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El vaso de la paciencia de los españoles

El impacto de la crisis en España está siendo particularmente duro

GUADALAJARA, JALISCO (26/ENE/2014).- Los vientos alisios, que trajeron descubridores, conquistadores y colonizadores europeos a lo que llamaron el Nuevo Mundo, traen hoy de la vieja Europa noticias de conflictos sociales, desempleo, crisis de las instituciones y de los valores democráticos. Historias de sueños trocados por frustración, en un espacio político, la Unión Europea, que paradójicamente rivaliza en poderío económico con EU y China. Seguir la crónica de la crisis del Viejo Continente, indagar sobre las razones y las maneras en que lo construido a lo largo de siglos amenaza con desmoronarse, dar cuenta de la forma en que hoy se vive, se piensa, se actúa en Europa puede resultar útil para analizar el presente y prevenir el futuro. A fin de cuentas, las dos orillas del océano Atlántico siempre han sido espejo mutuo.

El impacto de la crisis en España está siendo particularmente duro. Las estadísticas lo dicen con la frialdad de los números: un 26% de tasa de paro la coloca como el país europeo con mayor destrucción de empleo, seguido de cerca por Grecia, y en 700 mil hogares españoles no entra ningún dinero. A ello se suman la congelación e incluso la bajada de salarios, los recortes en sanidad, educación pública y ayudas sociales, y la ejecución de miles de órdenes de desahucio, con las que las víctimas de la burbuja inmobiliaria no sólo pierden sus hogares sino que además continúan endeudadas porque la ley no admite la entrega de la casa al banco a cambio de cancelar la deuda.

Un panorama desolador que ha dado lugar a más de seis mil manifestaciones callejeras en los últimos tres años, desde que el 15 de mayo de 2011 se produjera la primera concentración masiva en Madrid del movimiento de protesta que se conoce ya como 15-M.

Los médicos llaman anestesia traumática a la pérdida de sensibilidad corporal que una persona padece a causa de una lesión en los nervios y da la impresión de que también el cuerpo social puede sufrirla. Una sociedad sometida a un permanente estado de angustia colectiva, golpeada por el desempleo y los recortes de derechos sociales, puede quedar en parte anestesiada por la traumática situación que atraviesa. Tal vez eso explique el que la inmensa mayoría de las manifestaciones hayan sido pacíficas, como ha reconocido el mismo director general de la Policía de España, Ignacio Cosidó, al afirmar que: “nunca en España hemos tenido un mayor número de manifestaciones y una menor necesidad de acción de las fuerzas policiales”. Milagrosamente, el estallido de violencia social que no se había producido… hasta hace dos semanas.

Como la Historia es caprichosa, suele irrumpir en la cotidianeidad por donde menos se la espera. En este caso, ha sido por la ciudad de Burgos, una ciudad de Castilla gobernada tradicionalmente por la derecha y que nunca se ha destacado por su conflictividad. Nada que ver con otras zonas “calientes” de la lucha social en España, como el País Vasco, Madrid o Barcelona. Sin embargo, el pasado 9 de enero, Burgos ocupaba las primeras páginas de toda la prensa española tras una noche de manifestaciones, enfrentamientos con la policía y disturbios que incluyeron incendios y destrozos de sucursales bancarias y de mobiliario público.

¿El motivo? Las obras que el Ayuntamiento había empezado a hacer en una avenida de la ciudad emplazada en un barrio obrero llamado Gamonal, para transformarla en zona peatonal y para construir un estacionamiento de autos privado. Algo en apariencia banal, pero tras esa primera noche de violencia se sucedieron otras, sin que los vecinos del barrio se acobardaran por las decenas de detenciones practicadas por la policía. Cada día, las manifestaciones pacíficas se tornaban en violentos disturbios durante la noche y convertían el barrio en un campo de batalla. Hasta que el conflicto se ha transformando en un acontecimiento de dimensiones nacionales, con manifestaciones de apoyo a los vecinos del barrio de Gamonal en las principales ciudades de España.

Cabe preguntarse el porqué de semejante ola de solidaridad ante una disputa municipal pero, como siempre,  la realidad juega al escondite con las apariencias. Lo que la historia de Gamonal esconde es un conflicto más profundo y más general de lo que parece. El barrio sufre carencias estructurales (faltan guarderías, obras en escuelas, en la biblioteca), muchos de sus habitantes están en paro, muchos han visto recortados sus salarios o perdido las ayudas que recibían por familiares enfermos. Nadie tiene los 19.000€ (351 mil pesos) que costaría comprar una plaza de automóvil en el estacionamiento que se quiere construir tras peatonalizar la calle.

Los vecinos reclaman que los ocho millones que costarían las obras se inviertan en las verdaderas necesidades del barrio, porque el único beneficiario del proyecto es el empresario de la construcción encargado de las obras, Méndez Pozo, amigo personal del ex presidente de gobierno José María Aznar y muy relacionado con el Partido Popular, quien ya fue condenado por corrupción en 1994, junto con el entonces alcalde de Burgos, sin que llegara a cumplir más que nueve meses de los siete años de cárcel de la condena. Méndez Pozo es además el propietario del principal periódico de la ciudad, el Diario de Burgos, al que los vecinos de Gamonal acusan de haberse vendido a los intereses económicos y políticos de su dueño.

Desde el gobierno de España se ha pretendido descalificar las protestas por los episodios de violencia, pero la opinión pública se muestra comprensiva con los vecinos. “Se escandalizan con una lona rota, pero no cuando destrozan a una familia con las subidas de impuestos y las inexistentes reformas sociales”, explicaba un representante de la oposición de izquierdas en Burgos. Y como ha recogido la mayoría de la prensa: “no todos los vecinos están de acuerdo con los enfrentamientos agresivos; sin embargo, los defienden. Los justifican en que a veces, la cólera, después de dos meses de protestas pacíficas, no se puede frenar”.

La historia de las protestas de Burgos es todo un ejemplo del modo en que la connivencia entre poder político y económico ha venido corrompiendo los cimientos de la España democrática en los últimos veinte años. Y lo que los vecinos de Gamonal reclaman, el uso del dinero público para fines de interés general y el que los gobernantes tomen en consideración la opinión de los ciudadanos, no es ajeno a la reclamación de una democracia más participativa defendida en las miles de manifestaciones de estos años.

Ante la magnitud del conflicto, el alcalde de Burgos ha decidido paralizar las obras, pero los burgaleses exigen que el dinero previsto para ellas se invierta ahora en las auténticas necesidades del barrio. La pregunta que flota en el aire es si las protestas por las obras de Gamonal han sido un ocasional estallido de violencia o si, colmado ya el vaso de la paciencia de los españoles, el miedo ante la crisis empieza a perder su efecto anestésico.

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Burgos se había mantenido como una ciudad apacible y, de hecho, las noticias internacionales de esta ciudad tenían que ver más con asuntos culturales o turísticos, fue seleccionada como Capital Española de la Gastronomía en 2013, por ejemplo, lo que, entonces, le ganó reflectores más allá de las fronteras de España.

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