Suplementos

El haragán culturoso

Todo tiempo pasado fue mejor

Desempolvo un viejo tocadiscos que mi padre por años guardó para mí en el rincón de una bodega entre polvo, humedad, olvido y abandono. El aparato, japonés, reproduce con sus bocinas hechas hace más de tres décadas, lo mismo discos compactos (con un adaptador) que la radio y viejos acetatos y lo hace con fidelidades que hoy parecen estar en la escala de lo sobrenatural.

¿Por qué un radio viejo, arrumbado por una década, suena mejor que algo actual? Por lo mismo que la mayoría de los grupos musicales hoy tienen más o menos el mismo tonito popero y descafeinado que vende sin proponer nada; por la misma razón que el Ulises de James Joyce no encontraría hoy en esta tierra un editor con los suficientes tamaños para publicarlo y nadie hubiera querido producir El Ciudadano Kane.

El mundo está al servicio del consumo y para que el consumo gire a velocidades de vértigo es importantísimo que lo que se venda sea chatarra que dure apenas el tiempo suficiente para que no reine en todos los compradores el hastío y el desencanto.

Es importante, vital, que la música, la televisión, los aparatos  y la ropa sean vigentes por apenas unos minutos y se descompongan pronto. El  mundo, siempre de cabeza, hoy está más de cabeza que nunca en una espiral de vértigo que no sirve a ningún fin medianamente interesante.

 Un artesano no hacía una pieza de barro, oro o madera para que se rompiera en unos cuantos años. Su búsqueda era la perfección de su arte, el embellecimiento del mundo y la compra de su pan. Hoy el obrero que pega monótonamente los botones de cientos de pantalones con los descansos para ir al baño contados y minúsculos, no puede sentir el menor amor por el producto que genera a golpe de látigo por apenas un mendrugo de nada y lleno de interminable hastío.

La chatarra que se genera incluso en el mundo del arte (porque el arte tampoco escapa al sombrerudo  Mister Dólar que gusta de descomponerlo todo) carece de toda capacidad de perdurar, de levantarse por encima de su tiempo, de sorprender y proponer porque todo lo que sorprende  y propone es arriesgado para Mister Dólar y si puede ir a lo seguro, para qué andar dando brincos…

Así, de esta manera, camino por calles que tienen todas las casas iguales, prediseñadas y destinadas desde su concepción a romperse, a requerir toda clase de reparaciones, a no servir a sus dueños sino a sus amos (que son el consumo y el capital) y a ver la chatarrización de la vida, de la cultura y de lo que es el hombre; porque el hombre también, en gran medida es su entorno y se ha chatarrizado, vuelto cretino, dormido.

El hombre hijo de esta vida dedicada a los valores del consumo enloquece y lo consume todo. Todo quiere chuparlo, terminarlo rápido y rugir, rugir como el tigre en los escombros para seguir, con su hambre  infinita, succionando incluso la sangre de las piedras.

El hombre así se ha vuelto lobo de sí mismo. Traga y consume a sus hermanos y todos somos escalones de carne en una esquizofrénica escalera de Jacob que no lleva sino a la hipertensión y la desgracia.

Temas

Sigue navegando