Suplementos
El tiempo de Dios
Si buscamos cumplir cabalmente el plan de Dios para nuestra vida, hemos de saber y aceptar que Dios tiene su tiempo
Si buscamos cumplir cabalmente el plan de Dios para nuestra vida, el cual es la base de nuestro proceso de santificación, hemos de saber y aceptar que Dios tiene su tiempo y que ése no es nuestro tiempo.
Y es que como humanos que somos, pensamos, sentimos y actuamos como tales; sin embargo, la clave está en que logremos transformar esa manera de pensar, de sentir y de actuar, por la manera en que Dios piensa, siente y actúa; y ello no se logra de un día para otro, ni tampoco basado en fórmulas, recetas, rezos, ritos, etc.
Esa transformación supone toda nuestra existencia y la acción intensa, continua y permanente del Espíritu Santo en nuestro corazón, en nuestra mente y en nuestro espíritu.
Es una transformación que nos llevará de una confianza en nosotros mismos, en nuestras propias capacidades y seguridades, así como en otras personas y otros recursos, a una confianza absoluta en Dios, en su Providencia y en sus amorosos y sabios designios.
Esa confianza en Él, nos llevará a esperar el tiempo del Señor; a esperar el cumplimiento a sus promesas, ya que Él es el único fiel; a esperar, finalmente, su acción a favor de quienes somos sus hijos, a quienes ama infinitamente y para quienes desea lo mejor.
Porque Dios nunca llega tarde para socorrer a sus hijos. Aún en los casos que parecen más extremos, Él llega siempre --aunque sea de modo misterioso, oculto, imperceptible-- en el momento oportuno, en su justo tiempo.
En los evangelios encontramos varios pasajes en los que Jesús nos muestra esto. Recordemos uno que es muy representativo: Lázaro está muy enfermo, y sus hermanas mandan llamar a Jesús; todos los que se enteran de ello, esperaban que Jesús dejara todo e inmediatamente se trasladara a Betania.
Sin embargo, no es así. Manda decir que iría allá más adelante, y permanece donde estaba, dos días más. Todos se desconciertan y no entienden lo que Jesús está haciendo, sino hasta que resucita Lázaro.
Jesús se toma su tiempo para que, a través de este acontecimiento, ‘se manifieste la gloria de Dios’; Más adelante dice: "Lázaro murió y yo me alegro por ustedes de no haber estado allá. Ahora sí que ustedes van a creer en Mí...". Finalmente Jesús va donde María y Marta, y realiza el gran milagro de devolverle la vida a su gran amigo Lázaro; acontecimiento del cual fueron testigos sus discípulos y muchos más, suscitando su fe y su confianza en Él.
Este pasaje evangélico y varios más, nos remiten a tantos momentos en que los cristianos tenemos que enfrentar duras pruebas y acudimos al Señor en busca de su auxilio, de su ayuda, y el Señor “se toma su tiempo” para responder y para actuar. Ello habrá de hacer crecer nuestra confianza en Él y en su sabiduría, hasta que ésta llegue a ser plena e inquebrantable, lo que dará lugar a que podamos andar por la vida sin miedos, sin desesperación, con paciencia y esperanza.
Quizá dichos momentos nos harán cambiar de actitud ante la necesidad de una espera confiada, y no exigirle a Dios su pronta respuesta y acción, ni mucho menos tratar de “comerciar” con Él --o, lo que es peor, tratar de chantajearlo--, sino, más bien, abandonarse a su voluntad, que es lo mejor para nosotros.
Hoy la Palabra de Dios nos habla de la parábola del trigo y la cizaña, y con ello nos recuerda lo que es el tiempo del Señor, al ser necesario esperar el momento adecuado para separar el uno de la otra.
La vida del cristiano es ese proceso que todos los que decidimos seguir a Jesucristo, hemos de vivir, en el cual es preciso conocer y respetar los “tiempos de Dios”. Sólo Él, en su infinita misericordia, sabe cuándo es tiempo de siembra, de abono, de poda y de cosecha; sólo Él, por lo tanto, sabe guardar silencio y hasta dejarlo --nunca abandonarlo-- todo en aras a que su proceso madure y llegue a la plenitud, a la santidad.
Vivamos ese proceso con humildad, paciencia, confianza y esperanza.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx
Y es que como humanos que somos, pensamos, sentimos y actuamos como tales; sin embargo, la clave está en que logremos transformar esa manera de pensar, de sentir y de actuar, por la manera en que Dios piensa, siente y actúa; y ello no se logra de un día para otro, ni tampoco basado en fórmulas, recetas, rezos, ritos, etc.
Esa transformación supone toda nuestra existencia y la acción intensa, continua y permanente del Espíritu Santo en nuestro corazón, en nuestra mente y en nuestro espíritu.
Es una transformación que nos llevará de una confianza en nosotros mismos, en nuestras propias capacidades y seguridades, así como en otras personas y otros recursos, a una confianza absoluta en Dios, en su Providencia y en sus amorosos y sabios designios.
Esa confianza en Él, nos llevará a esperar el tiempo del Señor; a esperar el cumplimiento a sus promesas, ya que Él es el único fiel; a esperar, finalmente, su acción a favor de quienes somos sus hijos, a quienes ama infinitamente y para quienes desea lo mejor.
Porque Dios nunca llega tarde para socorrer a sus hijos. Aún en los casos que parecen más extremos, Él llega siempre --aunque sea de modo misterioso, oculto, imperceptible-- en el momento oportuno, en su justo tiempo.
En los evangelios encontramos varios pasajes en los que Jesús nos muestra esto. Recordemos uno que es muy representativo: Lázaro está muy enfermo, y sus hermanas mandan llamar a Jesús; todos los que se enteran de ello, esperaban que Jesús dejara todo e inmediatamente se trasladara a Betania.
Sin embargo, no es así. Manda decir que iría allá más adelante, y permanece donde estaba, dos días más. Todos se desconciertan y no entienden lo que Jesús está haciendo, sino hasta que resucita Lázaro.
Jesús se toma su tiempo para que, a través de este acontecimiento, ‘se manifieste la gloria de Dios’; Más adelante dice: "Lázaro murió y yo me alegro por ustedes de no haber estado allá. Ahora sí que ustedes van a creer en Mí...". Finalmente Jesús va donde María y Marta, y realiza el gran milagro de devolverle la vida a su gran amigo Lázaro; acontecimiento del cual fueron testigos sus discípulos y muchos más, suscitando su fe y su confianza en Él.
Este pasaje evangélico y varios más, nos remiten a tantos momentos en que los cristianos tenemos que enfrentar duras pruebas y acudimos al Señor en busca de su auxilio, de su ayuda, y el Señor “se toma su tiempo” para responder y para actuar. Ello habrá de hacer crecer nuestra confianza en Él y en su sabiduría, hasta que ésta llegue a ser plena e inquebrantable, lo que dará lugar a que podamos andar por la vida sin miedos, sin desesperación, con paciencia y esperanza.
Quizá dichos momentos nos harán cambiar de actitud ante la necesidad de una espera confiada, y no exigirle a Dios su pronta respuesta y acción, ni mucho menos tratar de “comerciar” con Él --o, lo que es peor, tratar de chantajearlo--, sino, más bien, abandonarse a su voluntad, que es lo mejor para nosotros.
Hoy la Palabra de Dios nos habla de la parábola del trigo y la cizaña, y con ello nos recuerda lo que es el tiempo del Señor, al ser necesario esperar el momento adecuado para separar el uno de la otra.
La vida del cristiano es ese proceso que todos los que decidimos seguir a Jesucristo, hemos de vivir, en el cual es preciso conocer y respetar los “tiempos de Dios”. Sólo Él, en su infinita misericordia, sabe cuándo es tiempo de siembra, de abono, de poda y de cosecha; sólo Él, por lo tanto, sabe guardar silencio y hasta dejarlo --nunca abandonarlo-- todo en aras a que su proceso madure y llegue a la plenitud, a la santidad.
Vivamos ese proceso con humildad, paciencia, confianza y esperanza.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx