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El fantasma de la Agencia
Tenía siete de edad y la abatieron afuera de la casa de su abuela, en la colonia del Fresno. El mismo día, camiones ardientes bloqueaban las calles de otros barrios en la ciudad
GUADALAJARA, JALISCO (10/MAR/2013).- El caso 132/2012 reposa en la carpeta amarilla, la del altero de carpetas sobre uno de los escritorios de la Agencia 4 de Homicidios Intencionales de Jalisco. Aquí mismo se acumulan otros cientos de carpetas cada año, ánimas de cuerpos agujerados. El 132/2012 es un fantasma de los pequeños. Siete de edad, sexo femenino. Ayer, a las tres de la tarde, se cumplió un año desde lo abatieron afuera de la casa de su abuela, en la colonia del Fresno. El mismo día camiones ardientes bloqueaban las calles de otros barrios de Guadalajara.
Un año ya. Los niños regresaron a las calles de la colonia. La calle, al ritmo nervioso que le imponen los comercios de cuanta cosa. Guadalajara ya ni se acuerda. En la Agencia 4 hay polvo y ácaros, se quejan los que trabajan ahí. Y los cadáveres se pudren en la fosa común de la burocracia.
Sin embargo hay hojas del caso 132/2012 llenas de vida. La nena tenía el carácter de un cascabel, era robusta y ruidosa. Tenía la sangre liviana y era antojadiza. Su último antojo fue una nieve raspada, de las que vendía su abuela afuera de su casa, en la calle Naranjo.
Luego empezó la agitación confusa. La cámara lenta que todos dijeron ver. El pánico. El sonido de las balas. Una dejó un boquete en la tubería del agua, a un lado de la pata de la mesa de los raspados; otra se alojó en el tronco de un ficus; una tercera agujeró la falda de la abuela que intentaba proteger a su nieta…
¿Protegerla de quién? La carpeta amarilla no dice nada. “Señora, por más que los presionamos ninguno de los matones que hemos agarrado ha querido confesar el asesinato de la niña”. “Señora, para que podamos actuar, un grupo de la delincuencia organizada tendría que adjudicarse el crimen”. “Señora no hemos sabido nada todavía, fíjese nomás”. También las respuestas de la Agencia 4 pueden abrir agujeros.
La familia y algunos vecinos de la niña que estaban en la calle relatan que al mismo tiempo que varios grupos de simpatizantes de un capo del narcotráfico incendiaban camiones en el resto de la ciudad, uno de ellos muy cerca de la del Fresno, una camioneta entró como el demonio a la calle Naranjo, en sentido contrario. El que venía al volante y sus colegas amenazaron a los que andaban por ahí —muchos niños— y dispararon. Nadie los volvió a ver nunca.
Los testigos dicen que ni locos irían a declarar a la Agencia 4. ¿Y si los de la camioneta regresan? ¿Y si ahora las balas son para sus hijos? ¿Y si no sirve para nada? De todos modos hace un año, el mismo día del pandemónium, el entonces procurador de Justicia de Jalisco, Tomás Coronado Olmos, ya dijo que los balazos del Fresno no tuvieron relación con los que sonaron el resto de la ciudad. Y luego dijo que en calle Naranjo, al mismo tiempo que la ciudad decidía cerrar todas sus puertas, dos bandas de delincuentes agarraron pleito en esa calle. Luego declaró que nadie pudo investigar si lo que él decía era cierto, porque aquel día toda la policía de la comarca estaba concentrada en los bloqueos de los narcotraficantes. Luego volvió a la primera versión. Luego consiguió que la Secretaría de Seguridad Ciudadana de Guadalajara y el alcalde de esa ciudad coincidieran con ella, casi en términos literales.
Y nadie en la colonia del Fresno está dispuesto a desmentir al procurador, igual que en la Agencia 4 nadie mueve el caso 132/2012. “Heridas por proyectil de arma de fuego penetrante de tórax y abdomen”, se lee en el acta de defunción 120306896 —acá todo se simplifica en números—, que permanece adentro de la carpeta amarilla, en el altero de carpetas de la oficina, cada una con uno o dos muertos.
Es sábado 9 de marzo de 2013. Los niños llenan con sus gritos de juego las calles de la colonia del Fresno. Sus padres les permiten ir a la tienda y los consuelan cuando se tropiezan. Esta tarde no hay nieves raspadas. La familia de la niña se prepara para la misa de aniversario en el templo de un barrio. Hasta ahora la madre de la niña no se ha querido deshacer de las cenizas.
Hace un año estaba en el médico cuando le avisaron que su hija fue alcanzada por dos o tres balas. Eran las tres de la tarde. La abuela se subió en un taxi, con el cuerpecito hecho un fideo. El taxista pisó el acelerador, hasta la Cruz Verde de Cruz del Sur. Ahí la subieron en una ambulancia para llevársela al Hospital Civil. Cuando llegaron al sanatorio la nena tenía los ojos en blanco.
Las balas tienen un poder que no se imaginaron sus inventores, William Greener y Étienne Minié. Las balas siguen matando mucho tiempo después de que ya mataron.
El silencio y las carpetas arrumbadas en una oficina de la policía pueden tener el mismo efecto, de acuerdo con la familia de la niña del Fresno.
Los parientes dicen que tienen miedo y esperanza de que las autoridades reconozcan que ese día no hubo una lucha de bandas en la calle Naranjo y que quizás la nena fue otra de las muertas de una guerra que se libra entre ya no se sabe quién, en todo el país. ¿Para qué? Para que el fantasma del caso 132/2012 deje de dolerse encerrado en una carpeta, suplican los deudos.
Un año ya. Los niños regresaron a las calles de la colonia. La calle, al ritmo nervioso que le imponen los comercios de cuanta cosa. Guadalajara ya ni se acuerda. En la Agencia 4 hay polvo y ácaros, se quejan los que trabajan ahí. Y los cadáveres se pudren en la fosa común de la burocracia.
Sin embargo hay hojas del caso 132/2012 llenas de vida. La nena tenía el carácter de un cascabel, era robusta y ruidosa. Tenía la sangre liviana y era antojadiza. Su último antojo fue una nieve raspada, de las que vendía su abuela afuera de su casa, en la calle Naranjo.
Luego empezó la agitación confusa. La cámara lenta que todos dijeron ver. El pánico. El sonido de las balas. Una dejó un boquete en la tubería del agua, a un lado de la pata de la mesa de los raspados; otra se alojó en el tronco de un ficus; una tercera agujeró la falda de la abuela que intentaba proteger a su nieta…
¿Protegerla de quién? La carpeta amarilla no dice nada. “Señora, por más que los presionamos ninguno de los matones que hemos agarrado ha querido confesar el asesinato de la niña”. “Señora, para que podamos actuar, un grupo de la delincuencia organizada tendría que adjudicarse el crimen”. “Señora no hemos sabido nada todavía, fíjese nomás”. También las respuestas de la Agencia 4 pueden abrir agujeros.
La familia y algunos vecinos de la niña que estaban en la calle relatan que al mismo tiempo que varios grupos de simpatizantes de un capo del narcotráfico incendiaban camiones en el resto de la ciudad, uno de ellos muy cerca de la del Fresno, una camioneta entró como el demonio a la calle Naranjo, en sentido contrario. El que venía al volante y sus colegas amenazaron a los que andaban por ahí —muchos niños— y dispararon. Nadie los volvió a ver nunca.
Los testigos dicen que ni locos irían a declarar a la Agencia 4. ¿Y si los de la camioneta regresan? ¿Y si ahora las balas son para sus hijos? ¿Y si no sirve para nada? De todos modos hace un año, el mismo día del pandemónium, el entonces procurador de Justicia de Jalisco, Tomás Coronado Olmos, ya dijo que los balazos del Fresno no tuvieron relación con los que sonaron el resto de la ciudad. Y luego dijo que en calle Naranjo, al mismo tiempo que la ciudad decidía cerrar todas sus puertas, dos bandas de delincuentes agarraron pleito en esa calle. Luego declaró que nadie pudo investigar si lo que él decía era cierto, porque aquel día toda la policía de la comarca estaba concentrada en los bloqueos de los narcotraficantes. Luego volvió a la primera versión. Luego consiguió que la Secretaría de Seguridad Ciudadana de Guadalajara y el alcalde de esa ciudad coincidieran con ella, casi en términos literales.
Y nadie en la colonia del Fresno está dispuesto a desmentir al procurador, igual que en la Agencia 4 nadie mueve el caso 132/2012. “Heridas por proyectil de arma de fuego penetrante de tórax y abdomen”, se lee en el acta de defunción 120306896 —acá todo se simplifica en números—, que permanece adentro de la carpeta amarilla, en el altero de carpetas de la oficina, cada una con uno o dos muertos.
Es sábado 9 de marzo de 2013. Los niños llenan con sus gritos de juego las calles de la colonia del Fresno. Sus padres les permiten ir a la tienda y los consuelan cuando se tropiezan. Esta tarde no hay nieves raspadas. La familia de la niña se prepara para la misa de aniversario en el templo de un barrio. Hasta ahora la madre de la niña no se ha querido deshacer de las cenizas.
Hace un año estaba en el médico cuando le avisaron que su hija fue alcanzada por dos o tres balas. Eran las tres de la tarde. La abuela se subió en un taxi, con el cuerpecito hecho un fideo. El taxista pisó el acelerador, hasta la Cruz Verde de Cruz del Sur. Ahí la subieron en una ambulancia para llevársela al Hospital Civil. Cuando llegaron al sanatorio la nena tenía los ojos en blanco.
Las balas tienen un poder que no se imaginaron sus inventores, William Greener y Étienne Minié. Las balas siguen matando mucho tiempo después de que ya mataron.
El silencio y las carpetas arrumbadas en una oficina de la policía pueden tener el mismo efecto, de acuerdo con la familia de la niña del Fresno.
Los parientes dicen que tienen miedo y esperanza de que las autoridades reconozcan que ese día no hubo una lucha de bandas en la calle Naranjo y que quizás la nena fue otra de las muertas de una guerra que se libra entre ya no se sabe quién, en todo el país. ¿Para qué? Para que el fantasma del caso 132/2012 deje de dolerse encerrado en una carpeta, suplican los deudos.