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El misterioso destino de las bolsas negras
Lo que pasa en los vertederos de basura, en los vertederos de basura se queda, esa parece ser la máxima de la recolección de desechos en la ciudad
GUADALAJARA, JALISCO (16/FEB/2014).- Lo que pasa dentro de los basureros municipales, “eso sí es un misterio”, está diciendo Cecilia Gómez, al mismo tiempo que deposita las cáscaras de un pepino en un bote verde, junto al fregadero.
Cecilia Gómez es una empleada doméstica y ama de casa en Zapopan con fama de gran pulcritud. Nunca se le ocurriría tirar la envoltura de un mazapán en la calle ni por necesidad, o aventar las bolsas de papel de baño en la cochera de sus vecinos de la calle Volcán Cofre de Perota, cuando el camión recolector no pasa por El Colli Urbano: qué esperanzas.
Para eso están los botes, las bolsas negras y el carretón; ella conoce ese trámite muy bien.
¿Y qué pasa después? ¿A dónde va el camión? “Ahí sí no sabría responderte”, dice Cecilia, al mismo tiempo que absorbe un suspiro largo, como de amor.
A unos 50 kilómetros de su colonia, en la comunidad de Huaxtla, también en Zapopan, no hay persona ni siquiera niño o niña, que no sepa qué le pasa a la basura que sale de la casa de Cecilia Gómez y de las viviendas del casi millón y cuarto de paisanos de ella y de ellos.
Y no es que los de Huaxtla sean más aplicados que los de El Colli Urbano, no. Sólo ocurre que los primeros están peor situados en el muy desigual mapa del tercer municipio de mayor plusvalía del país.
Ajenos de los intereses del mercado inmobiliario, hasta hace 20 años todavía, los de Huaxtla eran felices entre sus milpas y sus balnearios, porque de aquel lado de la ciudad, la ciudad es todavía paisaje rural y el agua es abundante y zarca, como se la llama cuando tiene un color gris azulado. Y dicen los que saben que la zarca es un agua muy buena para lavar ropa y bañarse.
Igual que los de Huaxtla eran felices sus vecinos de Milpillas, Mesa de San Juan, San Lorenzo, Ixtacán y La Soledad. Pero se les acabó la dicha a principios de este siglo.
Todos quedaron rodeados por los arroyos a donde el basurero municipal Picachos tira, “por accidente”, parte de los escurrimientos de lixiviados, esos jugos corrosivos que resultan de la mezcla de frutas, verduras, baterías alcalinas, y caca de perro que vienen en el kilo y cacho que cada uno de los habitantes de la zona metropolitana de Guadalajara tiramos diario a un bote protegido con una bolsa negra, igual que el de Cecilia Gómez.
Como dice ella, es un misterio lo que ocurre con los cientos y miles de bolsas negras que llegan a los basureros de la ciudad. En primer lugar a nadie se le ocurriría planear un día de campo en un relleno sanitario. Y si alguien lo pensara tendría que hacer un trámite burocrático de varios meses, que terminaría en una rotunda negación de los que administran esos lugares, apoyados por los líderes de las familias que sobreviven de las montañas de cáscaras de pepinos, excremento de perro y baterías alcalinas; los pepenadores.
En basurero municipal Picachos fue un pastizal de 16 hectáreas, abundante en robles. Debió ser tan bello como los cerros que lo rodean. En 2009 el director de Medio Ambiente de Zapopan, Julio Vizcaíno, confesó que el depósito de desechos domésticos nunca debió estar ahí. Lo lamentaba de veras, dijo, porque según sus cuentas al depósito le quedaban 80 años de vida.
Pero acá lo de vida es un eufemismo. En Picachos una ladera de pastizal se transformó en una montaña hueca, una montaña falsa que por debajo muestra capas de una mezcla de trapos en jirones —¿de dónde saldrá tanto trapo?—, envases de plástico aplastados y muchas, muchas bolsas negras.
Si un director de Hollywood visitara Picachos o Los Laureles, el otro gran vertedero metropolitano, seguro pensaría filmar ahí una película sobre el fin del mundo.
Si un director de Hollywood comenzara a filmar el fin del mundo en Picachos o Los Laureles desistiría pronto. Huelen a infierno.
Pero el olor no es lo peor. Lo peor son los lixiviados.
En 2009 Julio Vizcaíno admitió que los lixiviados de Picachos se mezclan con agua, porque ahí nace mucha, que va a dar a los arroyos que rodean el basurero.
Para quienes nunca los han visto, los lixiviados se parecen mucho al café americano, pero no esconden su origen enfermo. Apestan, y durante el verano vuelven viscosa, como cochambre de cocina, la tierra que tocan.
Los lixiviados que salen de Picachos van, primero, al arroyo de Milpillas, que desemboca en el de Mesa de San Juan, luego en el de San Lorenzo y más tarde en el de Huaxtla, que remata en el río Santiago, un poco antes de San Cristóbal de la Barranca. Los geólogos calculan que la cuenca del río Santiago surgió hace 15 millones de años. Desde hace 20, las plantas que habían crecido alrededor de los arroyos cercanos comenzaron a morirse y hoy permanecen como estatuas putrefactas que anuncian el mal.
Para los habitantes del noreste de Zapopan el mal significa cosechas perdidas y agua insana. “¿Qué vamos a hacer? Es la única agua que tenemos para tomar, se preguntó hace tiempo Leticia Garabito, habitante de Huaxtla.
Como nadie supo responderle, el sábado 8 de febrero un grupo de habitantes de esa comunidad y sus vecinas cerró el ingreso a la carretera que conduce a Los Picachos. El martes, los pepenadores y un grupo de patrullas de Zapopan los invitaron a retirarse.
Todo esto Cecilia Gómez lo desconoce. Sabe que el carretón recolector dejó de ir un día a su calle, la Volcán Cofre de Perota. Ella, que es muy educada, metió la basura a su casa y volvió a sacarla el siguiente día, cuando oyó la campana del camión. Las autoridades de Zapopan explicaron que solucionaron de una manera sencilla la falta de un basurero por el bloqueo. Bastó con llevar las mil 500 toneladas del día al vertedero Los Laureles, en Tonalá, a unos kilómetros en línea recta de la cabecera municipal de El Salto. Lo que pasa dentro de Los Laureles, por cierto, también es un misterio.
Cecilia Gómez es una empleada doméstica y ama de casa en Zapopan con fama de gran pulcritud. Nunca se le ocurriría tirar la envoltura de un mazapán en la calle ni por necesidad, o aventar las bolsas de papel de baño en la cochera de sus vecinos de la calle Volcán Cofre de Perota, cuando el camión recolector no pasa por El Colli Urbano: qué esperanzas.
Para eso están los botes, las bolsas negras y el carretón; ella conoce ese trámite muy bien.
¿Y qué pasa después? ¿A dónde va el camión? “Ahí sí no sabría responderte”, dice Cecilia, al mismo tiempo que absorbe un suspiro largo, como de amor.
A unos 50 kilómetros de su colonia, en la comunidad de Huaxtla, también en Zapopan, no hay persona ni siquiera niño o niña, que no sepa qué le pasa a la basura que sale de la casa de Cecilia Gómez y de las viviendas del casi millón y cuarto de paisanos de ella y de ellos.
Y no es que los de Huaxtla sean más aplicados que los de El Colli Urbano, no. Sólo ocurre que los primeros están peor situados en el muy desigual mapa del tercer municipio de mayor plusvalía del país.
Ajenos de los intereses del mercado inmobiliario, hasta hace 20 años todavía, los de Huaxtla eran felices entre sus milpas y sus balnearios, porque de aquel lado de la ciudad, la ciudad es todavía paisaje rural y el agua es abundante y zarca, como se la llama cuando tiene un color gris azulado. Y dicen los que saben que la zarca es un agua muy buena para lavar ropa y bañarse.
Igual que los de Huaxtla eran felices sus vecinos de Milpillas, Mesa de San Juan, San Lorenzo, Ixtacán y La Soledad. Pero se les acabó la dicha a principios de este siglo.
Todos quedaron rodeados por los arroyos a donde el basurero municipal Picachos tira, “por accidente”, parte de los escurrimientos de lixiviados, esos jugos corrosivos que resultan de la mezcla de frutas, verduras, baterías alcalinas, y caca de perro que vienen en el kilo y cacho que cada uno de los habitantes de la zona metropolitana de Guadalajara tiramos diario a un bote protegido con una bolsa negra, igual que el de Cecilia Gómez.
Como dice ella, es un misterio lo que ocurre con los cientos y miles de bolsas negras que llegan a los basureros de la ciudad. En primer lugar a nadie se le ocurriría planear un día de campo en un relleno sanitario. Y si alguien lo pensara tendría que hacer un trámite burocrático de varios meses, que terminaría en una rotunda negación de los que administran esos lugares, apoyados por los líderes de las familias que sobreviven de las montañas de cáscaras de pepinos, excremento de perro y baterías alcalinas; los pepenadores.
En basurero municipal Picachos fue un pastizal de 16 hectáreas, abundante en robles. Debió ser tan bello como los cerros que lo rodean. En 2009 el director de Medio Ambiente de Zapopan, Julio Vizcaíno, confesó que el depósito de desechos domésticos nunca debió estar ahí. Lo lamentaba de veras, dijo, porque según sus cuentas al depósito le quedaban 80 años de vida.
Pero acá lo de vida es un eufemismo. En Picachos una ladera de pastizal se transformó en una montaña hueca, una montaña falsa que por debajo muestra capas de una mezcla de trapos en jirones —¿de dónde saldrá tanto trapo?—, envases de plástico aplastados y muchas, muchas bolsas negras.
Si un director de Hollywood visitara Picachos o Los Laureles, el otro gran vertedero metropolitano, seguro pensaría filmar ahí una película sobre el fin del mundo.
Si un director de Hollywood comenzara a filmar el fin del mundo en Picachos o Los Laureles desistiría pronto. Huelen a infierno.
Pero el olor no es lo peor. Lo peor son los lixiviados.
En 2009 Julio Vizcaíno admitió que los lixiviados de Picachos se mezclan con agua, porque ahí nace mucha, que va a dar a los arroyos que rodean el basurero.
Para quienes nunca los han visto, los lixiviados se parecen mucho al café americano, pero no esconden su origen enfermo. Apestan, y durante el verano vuelven viscosa, como cochambre de cocina, la tierra que tocan.
Los lixiviados que salen de Picachos van, primero, al arroyo de Milpillas, que desemboca en el de Mesa de San Juan, luego en el de San Lorenzo y más tarde en el de Huaxtla, que remata en el río Santiago, un poco antes de San Cristóbal de la Barranca. Los geólogos calculan que la cuenca del río Santiago surgió hace 15 millones de años. Desde hace 20, las plantas que habían crecido alrededor de los arroyos cercanos comenzaron a morirse y hoy permanecen como estatuas putrefactas que anuncian el mal.
Para los habitantes del noreste de Zapopan el mal significa cosechas perdidas y agua insana. “¿Qué vamos a hacer? Es la única agua que tenemos para tomar, se preguntó hace tiempo Leticia Garabito, habitante de Huaxtla.
Como nadie supo responderle, el sábado 8 de febrero un grupo de habitantes de esa comunidad y sus vecinas cerró el ingreso a la carretera que conduce a Los Picachos. El martes, los pepenadores y un grupo de patrullas de Zapopan los invitaron a retirarse.
Todo esto Cecilia Gómez lo desconoce. Sabe que el carretón recolector dejó de ir un día a su calle, la Volcán Cofre de Perota. Ella, que es muy educada, metió la basura a su casa y volvió a sacarla el siguiente día, cuando oyó la campana del camión. Las autoridades de Zapopan explicaron que solucionaron de una manera sencilla la falta de un basurero por el bloqueo. Bastó con llevar las mil 500 toneladas del día al vertedero Los Laureles, en Tonalá, a unos kilómetros en línea recta de la cabecera municipal de El Salto. Lo que pasa dentro de Los Laureles, por cierto, también es un misterio.