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En memoria del último cosmopolita

Carlos Fuentes murió el martes pasado a los 83 años. Nació en Panamá, recorrió el mundo. Escogió ser mexicano. Se apagó en el DF y sus cenizas descansarán en París, donde viven los muertos de su tamaño

Por Marjorie Miller / Directora regional de AP para América Latina y el Caribe, con sede en México

GUADALAJARA, JALISCO (20/MAY/2012).-
Sea cual fuere la reacción a sus ideas políticas, cualquiera que haya tenido la fortuna de conversar con el escritor Carlos Fuentes no podía dejar de admirar su porte patricio y su amor por el lenguaje.

Me impresionó la primera vez que vi a Fuentes en su casa de la capital mexicana en 1989 tras la publicación de Cristóbal Nonato, un relato orwelliano narrado por un feto sobre “Makesicko Seedy”, expresión que usó el autor haciendo un juego de palabras en inglés que aludía a una Ciudad de México lúgubre.

Volví a verlo casi dos décadas después en un almuerzo en Los Angeles, con ocasión del lanzamiento de la versión en inglés del La silla del águila, una sátira de la historia de la revolución mexicana y sus ataduras políticas.

Fuentes, fallecido el martes a los 83 años de edad, era amante de la buena mesa y la conversación. La prosa fluía de su boca como un manantial y jugaba con las palabras como disfruta un niño en el mar.

Sin que Fuentes lo supiera, lo entrevisté para su obituario, una práctica común en el periodismo. Mantenemos archivados obituarios de personalidades. En la mayoría de los casos, el reportero no informa al entrevistado de esa finalidad. Y aunque nunca escribí el obituario, quiero compartir parte de la deliciosa tarde en la que charlamos de la vida, las artes y la política, acompañados de pescado y vino blanco en el restaurante Water Grill con nuestros respectivos cónyuges.

Al igual que Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, Fuentes pertenecía a una generación de escritores latinoamericanos a la vez literatos y políticos, autores y comentaristas sociales. Era un intelectual público.

“Uso dos sombreros”, admitió, al estilo del autor francés Honoré de Balzac en la elaboración de una comedia humana, certeros retratos sociales e historias fantasmagóricas. “La imaginación existe y existe el comentario social. No son contradictorios”.

Aunque vestía con elegancia y vivió con comodidad saltando de Londres a Nueva York y México, sus convicciones políticas eran de centro-izquierda. Respaldó la Cuba de Fidel Castro en sus comienzos y la revolución sandinista en Nicaragua. Esa combinación hizo que el comentarista mexicano Enrique Krauze lo tildara hace tiempo de “el dandi de la guerrilla” y un intelectual liviano en comparación con el pensador conservador mexicano y premio Nobel de Literatura Octavio Paz.

Empero, cuando Castro reprimió a los escritores e intelectuales, Fuentes lo criticó.

Hijo de un diplomático de carrera, Fuentes pasó su infancia en el extranjero y hablaba inglés con fluidez tras haber estudiado en Estados Unidos. Por ello muchos mexicanos lo consideraron “un gringo”, al mismo tiempo que en Estados Unidos algunos lo veían como antiestadounidense por sus frecuentes críticas a la política de Washington en América Latina y otros lugares.

Desde luego, criticó con frecuencia al gobierno estadounidense y a un país rico que en su opinión debería cuidar más a sus pobres, aunque le gustaban verdaderamente los estadounidenses y su cultura.

“Tildarme de antiestadounidense es igual que decir que soy antisemita porque mi esposa no es judía”, dijo durante un almuerzo en Los Angeles.

“Es una mentira estupenda, una calumnia. Me crié en este país. Cuando era un muchachito le di la mano a Franklin Roosevelt y no me la he lavado desde entonces”, agregó con su característico buen humor. “Nunca olvidaré su sonrisa. Le tenía un enorme respeto y recuerdo cuando dijo que la sociedad crece de abajo para arriba. Tenía un gran respeto por el New Deal.

“Fui a la escuela acá (en Estados Unidos). Leí a Faulkner, escuché jazz, vi películas estadounidenses. Me llevé muy bien con los gringos”, dijo el autor de Gringo Viejo.

“Empero, me opongo a una Norteamérica que no representa a los estadounidenses, como el francotirador (Dick) Cheney”, agregó en referencia al ex vicepresidente.

Con todo, luce casi como un timbre de gloria el hecho de que en una ocasión le prohibieran la entrada en Estados Unidos conforme a la Ley McCarren-Walter por simpatías procomunistas. “Me encontraba muy bien acompañado. García Márquez, Graham Greene, Iris Murdoch, ni más ni menos”.

Fuentes tenía ese día un porte elegante, con cabello plateado y un saco azul marino cruzado, acompañado por su esposa Silvia Lemus, todavía más elegante. Ambos habían sufrido una doble tragedia con la pérdida de dos hijos en tenebrosas circunstancias. Empero, no hablaron de su dolor entonces y en público, ya que siempre estaban dispuestos a ver el lado positivo de la vida.

Para entonces, muchos mexicanos consideraban a Fuentes el mejor escritor vivo de su país. Fue mencionado con frecuencia como postulado al premio Nobel de Literatura, y solía repetir, como lo hizo ese día con una sonrisa, que su amigo “Gabo” García Márquez se había llevado su Nobel. Agregó que le quedaban por escribir muchos libros todavía, y redactó por lo menos tres novelas más.

“De creer que había llegado ya al máximo, no estaría sentado aquí. Siempre hay otro libro por allí”, agregó.

Un prolífico escritor, nos dijo que era más fuerte que de joven. “Cuando comencé a escribir, me angustiaba. La sicosis de una página vacía. A mi edad, sé exactamente lo que voy a hacer. Duermo, sueño, me levanto, escribo”.

Empero, no siempre sabía a dónde le llevaría el escrito. “Hago planes, pero con cierto misterio”.

Al irse del restaurante tras el almuerzo, Fuentes se detuvo a leer el directorio de inquilinos en el majestuoso edificio. A los 77 años, explicó el autor, siempre andaba a la caza de nombres que quizá usara para sus nuevos personajes.

Le pregunté si prefería algunos de sus libros. “Todos ellos son mis hijos. Quizá algunos sean bizcos, pero los quiero a todos”.

Todos los amigos de Fuentes

Por Juan Cruz / Periodista del diario El País, escritor

Cuando le dieron a Carlos Fuentes el premio Príncipe de Asturias de las Letras trajo consigo a Oviedo a muchos de los amigos que simbolizaban su pasión por la relación humana como sustrato de su vida cotidiana.

Era 1993; Fuentes todavía no había padecido las dentelladas que luego le hicieron el alma más recóndita, pero había en aquella abundancia de abrazos que se trajo a la capital de Asturias como la ambición de no estar nunca solo.

Él no lo dijo, no lo diría nunca, pero en ese semblante triunfador del hombre de 1993 había ya un trasunto del penúltimo que vi, en Londres, con el doctor Ricardo Lagos, hablando del mundo, de lo mal que está hecho el mundo. Fuentes no era el mismo que en 1993; era 2011, y el mundo, su propio mundo, se había resquebrajado ya por donde más le dolía. Pero él no lo dijo, no lo diría nunca. En Buenos Aires, anteayer mismo, dijo que tenía demasiados proyectos como para sentir cerca la necesidad de decir la palabra muerte. Pero la palabra muerte estaba sin duda incrustada en la peor, en la más real, de sus fantasías. La fantasía de la vida.

Pero vayamos a 1993 y a la continuación de su relación con la vida, que en algún momento le enseñó dientes feroces. La vida cotidiana iba por un lado, pero su voluntad de escritura iba por otro. Podían pasar catástrofes, pero había una fuerza íntima en este escritor indesmayable para superar sin rasguños el enorme perjuicio de vivir. Como si cabalgara sobre un muro lleno de cristales rotos, Carlos Fuentes tomó la literatura como un estandarte y venció aquellas batallas sin decir que las estaba librando, como si se las embolsara en la triste magnitud de su congoja secreta. Para tener esa actitud, para superarse a sí mismo y aparecer por las mañanas sin enseñar los rasguños del alma, tuvo aliados poderosos, sus amigos. A aquel encuentro de Oviedo vinieron simbólicamente algunos, pero uno que viniera ya simbolizaba para él lo que buscaba fuera de sí mismo: el abrazo, el abrazo del hombre, el abrazo de la identidad más íntima de la literatura con la más íntima de sus ambiciones: seguir escribiendo aunque la marea y el tiempo estuvieran en su contra. Por eso se salvó de los saldos de la vida, de las heridas que fabricó el destino para torcerle su voluntad. La amistad, en algún momento, le quebró la mano a la desesperanza. Y aunque su elegancia nunca dejó vislumbrar la magnitud de las heridas (la muerte de sus dos hijos fue la noticia de la que ni él ni Silvia Lemus, su mujer, se recuperaron nunca), es cierto que el tiempo le fue apagando, el semblante siempre entusiasta de este atleta de la literatura. Aquellas muertes fueron decisivas en el ámbito de su melancolía; ya Fuentes no podía ser el atleta, era el hombre del corazón a punto de ser vencido. Pero no lo iba a decir. No lo diría nunca.

Vinieron muchos a Oviedo, pero sobre todo allí estaba Gabriel García Márquez, que entonces lo seguía a todas partes porque también Fuentes le seguía. Eran dos amigos seguros, entrañables. Ese era su amigo del continente, y tenerlo junto a él le daba seguridad y destino. Siempre recuerdo el momento en que Fuentes recogió el galardón de manos del príncipe de Asturias. García Márquez sacaba las manos hacia afuera, haciendo muy notorio su aplauso. Y Fuentes lo miraba desde el estrado. Más que aquel premio, el viaje de Fuentes por la vida precisaba de ese reconocimiento que sonaba. Ahora que ha muerto Fuentes acaso escuchó mejor la dimensión de ese reconocimiento que él hizo de su amigo cuando éste ganó el Nobel: lo ganó Gabo, lo ganamos todos. Así soslayó siempre sus desencantos, con la elegancia que ahora le ha sellado los labios.

Para Saber
Bibliografía mínima

Novela

La región más transparente (1958)

Las buenas conciencias, (1959)

La muerte de Artemio Cruz, (1962)

Aura, (1962)

Terra Nostra (1975)

Cristóbal Nonato (1987)

Los años con Laura Díaz (México, Alfaguara, 1999)

Instinto de Inez, (2001)

La silla del águila, (2003)

Todas las familias felices, (2006)

Cuento

Los días enmascarados (1954)

Cantar de ciegos (1964)

El naranjo (1994)

Ensayo

Tiempo mexicano (1971)

El  espejo enterrado (1992)

Temas

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