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El haragán culturoso
¡Feisbuc, feisbuc, nuestro rey!
Tengo, quiero que sepan, un restaurante popular entre la gente, con mesas de la Dinastía Ming y sillas importadas de Mumbay; tengo un rancho en el abandono con ganado lechero, árboles frutales y gallinas; soy un gangster malévolo que roba su bolso a las señoras y viaja constantemente de la Habana a Nueva York, y de ahí a Moscú. Mis multimillonarios negocios turbios me han hecho poseedor de cientos de mega casinos, una enorme cantidad de autos, lanchas motor, aviones y helicópteros. Una infinidad de políticos se encuentran en la nómina de mi corrupta organización.
Naturalmente paso horas cocinando platillos, asaltando palacios de gobierno en repúblicas bananeras y cometiendo toda clase de crímenes. Cuando se me acaba la energía y no puedo ya robar, matar o extorsionar, entonces me dedico a comprar láminas de bambú o ventanas góticas para remodelar mi restaurante.
No es un trabajo fácil, si me descuido en mis andares por el mundo de los hombres, puede que se me pudra la ensalada de frutas o me roben algunos de mis millones. No puede uno descuidarse en el mundo virtual de Facebook.
Por si esto fuera poco, quedan todos los regalos que mando y me mandan… novias feas, recuerdos retro y una pléyade de pavadas que hay que enviar y recibir para estar inn.
Tristemente, todo este tiempo perdido en este trajinar imaginario es justo eso, tiempo perdido. Además resulta que es tiempo perdido de segunda porque ya existen interfaces como Second Life que son harto mucho más complejas que el pesado y ciertamente aburrido mundo de “Feisbuc”. Porque seamos francos, dos horas de hornear pasteles y luchar contra mafiosos a base de clicks de ratón ponen de terrible humor a cualquiera. Es un pasatiempo hastiante, un vicio torpe, una forma elegantiosa de aburrirse.
Pues bien, a diferencia de los trillones de billones de pancholares intergalácticos y completamente inútiles que poseo en el virtual mundo que habito, los habitantes de Second Life, cuenta una voz popular (y es que este humilde texto no pretende hacer una investigación de fondo, francamente con el café y la mafia apenas me da tiempo de escribirlo), pueden comprar terrenos virtuales en asentamientos prometedores y después venderlos o conseguir trabajos y hacer toda clase de negocios para después, vía tarjeta de crédito, convertirlos en billetes verdes. Dice la internet que 300 pancholares de ese ciberespacio corresponden a un dólar de verdad.
Pero dejemos Second Life para los expertos porque yo siento franco temor de que al internarme por curiosidad en ese juego, termine viviendo en un bonito apartamento en ciberfrancia y trabajando como catador de ostras mientras que en la realidad me convierto en un gordo calvo y con túnel del carpo, e incapacitado para procesar la luz solar. Retomemos mejor el tema del caralibro o feisbuc o Facebook o como quiera usted llamarle, ya que es una cosa un poco más al alcance de mis ya limitadas habilidades cibernáuticas.
No negaré que el caralibro tiene cosas que valen la pena, como el reencuentro con amigos lejanos que dejé de frecuentar en primera porque me eran insufribles y descubrí que en el ciberespacio eran excelentes personas, o el enterarme de que fulano o sutana tienen novio o qué piensan por las mañanas entre otro mundo de cosas que me importan un rábano; es decir me acerca a las personas sin que tenga que soportar la mínima interacción con ellas.
¡Oh adorado chat! en el que a la hora y momento en que me nace basta un click para mandar a la goma al indeseable sin ser mínimamente grosero. Porque siendo una forma informal de charla no hay reglas de cortesía ni continuidad.
Es otro lenguaje en el que no importa si uno no responde, porque está sobre entendido que los otros son meras comparsas de nuestro tiempo muerto en la oficina. Maravilla de maravillas.
Finalmente en uno de esos eventos donde la gente todavía tiene la mala costumbre de encontrarse en vivo y a todo color, vi a dos mujeres que después de años se encontraron. No puedo decir que hayan sido amigas sino que hace tiempo tenían una amiga en común.
- Caramba, dijo una, un gusto verte…
- Sí, dijo la otra, he notado que ya no juegas mucho a la cocinita en Facebook, ¿se puede saber por qué?
Chale.
Dudas, quejas, limosnas y sugerencias favor de dirigirlas a
personaje33@hotmail.com
Naturalmente paso horas cocinando platillos, asaltando palacios de gobierno en repúblicas bananeras y cometiendo toda clase de crímenes. Cuando se me acaba la energía y no puedo ya robar, matar o extorsionar, entonces me dedico a comprar láminas de bambú o ventanas góticas para remodelar mi restaurante.
No es un trabajo fácil, si me descuido en mis andares por el mundo de los hombres, puede que se me pudra la ensalada de frutas o me roben algunos de mis millones. No puede uno descuidarse en el mundo virtual de Facebook.
Por si esto fuera poco, quedan todos los regalos que mando y me mandan… novias feas, recuerdos retro y una pléyade de pavadas que hay que enviar y recibir para estar inn.
Tristemente, todo este tiempo perdido en este trajinar imaginario es justo eso, tiempo perdido. Además resulta que es tiempo perdido de segunda porque ya existen interfaces como Second Life que son harto mucho más complejas que el pesado y ciertamente aburrido mundo de “Feisbuc”. Porque seamos francos, dos horas de hornear pasteles y luchar contra mafiosos a base de clicks de ratón ponen de terrible humor a cualquiera. Es un pasatiempo hastiante, un vicio torpe, una forma elegantiosa de aburrirse.
Pues bien, a diferencia de los trillones de billones de pancholares intergalácticos y completamente inútiles que poseo en el virtual mundo que habito, los habitantes de Second Life, cuenta una voz popular (y es que este humilde texto no pretende hacer una investigación de fondo, francamente con el café y la mafia apenas me da tiempo de escribirlo), pueden comprar terrenos virtuales en asentamientos prometedores y después venderlos o conseguir trabajos y hacer toda clase de negocios para después, vía tarjeta de crédito, convertirlos en billetes verdes. Dice la internet que 300 pancholares de ese ciberespacio corresponden a un dólar de verdad.
Pero dejemos Second Life para los expertos porque yo siento franco temor de que al internarme por curiosidad en ese juego, termine viviendo en un bonito apartamento en ciberfrancia y trabajando como catador de ostras mientras que en la realidad me convierto en un gordo calvo y con túnel del carpo, e incapacitado para procesar la luz solar. Retomemos mejor el tema del caralibro o feisbuc o Facebook o como quiera usted llamarle, ya que es una cosa un poco más al alcance de mis ya limitadas habilidades cibernáuticas.
No negaré que el caralibro tiene cosas que valen la pena, como el reencuentro con amigos lejanos que dejé de frecuentar en primera porque me eran insufribles y descubrí que en el ciberespacio eran excelentes personas, o el enterarme de que fulano o sutana tienen novio o qué piensan por las mañanas entre otro mundo de cosas que me importan un rábano; es decir me acerca a las personas sin que tenga que soportar la mínima interacción con ellas.
¡Oh adorado chat! en el que a la hora y momento en que me nace basta un click para mandar a la goma al indeseable sin ser mínimamente grosero. Porque siendo una forma informal de charla no hay reglas de cortesía ni continuidad.
Es otro lenguaje en el que no importa si uno no responde, porque está sobre entendido que los otros son meras comparsas de nuestro tiempo muerto en la oficina. Maravilla de maravillas.
Finalmente en uno de esos eventos donde la gente todavía tiene la mala costumbre de encontrarse en vivo y a todo color, vi a dos mujeres que después de años se encontraron. No puedo decir que hayan sido amigas sino que hace tiempo tenían una amiga en común.
- Caramba, dijo una, un gusto verte…
- Sí, dijo la otra, he notado que ya no juegas mucho a la cocinita en Facebook, ¿se puede saber por qué?
Chale.
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personaje33@hotmail.com