegimos, con cualidades intelectuales, emocionales y físicas más limitadas de lo que nos gustaría, viviendo en ese mundo particular construido con el oficio, la familia y la sociedad, siempre acechados por la enfermedad y a veces por cataclismos, nos sentimos víctimas de un destino prefabricado. El mejor símbolo de esta situación es Job sentado sobre la ceniza (3, 3-23), lamentándose de haber nacido.
La ominosa presencia del destino nos revela una limitación esencial de nuestro ser: que la vida no solamente es hecha, sino también dada; que el futuro no solamente es elegido, sino también impuesto. Entonces surge la pregunta fundamental: ¿es posible encontrar un sentido al destino, o hemos de ver en él una irracionalidad de la existencia humana?
Más corrosivo que el destino es el sufrimiento. El dolor presente es una realidad que se anida en nuestra vida psíquica y que aparece como un anti-yo, como algo que, en lugar de incorporarse a nuestra vida, la trastorna y la interrumpe. El hombre pasa su vida huyendo del dolor y el sufrimiento sin poder abandonarlo. El Eclesiastés (9, 11-12) muestra la realidad del dolor humano: “... el hombre es sorprendido por el infortunio cuando repentinamente cae sobre él.” Así, surge una pregunta semejante a la anterior: ¿es el sufrimiento una característica de la existencia humana? ¿o hay en él algún “para qué”, alguna razón, algún sentido? ¿Existe algún bien, cuya consecución pueda compensar de todo lo sufrido?
El destino, el dolor y el sufrimiento nos llevan a la amenaza suprema, la muerte, “el último enemigo” (1 Cor, 15, 26), de la que el Eclesiastés (9, 2-6) afirma que “los vivos saben al menos que morirán, pero los muertos no saben nada…sus amores, sus odios, sus celos, todo ha perecido: jamás tomarán ya parte en cuanto se hace bajo el sol”. Por otra parte, la visión laica de la muerte nos la impone como algo brutal y repugnante, como una negación absoluta del ser; como dice Sartre, para la muerte no es posible prepararse, la muerte es lo contrario del ser, es la nada. Y ante esta postura, está la del creyente, quien no se prepara para la muerte en sí, sino para el tránsito a la vida eterna. Por ello, para quien no cree la muerte le aparece como lo absurdo, lo inconcebible, ante lo que no cabe ninguna actitud adecuada.
La cuarta situación problemática es que el hombre es un ser ansioso. En lo profundo de su ser, el hombre tiene ansia de los bienes del espíritu: el ansia de verdad, de bondad y de belleza. El ansia de verdad implica un deseo puro de saber, que a su vez nos lleva a sentir que nos falta tanto por saber, tanto por conocer. Nuevamente el Eclesiastés (1, 12-13, 17-18) nos advierte que “a mucho saber, mucho dolor; a más sabiduría, más inquietud.” Luego, el ansia de bondad es la más humana de nuestras ansias.
Lo bueno surge en la conciencia como un ideal de vida que tiene como objetivo la transformación del ser humano mismo. La bondad presenta un ideal de hombre y, por su parte, la belleza presenta un ideal de mundo. Para el niño todo es revelación, novedad, descubrimiento; pero para el adulto se revela la monotonía y el descubrimiento de que nuevas cosas exigen esfuerzos cada vez mayores. No encuentra belleza.
Finalmente, la última es el ansia de poder, la ambición. En ella reside el anhelo de ser respaldado por la obediencia ajena, con lo que nos aliviamos del sabor amargo de la impotencia interior. Esta es hermana del ansia de amor posesivo, en su doble modalidad de poseer y ser poseído; no obstante, es evidente –basta con voltear a nuestro derredor– que todo intento de fundamentar la existencia en otro ser humano, está destinado al fracaso.
Esta rápida síntesis de los problemas esenciales del hombre basta para mostrar que la salvación religiosa pretende ser una solución válida. En los siguientes artículos de esta serie analizaremos lo que, en mi opinión, es la única respuesta válida, la ofrecida por la religión católica.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx
La tercera situación problemática del hombre, es que éste se encuentra acosado por tres amenazas: el destino, el dolor y la muerte. Entendemos el destino como el conjunto de circunstancias y poderes que condicionan la libertad del hombre. Nacidos en un tiempo, en un lugar y en un ambiente que no elegimos, con cualidades intelectuales, emocionales y físicas más limitadas de lo que nos gustaría, viviendo en ese mundo particular construido con el oficio, la familia y la sociedad, siempre acechados por la enfermedad y a veces por cataclismos, nos sentimos víctimas de un destino prefabricado. El mejor símbolo de esta situación es Job sentado sobre la ceniza (3, 3-23), lamentándose de haber nacido.
La ominosa presencia del destino nos revela una limitación esencial de nuestro ser: que la vida no solamente es hecha, sino también dada; que el futuro no solamente es elegido, sino también impuesto. Entonces surge la pregunta fundamental: ¿es posible encontrar un sentido al destino, o hemos de ver en él una irracionalidad de la existencia humana?
Más corrosivo que el destino es el sufrimiento. El dolor presente es una realidad que se anida en nuestra vida psíquica y que aparece como un anti-yo, como algo que, en lugar de incorporarse a nuestra vida, la trastorna y la interrumpe. El hombre pasa su vida huyendo del dolor y el sufrimiento sin poder abandonarlo. El Eclesiastés (9, 11-12) muestra la realidad del dolor humano: “... el hombre es sorprendido por el infortunio cuando repentinamente cae sobre él.” Así, surge una pregunta semejante a la anterior: ¿es el sufrimiento una característica de la existencia humana? ¿o hay en él algún “para qué”, alguna razón, algún sentido? ¿Existe algún bien, cuya consecución pueda compensar de todo lo sufrido?
El destino, el dolor y el sufrimiento nos llevan a la amenaza suprema, la muerte, “el último enemigo” (1 Cor, 15, 26), de la que el Eclesiastés (9, 2-6) afirma que “los vivos saben al menos que morirán, pero los muertos no saben nada…sus amores, sus odios, sus celos, todo ha perecido: jamás tomarán ya parte en cuanto se hace bajo el sol”. Por otra parte, la visión laica de la muerte nos la impone como algo brutal y repugnante, como una negación absoluta del ser; como dice Sartre, para la muerte no es posible prepararse, la muerte es lo contrario del ser, es la nada. Y ante esta postura, está la del creyente, quien no se prepara para la muerte en sí, sino para el tránsito a la vida eterna. Por ello, para quien no cree la muerte le aparece como lo absurdo, lo inconcebible, ante lo que no cabe ninguna actitud adecuada.
La cuarta situación problemática es que el hombre es un ser ansioso. En lo profundo de su ser, el hombre tiene ansia de los bienes del espíritu: el ansia de verdad, de bondad y de belleza. El ansia de verdad implica un deseo puro de saber, que a su vez nos lleva a sentir que nos falta tanto por saber, tanto por conocer. Nuevamente el Eclesiastés (1, 12-13, 17-18) nos advierte que “a mucho saber, mucho dolor; a más sabiduría, más inquietud.” Luego, el ansia de bondad es la más humana de nuestras ansias.
Lo bueno surge en la conciencia como un ideal de vida que tiene como objetivo la transformación del ser humano mismo. La bondad presenta un ideal de hombre y, por su parte, la belleza presenta un ideal de mundo. Para el niño todo es revelación, novedad, descubrimiento; pero para el adulto se revela la monotonía y el descubrimiento de que nuevas cosas exigen esfuerzos cada vez mayores. No encuentra belleza.
Finalmente, la última es el ansia de poder, la ambición. En ella reside el anhelo de ser respaldado por la obediencia ajena, con lo que nos aliviamos del sabor amargo de la impotencia interior. Esta es hermana del ansia de amor posesivo, en su doble modalidad de poseer y ser poseído; no obstante, es evidente –basta con voltear a nuestro derredor– que todo intento de fundamentar la existencia en otro ser humano, está destinado al fracaso.
Esta rápida síntesis de los problemas esenciales del hombre basta para mostrar que la salvación religiosa pretende ser una solución válida. En los siguientes artículos de esta serie analizaremos lo que, en mi opinión, es la única respuesta válida, la ofrecida por la religión católica.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara(arroba)up.edu.mx