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El modelo Peña Nieto

Los gobernadores son “los niños mimados de la transición”. Gastan enormes cantidades de dinero, no rinden cuentas y no recaudan. La campaña mediática montada por Manuel Velasco ilustra la libertad de gasto y la poca transparencia que hay en algunos estados del país

GUADALAJARA, JALISCO (29/DIC/2013).- Vas al cine y lo ves. Con su camiseta blanca y una sonrisa de oreja a oreja, es imposible “sacarle la vuelta”. Manuel Velasco se las ha ingeniado para aparecer en prensa escrita, televisión, en la pantalla chica,  en la grande y hasta navegando por Google. No es tiempo electoral, Manuel Velasco tiene como gobernador de Chiapas poco más de un año. Sin embargo, el joven gobernador, de apenas 33 años, y el primer mandatario estatal surgido del Partido Verde Ecologista de México (PVEM), ha decidido comenzar una campaña mediática como sostén de sus aspiraciones políticas para convertirse en candidato a la Presidencia de la República. De acuerdo con cifras oficiales, la campaña en medios de comunicación le costó a los chiapanecos aproximadamente 130 millones de pesos en un lapso de 10 días de sobreexposición de su imagen.

Enrique Peña Nieto conoce bien esa escalera. Él mismo la utilizó hace más de cinco años. El Presidente de la República sabe por experiencia personal que las gubernaturas, más que los ministerios, las secretarías o los puestos legislativos, se han convertido en el espacio ideal para el aspiracionismo político. Las gubernaturas son, por no decirlo menos, “el reino del cielo en la tierra” cuando de hacer política se trata. No hay ningún otro nivel de la administración pública que pueda gastar tanto y comprobar tan poco. Una cifra ilustra esta desproporción: en total, en 2013, por concepto de todos los programas federales y todo el gasto descentralizado, llegaron a los estados más un billón 44 mil millones de pesos. En 1995, la cifra era de menos de 25 mil millones de pesos. La irrupción del gasto en las entidades federativas no tiene comparación y es el reflejo más claro de la dispersión del poder presidencial que vino tras la pérdida del control de las cámaras del PRI en 1997 y la imposibilidad de mantener Los Pinos en el año 2000.

Y también conoce esa ruta Peña Nieto, que no ha claudicado en su intento de debilitar el trampolín que conduce de las gubernaturas a la Presidencia de la República. Pasó durante el panismo, el Presidente de la República se convertía en uno más para elegir al candidato de su partido (incluso en un espectador). No era el factótum ni tampoco el hombre de la decisión final. Vicente Fox nunca quiso verdaderamente a Felipe Calderón como su sucesor. El guanajuatense apostaba por su secretario de Gobernación, Santiago Creel Miranda. Sin embargo, todavía faltando un buen trecho para los comicios, un gobernador como Francisco Ramírez Acuña destapó a un Felipe Calderón que no figuraba entre los consentidos del Presidente. Algo similar ocurrió con Calderón que al no poder fortalecer a ningún secretario de Estado, ni Ernesto Cordero ni Javier Lozano y menos Heriberto Félix, tuvo que aceptar que el panismo fuera detrás de Josefina Vázquez Mota, con quien el Presidente tenía muchos problemas desde su remoción como secretaria de Educación por conflictos con la lideresa magisterial, Elba Esther Gordillo. Es decir, y para no hacer el cuento largo, la transición borró uno de los roles metaconstitucionales del régimen político mexicano: la preponderancia del Presidente para elegir a quien es su sucesor.
 
Peña Nieto se dio cuenta de este quiebre. Si algo caracteriza el primer año del mexiquense en Los Pinos es su voluntad por recentralizar y empoderar a una débil y desgastada investidura presidencial. El Presidente ha centralizado el pago de las nóminas escolares, los procesos electorales, las medicinas y la salud, y vienen reformas similares en seguridad pública. La descentralización financiera y política tocó su fin, y es innegable que Peña Nieto es el último gran espejo de la profundidad de la descentralización por la que pasó México. Y aunque en la centralización hay una apuesta por la eficacia y el fortalecimiento del Gobierno Federal, no podemos dejar de lado que también hay un objetivo político: debilitar a “la casta de los gobernadores”, el otro poder al interior del PRI.
Ese es el contexto de Manuel Velasco. El gobernador de Chiapas es una de las caras más aparentes de lo que el tricolor ha llamado “el nuevo PRI”. En conjunto con gobernadores como Rodrigo Medina de Nuevo León o incluso con Aristóteles Sandoval de Jalisco, Velasco siempre ha sido visto como un cuadro joven con ambiciones políticas.

Políticos del espectáculo

En su cuenta de Twitter bien puede ayudar a una tortuga a volver a los mares, entregar ayudas por desastres nacionales o tomarse fotografías con el boxeador Julio César Chávez. Es un político que nunca deja de pensar en su imagen, su comunicación y sus aspiraciones.
No es un político que destaque por sus estudios, sus publicaciones o la profundidad de su pensamiento político. Por el contrario, es más bien un político que ha adoptado ese nuevo rol “a la Peña Nieto”: una relación con una artista, huésped distinguido de las revistas de sociales y una intensa promoción de su imagen. Es una ruta conocida para el Presidente, con el objetivo de aumentar sus cuotas de conocimiento popular, pintando a un político con una “vida de telenovela”, donde las notas más leídas no tiene nada que ver con sus habilidades para manejar una crisis económica o sus resultados en el combate a la pobreza en Chiapas, sino que su nombre llena página enteras de periódicos locales y nacionales donde se especula sobre el estado actual de su relación con la actriz y cantante Anahí o de sus posibles infidelidades. Lo que ha llamado Mario Vargas Llosa, “los políticos de la civilización del espectáculo” donde las ideas y los principios políticos quedan relegados a un segundo escalón de prioridades en el debate público.

Un paso adelante

En caso de que Manuel Velasco esté considerando seriamente buscar la candidatura presidencial, ¿no es muy temprano para desnudar estas aspiraciones? ¿No hace más vulnerable su proyecto político transparentar sus intenciones a más de cuatro años de que comience la rebatinga por las candidaturas? Tal parece que Manuel Velasco encontró un momento donde entendió que difícilmente tendría oposición. Rodrigo Medina y Aristóteles Sandoval están más concentrados en asuntos internos y no han decidido todavía cuál será su siguiente paso. Eruviel Ávila, en el Estado de México, está eclipsado por la Presidencia de su jefe político y difícilmente se moverá para opacar los aplausos de una parte de la opinión pública por la recién aprobada reforma energética. Y, en otros partidos, particularmente en el PAN y en el PRD, las aguas están más que revueltas con miras a la renovación de las dirigencias nacionales. No sabemos si con la bendición de Los Pinos o no, pero Manuel Velasco vio en las semanas navideñas una buena coyuntura para hacer sonar su nombre más allá de las fronteras chiapanecas.

Para repetir la escena

Sin embargo, la lucha por la candidatura del PRI a la Presidencia de la República dependerá, en gran medida, de los resultados electorales de 2015. Las elecciones intermedias en el pasado, han resultado en tremendos golpes al oficialismo. Tanto Vicente Fox, pero sobre todo Felipe Calderón, enfrentaron en la elección intermedia un escenario donde su reducida mayoría relativa se convirtió en una minoría inmanejable. El Presidente perdió el control y, en el caso de Calderón, la alianza de los gobernadores del PRI, a través de sus diputados federales, se convirtieron en los mandamases. Si en un principio, Felipe Calderón había logrado una eficaz alianza con el PRI, con la dupla Manlio Fabio y Emilio Gamboa, para empujar su agenda legislativa, los terribles resultados para el PAN en 2009 se tradujeron en una Presidencia débil y a expensa de la agenda marcada por los gobernadores (encabezados todos por Peña Nieto). Es decir, si Peña Nieto quiere ser un protagonista de la sucesión y convertirse en el factótum que al estilo del “viejo PRI” señale directamente al candidato del partido en el poder, tendrá que lograr un equilibrio favorable de fuerzas en 2015 y empujar a candidatos afines en los estados. En caso de no lograrlo, los últimos tres años de su mandato pueden desembocar en lo que la literatura política llama “el pato cojo”; es decir, un Presidente sin capacidad de marcar agenda, ni de mandar en su partido y con un gabinete descontrolado. ¿Suena? ¿Fox? ¿Calderón?

Mucha de la eficacia de la Presidencia de la República tendrá que ver con la limpieza con que se ordenen las aspiraciones políticas al interior del PRI. Ya saltó Manuel Velasco como uno de esos nuevos “virreyes” de los estados que anhelan subirse a la escalera que llevó a Peña Nieto a Los Pinos. Es indudable, dejando de lado simpatías y antipatías, que Peña Nieto pudo  construir un personaje mediático atractivo para el gran público desde uno de los estados más poblados del país. Ahora, un joven de 33 años que ganó su estado con 68% de los votos, de uno de los estados más pobres del país y que cuenta con la cercanía presidencial, busca repetir un modelo de que en el pasado resultó electoralmente exitoso.

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La denuncia

Manuel Velasco Coello, gobernador de Chiapas, ha gastado en su primer año más de 10 millones de dólares en su propia imagen, casi la mitad del presupuesto del Estado que gobierna, denunció Univisión.

La cadena afirma que “el gasto de publicidad e imagen (de Manuel Velasco) supera el doble que el gobernador que lo antecedió (Juan Sabines) utilizó en dos años”.

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