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El haragán culturoso

Felices sus navidades

Naturalmente, con el frío, el ponche y las posadas se van colando en los huesos los villancicos, se va debilitando el espíritu. Una especie de polvo de canela invade los pulmones y genera calores desconocidos. Los familiares, perdidos y olvidados, aparecen en la puerta con chocolates, con bombones y buenos deseos. Los hermanos y tíos perdidos regresan a contarnos de sus vidas y aventuras.

No soy de palo, las cosas de la ciudad afectan lentamente mi sentir y en contra de todo se me va colando en el alma la dichosa Navidad. Así, lo que veo cambia, sorprende. El sol dibuja de manera distinta en las paredes unos tonos en ocre y amarillo que verdaderamente encantan.

Los ancianos en bicicleta cargados de periódicos parecen Santa Clauses región cuatro, que si bien, siguen siendo pobres y tercermundistas guardan en la faz, al pedalear, un guiño que remeda a la esperanza.

Claro, están los crápulas de Navidad. El taxi al que uno se suba en esta temporada tendrá un problema, contará un terrible percance en el que faltarán doscientos pesos para la insulina de la abuela o la morfina de la cancerosa y sufrida tía o alguna otra personita con malformaciones congénitas, enfermedades exóticas y/o posesión demoniaca para quienes han estado trabajando sin dormir desde febrero y ahora falta sólo una dejada para librar al ser amado del mal.

Así pregonan en un tono y con una historia que suena sospechosamente parecida a los miles de mails que piden ayuda para el nene moribundo que sufre del síndrome de “necesito muchísimo dinero”.

Whatever. No importa. Un maestro zen saludaba cada día del año con un “feliz Navidad, feliz cumpleaños, feliz año nuevo”. Alguien le preguntó una tarde, hastiado de la letanía, qué pretendía con esas bobadas.

El maestro, sonriente, explicó: “En Navidad los amigos se perdonan, los hermanos se abrazan de nuevo olvidando el viejo daño. En las fechas especiales como esta o los cumpleaños, la gente hace cosas extraordinarias, coloca su mente en un lugar especial y es capaz de sobreponerse a todo para seguir de buenas, mantener un espíritu festivo y sostener una sonrisa incluso ante un ejército de auditores de hacienda. Así, por qué no hace de este espíritu navideño un asunto diario. Por qué no ser tan ecuánime 365 días al año y no uno…”

Así pues, hoy y en honor a esta idea suspendo la queja, el señalamiento, el hastío y el improperio para desearles no una feliz Navidad sino muy felices y constantes navidades venideras.

Ya tendré tiempo en enero de seguir, con mi cajón, dando grasa.

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