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El ocaso del mesías

Jordi Pujol, símbolo histórico del nacionalismo catalán, confesó esta semana tener una 'herencia' en un paraíso fiscal (Suiza), lo que provocó un terremoto político a tres meses de la histórica consulta soberanista en Cataluña

GUADALAJARA, JALISCO (03/AGO/2014).- Jordi Pujol camina por delante de las cámaras de la Sexta. A media entrevista se levanta y saluda a un campesino de Jaén que misteriosamente (o no tanto) se ha convertido en un independista más que convencido. La admiración del campesino es inocente, al saludar al ex presidente le aparece una espontánea sonrisa, como quien cumple un anhelo. Pujol, sereno y cálido, le pregunta por su familia y le pide que le salude a la gente de su poble, al pie de los Pirineos.

Pujol es más que un político, es para muchos un mito. Y es que su vida es mítica y romántica para cualquier observador. Educado en el “personalismo”, esa ideología política que cree que en el individuo y en su papel en el mundo más allá de las estructuras, Pujol desde muy pequeño decidió que su vida estaba atada a la “recuperación espiritual” del catalanismo. Su vida política entremezcla su participación en los círculos antifranquistas en Cataluña, su encarcelamiento en Zaragoza tras las “fets del Palau”, en donde distribuyó panfletos que criticaban severamente al dictador Francisco Franco; la fundación de la icónica banca catalana y después tras 23 años como presidente de la Generalitat, convertirse en un símbolo del nacionalismo. Un defensor de la autonomía catalana de frente a los pulsos centralistas que de vez en vez aparecen en los rumbos de La Moncloa. Es eso Pujol, un mesías del catalanismo. O, por lo menos, eso era.

Pujol es un referente de la defensa política e ideológica del autonomismo catalán. Un político que mezcló con especial habilidad una retórica catalanista inconfundible con un pragmatismo que lo hacía capaz de pactar con el Partido Popular (PP) o con el Partido Socialista (PSOE) con la misma facilidad. Un hombre que encontró siempre su lugar: colaboró, aún con sus diferencias, con el naciente régimen democrático encarnado por Adolfo Suárez; clave para formar gobiernos tanto con Felipe González como José María Aznar, aunque siempre con una relación ríspida con quien fuera el líder incontestable del socialismo español durante una década y media. Pujol no sólo era visto de forma atractiva por una buena parte de la opinión pública catalana, sino también por distintos segmentos ideológicos españoles. Nunca cuajó del todo con la izquierda que abanderó la idea de una España Federal, algo que nunca formó parte de los cánones fundacionales del pujolismo que veían al autonomismo más que al federalismo como la mejor forma de convivencia entre Madrid y Barcelona, pero parte de la derecha española le aplaudió su oposición a Felipe González y su voluntad de acuerdo para dotar de gobernabilidad a las instituciones centrales.

Sin embargo, detrás del mito político que constituye a Pujol, existe la construcción de una ideología política: el “Pujolismo”. Así lo define  Vicenç Navarro en un artículo publicado por El País a semanas de que Pujol perdiera la silla de la Generalitat (2003) tras más de dos décadas ininterrumpidas como el presidente omnipotente(contra el socialista, en aquellos momentos, Pasqual Maragall). “El pujolismo es el proyecto político de sectores de la burguesía, pequeña burguesía y clase media de renta alta, así como de componentes importantes de la Iglesia en Cataluña, que intenta movilizar a amplios sectores de la sociedad catalana, incluyendo sus clases populares, con el objetivo de alcanzar una cohesión multiclasista alrededor del concepto de nación catalana, que definen como incluyente”.

Más que un político, una ideología

El pujolismo es difícil definir en términos del cartesiano político tradicional. Es, como diría, el lingüista y filósofo recientemente fallecido, Ernesto Laclau, “un movimiento de identidades populares equivalencial”. La construcción de un mensaje político de defensa de lo catalán (sobre todo defensivo, hay que decirlo) que unifica a una sociedad dividida en clases y orígenes (la mitad de la población catalana nació fuera de Cataluña). Esta articulación de segmentos poblacionales, le permitió a Pujol construir a través del partido que el mismo fundó, Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), una maquinaria electoral implacable. Pujol tuvo que ceder la candidatura en 2003 al hoy presidente de la Generalitat, Artur Mas,  y Convergència perdió el poder por primera vez desde la instauración democrática. Así, los dos partidos que compone lo que hoy se llama Convergència i Unió (CiU), forman una alianza multi-ideológica que reúne desde socialistas moderados hasta los demócratas cristianos, una parte de la burguesía empresarial catalana  y sectores centristas pragmáticos.

“Para mí lo más importante no es que fuera un político hábil, sino que tenía una visión del país: todos somos catalanes, no hacer nunca nada que pudiera enfrentar a los catalano-hablantes con los castellano-hablantes, en vez de separar la sociedad en dos bloques, él dijo: iremos avanzando poco a poco, pero todos juntos. Esto creo que fue sin duda un gran acierto” lo reconoce Romà, presidente de la Asamblea Catalana en Jalisco, y quien admite que siempre vio a Pujol como un “moderado”, pero que hoy reconocer su mérito.

“Yo dividiría el legado de Pujol en dos partes; en la primera, la político-ideológica fue capaz de luchar por un marco adecuado para los catalanes, la defensa de la cultura y de la lengua. En ese ámbito es intachable” menciona Albert Pons, un catalán radicado en Guadalajara.

Así, el pujolismo también se acompañó de una tendencia a posicionarse en el marco político español como un aliado institucional y estable. Nunca criticó a la Corona e incluso e convirtieron en aliados de la Monarquía Española para frenar posibilidades de reforma. Pactó con Aznar, lo que al final significó su Waterloo electoral. Aznar comenzó un proceso de recentralización de competencias cedidas a las autonomías y en Cataluña fue incomprensible el acuerdo político. La táctica fundamental del pujolismo basada en lo que en Cataluña se denomina como el “Peix al Cove” (negociar estabilidad con Madrid a cambio de políticas de descentralización y autonomía), empezó a “hacer agua” y la credibilidad de Pujol cayó de golpe. Tras la derrota electoral de Convergència, dos gobiernos socialistas (uno acordado entre tres partidos políticos donde participó Esquerra Republicana de Catalunya) se sucedieron hasta que en 2010 Artur Mas recuperó con amplia mayoría el Govern.

El Escándalo

Toda esta historia sirve para entender la conmoción en la sociedad catalana, y también en buena parte de la española, por la corrupción que envuelve a la familia Pujol. Si bien ya existían indicios de que sus hijos Jordi y Oriol participaban en negocios y pisaban terrenos fangosos, la confesión de su padre es el sello de autenticidad de todas las tramas que se le achacan a los Pujol  tras tres décadas de ser “la familia política” en Cataluña. La confesión de Pujol de tener una herencia de su padre en una cuenta en un paraíso fiscal en Suiza parece ser solamente la “punta del iceberg”. La Fiscalía del Estado español ha atraído el caso y la organización Manos Limpias ya interpuso una querella contra el ex presidente que ve como sus días de esplendor, prestigio y admiración rápidamente se apagan. “Para todos fue una gran decepción. Pero es injustificable” menciona Albert Pons.

Muchos se preguntan: ¿cómo impactarán estas revelaciones al proceso soberanista que actualmente vive la sociedad catalana? La reivindicación no proviene únicamente del Gobierno de Mas. Aunque el actual presidente ha sido la cara más aparente, lo cierto es que el acuerdo por el derecho a decidir de los catalanes se configuró a través de la suma de distintos partidos políticos que van desde el centro-derecha de CiU hasta los partidos de izquierda como ERC o Izquierda Unida y los Verdes. Y aunque es cierto que Mas se ha declarado “hijo político” de Pujol (fue su Conseiller en Cap, es decir jefe de gabinete), el mandatario ha dicho que el proceso sigue sin modificación alguna.

Lo que queda claro es que difícilmente los escándalos de corrupción del antes distinguido con el apelativo de “Molt Honrable”, modificarán en algo el sentimiento independentista que crece en Cataluña a diario. Los opositores al proceso que encabeza Mas seguramente aludirán al caso Pujol para identificar a las élites políticas catalanas con la corrupción y los privilegios. Incluso, una parte de la opinión pública considera que el hecho mismo de sacar dinero del país a paraísos fiscales significa una traición a la bandera nacionalista que tanto profesan. Sin embargo, como dicen, todo cambia para queda completamente igual: no habrá un independentista menos por el affaire Pujol.

Jordi Pujol se encuentra recluido en una casa de la villa francesa de La Tor de Querol, en la comarca de la Alta Cerdanya, propiedad de su hijo Josep. Ha decidido no aparecer en público. La caída de Pujol no es, a diferencia de lo que muchos piensan en España, una derrota para el soberanismo. Pujol no se declaró independentista sino hasta 2013. Hasta hace poco tiempo, el pujolismo significaba autonomismo, pero nunca independencia. Como sostiene Romà, el pujolismo partía de un puerto de salida, pero nunca especificó a dónde quería ir, cuál sería el modelo político-territorial ideal para Cataluña. Lo más seguro es que ante el descrédito político de CiU, el proceso soberanista quede atado más a liderazgos que siempre han visto en la independencia la salida única (ERC o la ANC por ejemplo).

La caída de un símbolo provoca una reconfiguración política. Pujol tendrá que cargar más con su corrupción, la que ya se sabe y la que puede saberse en los próximos meses y años, que con los logros de mantener a una Cataluña unida y próspera en el concierto político español. Pujol no podrá nunca recuperarse de un delito que él mismo negó durante años. Sin embargo, sus ideas políticas, su mezcla de pragmatismo con idealismo, lo que llamamos el pujolismo y el “Peix al Cove” son de esas pocas ventanas que existen para que Cataluña y España encuentren un acuerdo que les permita seguir viviendo juntos. Tal vez en donde más lo extrañen será en La Moncloa y no en el Palau de la Generalitat. Paradojas políticas.

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