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El placer de ser y amar

Flor de carácter alegre y con una sonrisa que contagia, abre un espacio en su agenda para dar tiempo a la entrevista

Flor hace poco que dejó las botas de obra, como arquitecta, también dejó de lado las zapatillas de ballet para de alguna manera dedicar más tiempo a la formación de sus tres hijos (Jaime, Alejandro y Alberto), pero todo lo que aparentemente la aleja de sus pasiones la acerca más y más al verdadero motivo por el que está en este mundo. Se ha acercado a los filósofos de la actualidad en una búsqueda que ha ido generando frutos, muchos de ellos intangibles, pero lo que es terrenalmente comprobable es su labor como madre, su trabajo como diseñadora de joyería y empresaria, además de ser esposa, amiga e hija, papeles que desempeña de forma ejemplar.

De carácter alegre y con una sonrisa que contagia, abre un espacio en su agenda para dar tiempo a la entrevista, sin esperar mucho y con mucha modestia lo primero que dice es:  “¿Pero por qué a mi si hay muchas madres ejemplares?”. La respuesta es sencilla, Florencia Sánchez, es una mujer ejemplar, sí como muchas que hay en esta ciudad y es a través de estas pocas líneas en donde trataremos de darles reconocimiento a las madres, a todas las que como dice Flor, son igualmente valiosas que ella.

Tapatía, nacida el 12 de agosto, inquieta desde pequeña, recuerda cuando solía jugar en “La Arboleda”, cerca de casa de sus papás en Jardines del Bosque, “Luis Barragán es el que diseñó la colonia, entonces era súper tranquila, está situada en lo que antes fuese un bosque, y en la avenida de La Arboleda vivían todavía esos árboles que por muchos años habían estado ahí; teníamos la oportunidad de pasar horas y horas enteras jugando. Aunque a mi mamá no le gustaba que las niñas anduvieran en la calle, los hombres sí podían, los hermanos grandes, entonces nos hacían juegos, jugábamos a la tiendita y bricoteábamos por todos lados”.

Del aprendizaje básico

Estudió en el Instituto de la Vera Cruz con las monjas misioneras de Bérriz, terminó la secundaria y se pasó al Instituto de Ciencias “para mi fue una maravilla, porque estar con puras niñas, bien portaditas y calladitas, estudiando y estudiando, después llegas a la prepa con los niños y era como ¡wow! El mundo era nuevo”.

En la preparatoria Flor recibió otras lecciones que han sido importantes en su vida ¿qué te dejó el Ciencias?  “Yo creo que una estructura espiritual basada en el amor a los demás y el trabajo por los otros, de hecho uno de mis hijos ya va a entrar ahí este año y cuando fuimos a inscribirlo, me detuvo un chico: ‘Señora, señora, le puedo preguntar algo, estamos haciendo una encuesta’. Me detuve y le dije que sí, entonces me preguntó ‘¿Quién es Jesús para usted?’ Para mi es un personaje importantísimo, un ser iluminado maravilloso que vino a este mundo a enseñarnos a amar a los demás, eso es Jesús para mi. Después ya se convierte en otras cosas, en otro plano que existe desde siempre pero aquí vino a ser hombre como nosotros y a ser un ejemplo de ser humano”.

Estudió arquitectura en el ITESO una etapa que como dice: “Para mi fue el empezar a decidir lo que realmente quería hacer con mi vida. Fue increíble”. Terminó su carrera y se fue a estudiar una maestría en la Universidad de Colorado, en Denver: “Elegí una maestría en Landscaping, (paisajismo), planeación y urbanismo, y cuando llegué a la ciudad venía con todas las novedades, queriendo transformar la ciudad. Trabajé un tiempo para el Gobierno del Estado de Jalisco, pero todos los sueños, los planes y lo que quería hacer eran complicados”.

Su carrera iba bien. A los 23 años recibió una invitación del arquitecto Ignacio Díaz Morales, para trabajar en su despacho, lo cual era un verdadero honor para ella: “Con él aprendí sobre espacios y el amor real a los espacios como parte de nuestro ser; él decía que el espacio a fin de cuentas es aire, eran muros acorralados por estructuras varias pero realmente el espacio era quien vivía adentro, decía un poema bien bonito: ‘Quiero una casa de muros gruesos, de techos altos en donde yo sea el espacio’, se me hacía padrísima esa parte mística de la arquitectura y durante 15 años pude hacer casas habitación, con esta idea”.

Construyó su primera casa a los 19 años, al lado de Luis Fernando Campos Navarro, quien dirigía la constructora Canfer “él me dio la oportunidad de hacer mi primera casa, con una tía mía que creyó en mi, en una chiquilla de 19 años que no sabía que era un ladrillo.

El maestro Armando Linares fue mi gran maestro en la obra, con el aprendí a echar mezcla, y después tuve mi propio negocio con mi hermano y con un gran amigo, Sergio Nieto Ramos, hicimos una oficina que se llamaba Terranova Arquitectos, estuvimos muchos años juntos, hicimos cosas y casas padrísimas, pero en la vida llega el momento en que todo se empieza a complicar”.

Profesional y personal, dos en uno

Con ese optimismo y entusiasmo que la caracterizan continúa relatando su historia sin hacer muchas pausas, cabe señalar que es una gran conversadora y logra transmitir sus emociones. Ya trabajaba como arquitecta y a los 26 años se casa con Jaime.

El matrimonio le permitió seguir creciendo en el área profesional, también podía dedicar tiempo al baile “siempre he sido una enamorada del baile, bailé 27 años, ballet clásico, flamenco, contemporáneo…lo que se pudiera bailar, bailaba, y mientras no hubo niños, era más sencilla la estructura: la casa, el trabajo, el marido y yo; podía hacer e incluir muchas actividades pero cuando vienen los bebés empieza todo esto a cambiar”.

Ser mamá: una encrucijada productiva

Tres años después de haber dado el sí, nació su primer hijo, Jaime. Flor tenía su vida muy organizada pero ahora con un bebé las cosas no serían iguales: “Quería ser una súper mamá, una súper esposa, una súper compañera, una súper arquitecta, porque es lo que soñamos todos ‘hacer lo mejor posible en cada cosa que hacemos’.

 Nace Jaime y se me empiezan a complicar los tiempos; amamanta al bebé, vete a trabajar, la fiesta en la noche, el marido necesita atención”. La ayuda llegó pronto “tuve una nana maravillosa que fue mi nana y fue nana de mis hijos, me cuidaba al bebé y era ella quien me hablaba: Flor faltan tres minutos para que coma el bebé ¿dónde estás?, Yo en Bugambilias terminando la obra de lo que fuera, y la leche que se me escurría  por que es hora del bebé, entonces tenía que correr para darle leche porque la nana me amenazaba con darle biberón, llegaba corriendo y continuaba corriendo después de darle de comer”.

Los días de Flor eran cada vez más largos, comenzó a dividirse entre el trabajo, los pequeños, su marido, la casa y aún le ponía tiempo para el ejercicio y la vida social. “Nace primero Jaime, a los casi tres años Alejandro y a menos de dos años Alberto, entonces llegó un momento en que yo estaba encantada con mi vida, pero el sistema ya no funcionaba porque o está inconforme el compañero de tu vida, o está inconforme el enano o estás inconforme tú, porque dejas - por decirlo de algún modo- de existir y a mi me enseñó mi mamá desde chiquita que tienes que ser la esposa abnegada, linda y buena madre y si tenías tiempo para otras cosas, adelante, pero lo primero era lo primero y en esa parte es en la que te empiezas a descuidar tú, dejas tu parte por cuidar a los demás”.

Dejar de trabajar fue muy difícil, pero sus hijos requerían de su mamá mucho más tiempo que antes “Partidos de fútbol, competencias de natación y muchas actividades y esos tiempos ya no se pueden cambiar son sus tiempos y se tienen que cumplir, entonces no podía acomodar mis actividades en sus tiempos o me acomodaba las de ellos o no hay mamá que los atienda. Por otro lado los compromisos con Jaime, sus eventos, amigos, familia, vacaciones (término que no conocía hasta que se retiró del despacho de arquitectos).

La verdad es que Jaime ahí apechugó. Él siempre me decía que yo lo hacía porque yo quería, sobre todo cuando estaba en ¡auxilio que alguien me ayude! son tres chiquitos y hubo momentos en que uno quiere que le des pecho, el otro quiere que lo limpies porque tiene popo, y el otro tiene calentura, y no tienes quien te ayude.

Tuve esos tiempos pavorosos, me acuerdo y no quiero regresar a esa parte… Jaime me decía ‘lo haces porque quieres, yo tengo mi parte y tu la tuya, lo demás lo haces porque quieres, realmente no tienes ninguna necesidad’.

Estábamos empezando y siempre ayuda la lana, si yo quería cambiar la alfombra de mi casa pues iba y la cambiaba, igual si quería cambiar el tapiz de los sillones o los muebles de la sala, los cambiaba, nunca tenía que decir ¿me das? Ahí estaba él pero si había que juntar dinero para hacer algunas cosas pues mi parte también era importante”.

De arquitecta a diseñadora y empresaria


La vida misma se encargaba de que Flor pusiera las cosas en perspectiva y tuvo que decidirse por dar un giro a su vida, fue un año el que destinó para poderse separar, no sin antes haber construido “la casa de mis sueños, para un compadre que me dejó hacer todo lo que quise y cuando estaba terminando esa casa, estaba decidiendo alejarme de la arquitectura, y dije: ésta es la última casa que hago y me retiro (se me hace un nudo en la garganta de pensarlo).

En ese tiempo le escribí una carta a mi papá, que siempre ha sido mi consejero, y le decía que qué pasaba con todo esto que se quedaba adentro, con estas ganas de seguir haciendo espacios, de diseñar esquinas, de este sueño que traes adentro que no se puede parar.

Mi papá me dijo: ‘Esas cosas nunca se pierden es cuestión nada más de volverlas a despertar y de acordarte que ahí están, de que es un don que recibiste en algún momento dado y que el don ahí está guardado, es cuestión de que lo vuelvas a reactivar’. Entonces dije voy a hacer lo que me de la gana, voy a respirar, voy a cuidar a mis hijos, voy a remodelar mi casa -que se llenó de cosas-, voy a ordenar mi vida, a acomodar espacios y darme espacio”, ríe y continúa diciendo: “ese espacio duró como ocho meses”.

Estilo de vida

Los cambios en su vida se estaban haciendo, había puesto pausa a su carrera de arquitecta y se estaba gestando de forma paralela una nueva era en la vida de Florencia, relacionada con la creación, pero ya no de casas habitación, con algo mucho más sublime, relacionado con el misticismo que tanto le gustó de la arquitectura y muy acorde con su sistema de vida: “Tengo 10 años llevando una vida holística, en busca de lo natural, dejé la alopatía, aprendí a respirar el aire fresco, a amar la naturaleza un poquito más”.

Sus hijos también son parte de este cambio de vida y explica: “Mis hijos ya viven de otra forma, ha sido mágico. Alejandro nació con un problemita de salud que se solucionaba con alopatía, pero con medicamentos que a mi no me gustaron; llego con un doctor homeópata que me enseñó que la solución la tenemos aquí y Alejandro inicia en el sistema, Jaime se adapta fácilmente, y Alberto nace con el estilo de vida holístico, así que no es difícil cuando les dices: no comas harinas procesadas, no comas embutidos, no comas productos enlatados, lo adaptan fácilmente.

Ahora además han integrado el yoga como parte de su formación, en conjunto con la música. Si de repente alguno se siente mal solitos piden ver a su doctor para sus gotitas”.

El universo confabula


Una cosa la había llevado a otra y otra, sin proponérselo Flor estaba a punto de generar bienestar general: “En esos ocho meses de espacio, me dediqué a tomar muchos cursos: Reiki, Flores de Bach, cursos de los diferentes filósofos de hoy como Deepak Chopra, Osho y muchos de nuestros maestros de ahora; tuve oportunidad de acercarme más a esta parte del conocimiento, a la apertura de conciencia y esto me fue llenando muchos huecos”.

Se acercaba su cumpleaños y aunque nunca ha sido amante de los festejos en su honor, decidió compartir todo lo que había aprendido hasta ese día con un grupo de amigas: “Me llegaron las ganas de compartir con mis amigas todo lo que había aprendido durante ocho años; invité a 40 amigas a una fiesta en Manzanillo para compartir todo esto que ha ayudado a mi ser más que nada y a mi familia.

Para obsequiarles algún recuerdo, hice unas pulseritas con un diseño de una pieza, las armé, las tejí con simbología ancestral, todo originado por un curso que tomé y que me encantó. En ese tiempo un amigo que estaba medio desocupado me hizo jalón y me hizo las piezas (en plata) y en ese cumpleaños pude regalarles a mis amigas una pulsera para darles las gracias por acompañarme en mi vida, el símbolo principal de la pieza era el del alma, entonces era como compartirles ese pedazo de mi alma que ya era parte de ellas, agradeciéndoles lo que ya habíamos compartido”.

Esas piezas que fueron un regalo se convirtieron en algo más, pues a los pocos días de esto se generó una reacción en cadena, comenzaron a llegar a su teléfono pedidos de pulseras iguales: “A los 10 días alguien me habla y me pide 10 pulseras más para regalar, luego otras cinco y así hasta que ya no podía tejer más, una de mis vecinas me ayudó a tejer; después le comenté esto a una muy buena amiga, María Elena, con quien un tiempo armé collares de piedras naturales y me ayudó también a armar pulseras y a vender entre las amigas, después otro día llego con mi amiga Mati Covarrubias y ya en ese momento el diseño de la pulsera integraba seis o siete piezas, y me dice: ‘Flor esto está padrísimo, vamos haciéndolo esto en serio’… era el momento de arrancar ya no podía esta más tiempo quieta en mi casita”.

Así nace Soulery, una línea de joyería única en su tipo, elaborada con tejido huichol o en piel, con piezas de plata que tienen simbología ancestral.

“Estamos en una época en que la apertura de conciencia es cada vez más clara y hay más necesidad de saber ¿de dónde venimos? ¿qué queremos? ¿quiénes somos? ¿qué podemos hacer por nuestra comunidad? empezando por ti, por tu familia y por toda la gente que esta alrededor tuyo”

Florencia Sánchez de Orendain

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