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El rostro pragmático de la ''gauche''
Ni el carisma ni la palabra son sus sellos; es un líder de izquierda definido más por su carácter confiable y responsable, y tiene grandes posibilidades de ser el próximo presidente francés
GUADALAJARA, JALISCO (15/ABR/2012).- La izquierda es semillero de “capitanes de micrófono”; líderes marcados por la atracción de sus discursos y la sensibilidad popular de sus planteamientos. El siglo XX nos regaló hombres del poder curtidos en el arte de leer a las masas y sus reivindicaciones: Vladimir Lenin, François Mitterrand, Fidel Castro o Mao Tse Tung. Figuras implacables, dominadoras de la palabra y dueños de los escenarios. Su poder no sólo emanaba de su atracción popular, sino por su habilidad para desprenderse de sí mismos, entregarse a una evolución irremediable y a un cambio, que en algunos sentidos, suponía una inevitabilidad histórica. Peones de ideas impostergables.
La izquierda francesa, por encima de ninguna otra, conoce a esta clase de líderes. No es difícil sumergirnos en el siglo pasado y encontrar a políticos, activistas y pensadores de izquierda de la talla de: Henry Lefebvre, Lionel Jospin o Stéphane Hessel, autor del sugerente cuadernillo de resistencia llamado Indignaos. Sin embargo, ante la posibilidad de que la izquierda retorne al Eliseo tras dos décadas de ausencia, el Partido Socialista no se apoya en el estruendoso carisma de su militancia o en la solidez teórica del segundo partido de izquierda más viejo del país. Por el contrario, prefiere mandar a la palestra a François Hollande, un hombre que ha hecho de la espera y la paciencia, más que de la audacia, su forma de entender la política. Históricamente refugiado en las sombras de las oficinas gubernamentales o en los largos pasillos de los ministerios públicos, Hollande es la consumación de una narración lenta y pausada, un ascenso sigiloso y cuidadoso.
La ansiada posibilidad
Hollande, a pesar de su larga trayectoria en la izquierda francesa, no era el primer alfil de la línea de mando socialista. Los escándalos, de los que él ha salido bien librado a lo largo de su carrera política, le abrieron la puerta de la candidatura presidencial. La acusación de abuso sexual que cayó contra Dominque Strauss Kahn, aniquiló las posibilidades del ex director del Fondo Monetario Internacional, dejando a Hollande como máximo favorito en las primarias socialistas donde enfrentó a la popular alcaldesa de Lille, Martine Aubry. Con más de 50% de la votación, Hollande fue electo como el candidato presidencial con más opciones de alcanzar el Eliseo desde los tiempos de Mitterrand.
Las elecciones del 22 de abril, no significan solamente la posibilidad de que el socialismo retorne al Eliseo tras años de ausencia. Va más allá. El ascenso del socialismo significa la ruptura de la espiral de derrotas sufridas por la izquierda en la Europa de la crisis.
Hollande arriba al último tramo de la campaña, que desemboca en la primera vuelta de las elecciones generales, envuelto en un clima de descenso en las encuestas, pero con una cómoda ventaja para una hipotética segunda vuelta. Con el fantasma de Jean Luc Mélenchon robándose al votante más radical del viejo socialismo, Hollande tocó techo electoral muy pronto en su campaña. Su nivel de voto se ha mantenido en un infranqueable 26-29% en primera vuelta. Hombre de carácter pragmático más que un ideólogo consumado, Hollande ha tenido que dejar las tibiezas de las grandes ventajas electorales para situarse más a la izquierda y seducir al votante más cargado a la izquierda del socialismo. La propuesta de gravar hasta con 75% a las familias más ricas de Francia, cae en esta lógica.
Cómo menciona Joackim Roates, uno de los reporteros del diario francés Le Figaro, que han seguido de cerca la trayectoria de Hollande, a diferencia de lo que se podría pensar, “aunque los padres de Hollande defendían signos ideológicos distintos, tanto la ultraderecha como la izquierda de la madre, se tocaban en las causas populares, en la autonomía francesa y en el nacionalismo galo”.
A la sombra de su ex esposa
Su vida conyugal, relativamente libre de escándalos mediáticos, también ha provocado muchas opiniones. Su ex esposa y mujer con la que comparte cuatro hijos, fue la candidata del socialismo a la Presidencia en la elección pasada, donde cayeron ante la avalancha de preferencias a favor de Sarkozy. Royal siempre fue la carismática, la de los altos vuelos; que contrasta con un Hollande más ensimismado y con poca proyección al exterior.
El posible retorno de la izquierda al poder en Francia, ha prendido las alarmas de algunas instancias regionales, que siguen viendo al Partido Socialista como un instituto político proclive al derroche presupuestal y la falta de responsabilidad fiscal. Sin embargo, Hollande se ha mantenido equilibrado en la línea de fuego: promete responsabilidad fiscal, augura crecimiento económico a través de inversión del Estado y seguir los cánones de transparencia y apertura económicas.
Hollande es tal vez el menos estruendoso de los candidatos a la Presidencia francesa. Parece más un administrador obstinado en la importancia del Estado en la economía, que un militante absorbido por los humos del cambio y de la transformación nacional. Al lado del antisistémico Mélenchon y de la mediática Marine Le Pen, Hollande cae en la seriedad, y en el compromiso, más no en la pasión o el sentimiento, elementos fundamentales en los procesos electorales franceses. Incluso, una revisión rápida a su publicidad deja en claro que sus asesores quieren explotarlo electoralmente como un hombre serio, muy afrancesado, y hasta intelectual. Un hombre eficaz, más que un símbolo de pluralidad.
EL DATO
Cita con el destino
François Gérard Georges Hollande nació en 1954. Participó como voluntario en la campaña perdida por François Miterrand en 1974 y se unió al Partido Socialista en 1979. En las elecciones de 2007 era el líder de su partido, cuando se postuló a la presidencia francesa su entonces esposa Ségolène Royal. Le llegó su turno como candidato al Eliseo cuando a Dominique Strass Kahn le estalló un escándalo sexual siendo director de Fondo Monerario Internacional.
La cita con su destino podría tener dos sesiones: este 22 de abril y el 6 de mayo, día de la segunda y definitiva vuelta de las elecciones francesas.
La izquierda francesa, por encima de ninguna otra, conoce a esta clase de líderes. No es difícil sumergirnos en el siglo pasado y encontrar a políticos, activistas y pensadores de izquierda de la talla de: Henry Lefebvre, Lionel Jospin o Stéphane Hessel, autor del sugerente cuadernillo de resistencia llamado Indignaos. Sin embargo, ante la posibilidad de que la izquierda retorne al Eliseo tras dos décadas de ausencia, el Partido Socialista no se apoya en el estruendoso carisma de su militancia o en la solidez teórica del segundo partido de izquierda más viejo del país. Por el contrario, prefiere mandar a la palestra a François Hollande, un hombre que ha hecho de la espera y la paciencia, más que de la audacia, su forma de entender la política. Históricamente refugiado en las sombras de las oficinas gubernamentales o en los largos pasillos de los ministerios públicos, Hollande es la consumación de una narración lenta y pausada, un ascenso sigiloso y cuidadoso.
La ansiada posibilidad
Hollande, a pesar de su larga trayectoria en la izquierda francesa, no era el primer alfil de la línea de mando socialista. Los escándalos, de los que él ha salido bien librado a lo largo de su carrera política, le abrieron la puerta de la candidatura presidencial. La acusación de abuso sexual que cayó contra Dominque Strauss Kahn, aniquiló las posibilidades del ex director del Fondo Monetario Internacional, dejando a Hollande como máximo favorito en las primarias socialistas donde enfrentó a la popular alcaldesa de Lille, Martine Aubry. Con más de 50% de la votación, Hollande fue electo como el candidato presidencial con más opciones de alcanzar el Eliseo desde los tiempos de Mitterrand.
Las elecciones del 22 de abril, no significan solamente la posibilidad de que el socialismo retorne al Eliseo tras años de ausencia. Va más allá. El ascenso del socialismo significa la ruptura de la espiral de derrotas sufridas por la izquierda en la Europa de la crisis.
Hollande arriba al último tramo de la campaña, que desemboca en la primera vuelta de las elecciones generales, envuelto en un clima de descenso en las encuestas, pero con una cómoda ventaja para una hipotética segunda vuelta. Con el fantasma de Jean Luc Mélenchon robándose al votante más radical del viejo socialismo, Hollande tocó techo electoral muy pronto en su campaña. Su nivel de voto se ha mantenido en un infranqueable 26-29% en primera vuelta. Hombre de carácter pragmático más que un ideólogo consumado, Hollande ha tenido que dejar las tibiezas de las grandes ventajas electorales para situarse más a la izquierda y seducir al votante más cargado a la izquierda del socialismo. La propuesta de gravar hasta con 75% a las familias más ricas de Francia, cae en esta lógica.
Cómo menciona Joackim Roates, uno de los reporteros del diario francés Le Figaro, que han seguido de cerca la trayectoria de Hollande, a diferencia de lo que se podría pensar, “aunque los padres de Hollande defendían signos ideológicos distintos, tanto la ultraderecha como la izquierda de la madre, se tocaban en las causas populares, en la autonomía francesa y en el nacionalismo galo”.
A la sombra de su ex esposa
Su vida conyugal, relativamente libre de escándalos mediáticos, también ha provocado muchas opiniones. Su ex esposa y mujer con la que comparte cuatro hijos, fue la candidata del socialismo a la Presidencia en la elección pasada, donde cayeron ante la avalancha de preferencias a favor de Sarkozy. Royal siempre fue la carismática, la de los altos vuelos; que contrasta con un Hollande más ensimismado y con poca proyección al exterior.
El posible retorno de la izquierda al poder en Francia, ha prendido las alarmas de algunas instancias regionales, que siguen viendo al Partido Socialista como un instituto político proclive al derroche presupuestal y la falta de responsabilidad fiscal. Sin embargo, Hollande se ha mantenido equilibrado en la línea de fuego: promete responsabilidad fiscal, augura crecimiento económico a través de inversión del Estado y seguir los cánones de transparencia y apertura económicas.
Hollande es tal vez el menos estruendoso de los candidatos a la Presidencia francesa. Parece más un administrador obstinado en la importancia del Estado en la economía, que un militante absorbido por los humos del cambio y de la transformación nacional. Al lado del antisistémico Mélenchon y de la mediática Marine Le Pen, Hollande cae en la seriedad, y en el compromiso, más no en la pasión o el sentimiento, elementos fundamentales en los procesos electorales franceses. Incluso, una revisión rápida a su publicidad deja en claro que sus asesores quieren explotarlo electoralmente como un hombre serio, muy afrancesado, y hasta intelectual. Un hombre eficaz, más que un símbolo de pluralidad.
EL DATO
Cita con el destino
François Gérard Georges Hollande nació en 1954. Participó como voluntario en la campaña perdida por François Miterrand en 1974 y se unió al Partido Socialista en 1979. En las elecciones de 2007 era el líder de su partido, cuando se postuló a la presidencia francesa su entonces esposa Ségolène Royal. Le llegó su turno como candidato al Eliseo cuando a Dominique Strass Kahn le estalló un escándalo sexual siendo director de Fondo Monerario Internacional.
La cita con su destino podría tener dos sesiones: este 22 de abril y el 6 de mayo, día de la segunda y definitiva vuelta de las elecciones francesas.