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El francés burlón que recorrió España
Llega a las páginas de un libro el diario de versos jocosos y dibujos de Charles Garnier de 1868
GUADALAJARA, JALISCO (08/JUN/2014).- Desde San Sebastián hasta Cádiz y desde Granada a Perpiñán, cuatro franceses recorrieron España de arriba abajo en 25 días en mayo de 1868, en un periplo encabezado por Charles Garnier, el arquitecto que levantó la Ópera de París.
De aquel viaje, en tren pero también en carruajes y barcos, Garnier tomó apuntes que convirtió en ripios jocosos. Además, dibujó a pluma catedrales, paisajes, calles y a los españoles que veía. Este material apenas se conocía hasta que la editorial Nerea lo ha publicado por primera vez en una reproducción en facsímil del manuscrito con 400 ilustraciones, acompañada de un segundo volumen con la traducción al español.
“Lo más valioso son los dibujos costumbristas”, subraya Fernando Marías, editor de Viaje a España junto a Véronique Gerard-Powell, de la Sorbona. Esos retratos de mendigos, campesinos, toreros... los hizo principalmente uno de los acompañantes de Garnier, su amigo el pintor Gustave Boulanger, y en menor medida, un discípulo del arquitecto, Ambroise Baudry. El cuarto componente de la expedición fue Louise, la esposa de Garnier. Mientras que la mayoría de ilustraciones de arquitectura y las caricaturas sí son del artífice del viaje.
“Los cuadernos de Garnier pasaron de su viuda a la biblioteca de la Ópera de París. Sólo se hizo pública una parte en una exposición de arte en 2005 en Francia. Era un hombre viajado pero no se tenía ni idea de que hubiera estado en España”, explica Marías, de la Academia de Historia.
¿Por qué se entregaron a este frenesí turístico cuatro gabachos? La clave está en la granadina Eugenia de Montijo, emperatriz consorte y esposa de Napoleón III. “Garnier se ocupaba de la construcción de la Ópera y Eugenia de Montijo le insistió en que tenía que ir a España a conocer su arquitectura, sobre todo la Alhambra y la Mezquita”, señala Marías.
Para este catedrático de Historia del Arte en la Autónoma de Madrid, hay influencias de la escalera principal del Alcázar de Toledo y de la de El Escorial en la que se construyó para el teatro parisiense. Por cierto, el monasterio que ordenó levantar Felipe II no fue del agrado del francés: “Si lo demolieran enterito, / a todos nos importaría un pito”.
Garnier no se mordía la lengua cuando algo le disgustaba: “Ciudad pestilencial / mira que Burgos huele mal”. En Madrid, visitó el Museo del Prado, vio una corrida de toros y se burló del Manzanares: “Un río sorprendente en el que hay arena en vez de corriente”.
Pero también dejó constancia de lo que satisfacía su refinado gusto: “San Sebastián, esta urbe, largo y ancho, / posee carácter e imán”. Estos pareados “eran comunes entonces como entretenimiento, con un tono habitualmente festivo. Son textos que seguían el ritmo de canciones populares”. Garnier declaró su admiración por paisajes como Sierra Nevada: “Blanca nieve en la cumbre, / prados verdes, mansedumbre, / el cielo es de un azul puro”. O por el mar alicantino: “Su extensión inmensa brilla / bajo un sol esplendoroso”. Sus ciudades favoritas fueron andaluzas: Córdoba, Sevilla, Granada y Cádiz, “ville coquette”.
Además de rimas y dibujos, este viajero registró de forma escrupulosa en su guía turística las urbes y pueblos por los que pasaba, las horas de salida y llegada a cada destino, los ríos que veía, la distancia recorrida entre uno y otro lugar y hasta el medio de transporte. Todo para conocimiento de futuros aventureros.
“Los cuatro lo pasaron muy bien. A Garnier le gustaba comer y beber”, apunta Marías. Aunque las fondas fueron diana de sus versos por su poca limpieza. “En todo caso, se le nota que disfrutaba de lo que veía”. Véronique Gerard-Powell incide en el carácter de su compatriota: “Hacía un chiste cada dos palabras. A pesar de que el matrimonio acababa de perder un niño era un hombre lleno de vida, de sentido del humor”.
Este caballero también tuvo tiempo de fijarse en las españolas. En Valencia le llamaron la atención “las mujeres de labios de corazón”. Otras veces miraba las ropas: “Una mujer va ataviada / de color, abigarrada, / y otra lleva vestiduras / que al viento inflan las hechuras”.
Sus últimos versos muestran lo positivo de su paso por España: “Nuestro viaje ha terminado, / tengo el lápiz agotado. Todo ha sido encantador, / ¡alabado sea el Señor!”.
De aquel viaje, en tren pero también en carruajes y barcos, Garnier tomó apuntes que convirtió en ripios jocosos. Además, dibujó a pluma catedrales, paisajes, calles y a los españoles que veía. Este material apenas se conocía hasta que la editorial Nerea lo ha publicado por primera vez en una reproducción en facsímil del manuscrito con 400 ilustraciones, acompañada de un segundo volumen con la traducción al español.
“Lo más valioso son los dibujos costumbristas”, subraya Fernando Marías, editor de Viaje a España junto a Véronique Gerard-Powell, de la Sorbona. Esos retratos de mendigos, campesinos, toreros... los hizo principalmente uno de los acompañantes de Garnier, su amigo el pintor Gustave Boulanger, y en menor medida, un discípulo del arquitecto, Ambroise Baudry. El cuarto componente de la expedición fue Louise, la esposa de Garnier. Mientras que la mayoría de ilustraciones de arquitectura y las caricaturas sí son del artífice del viaje.
“Los cuadernos de Garnier pasaron de su viuda a la biblioteca de la Ópera de París. Sólo se hizo pública una parte en una exposición de arte en 2005 en Francia. Era un hombre viajado pero no se tenía ni idea de que hubiera estado en España”, explica Marías, de la Academia de Historia.
¿Por qué se entregaron a este frenesí turístico cuatro gabachos? La clave está en la granadina Eugenia de Montijo, emperatriz consorte y esposa de Napoleón III. “Garnier se ocupaba de la construcción de la Ópera y Eugenia de Montijo le insistió en que tenía que ir a España a conocer su arquitectura, sobre todo la Alhambra y la Mezquita”, señala Marías.
Para este catedrático de Historia del Arte en la Autónoma de Madrid, hay influencias de la escalera principal del Alcázar de Toledo y de la de El Escorial en la que se construyó para el teatro parisiense. Por cierto, el monasterio que ordenó levantar Felipe II no fue del agrado del francés: “Si lo demolieran enterito, / a todos nos importaría un pito”.
Garnier no se mordía la lengua cuando algo le disgustaba: “Ciudad pestilencial / mira que Burgos huele mal”. En Madrid, visitó el Museo del Prado, vio una corrida de toros y se burló del Manzanares: “Un río sorprendente en el que hay arena en vez de corriente”.
Pero también dejó constancia de lo que satisfacía su refinado gusto: “San Sebastián, esta urbe, largo y ancho, / posee carácter e imán”. Estos pareados “eran comunes entonces como entretenimiento, con un tono habitualmente festivo. Son textos que seguían el ritmo de canciones populares”. Garnier declaró su admiración por paisajes como Sierra Nevada: “Blanca nieve en la cumbre, / prados verdes, mansedumbre, / el cielo es de un azul puro”. O por el mar alicantino: “Su extensión inmensa brilla / bajo un sol esplendoroso”. Sus ciudades favoritas fueron andaluzas: Córdoba, Sevilla, Granada y Cádiz, “ville coquette”.
Además de rimas y dibujos, este viajero registró de forma escrupulosa en su guía turística las urbes y pueblos por los que pasaba, las horas de salida y llegada a cada destino, los ríos que veía, la distancia recorrida entre uno y otro lugar y hasta el medio de transporte. Todo para conocimiento de futuros aventureros.
“Los cuatro lo pasaron muy bien. A Garnier le gustaba comer y beber”, apunta Marías. Aunque las fondas fueron diana de sus versos por su poca limpieza. “En todo caso, se le nota que disfrutaba de lo que veía”. Véronique Gerard-Powell incide en el carácter de su compatriota: “Hacía un chiste cada dos palabras. A pesar de que el matrimonio acababa de perder un niño era un hombre lleno de vida, de sentido del humor”.
Este caballero también tuvo tiempo de fijarse en las españolas. En Valencia le llamaron la atención “las mujeres de labios de corazón”. Otras veces miraba las ropas: “Una mujer va ataviada / de color, abigarrada, / y otra lleva vestiduras / que al viento inflan las hechuras”.
Sus últimos versos muestran lo positivo de su paso por España: “Nuestro viaje ha terminado, / tengo el lápiz agotado. Todo ha sido encantador, / ¡alabado sea el Señor!”.