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El barrendero de cuatro piernas

''Soy barrendero, me llamo Epifanio Aguilar Leonor, nací en 1942'' Con tres de sus piernas; la derecha cansada, la izquierda reumática y la muleta -la escoba la encarga por ahí-, se hace hora y media en recorrer el trayecto de la parada del camión a sus cuadras de trabajo

GUADALAJARA, JALISCO (07/ABR/2013).- La mitad del día Epifanio Aguilar tiene cuatro piernas que nunca se tropiezan entre sí. La pierna derecha sostiene el cuerpo menudo del viejo, mientras la izquierda se arrastra detrás, inhabilitada hace un lustro por el dolor de las reumas. La tercera pierna —también zurda— es una muleta infantil que le dio un licenciado compasivo. Le quedó como mandada a hacer. La cuarta pierna zigzaguea todo el tiempo frente a las otras y alimenta a Epifanio Aguilar. Es una escoba de popotillo, amarrado con unos trapos a un palo muy fuerte.

“Soy barrendero, me llamo Epifanio Aguilar Leonor, nací en 1942”, se confiesa el hombrecillo, muy orgulloso de cada dato, cuando alguien interrumpe el ¡Shhhhhht! ¡Shhht! ¡Shhhhhht! de los popotes de su escoba contra la banqueta.

Si en el mundo existiera la justicia Epifanio sería reconocido como un noble heredero de Tlazolteotl, la diosa mexica de la basura, la barredora de las inmundicias –entre otros oficios–, y una de las deidades aztecas más respetadas. Pero en Vallarta Norte la justicia la dictan los de la colonia. Así, Epifanio gana 500 pesos semanales por un trabajo sin prestaciones de ley, de lunes a sábado y de diez horas diarias, contando los traslados de ida y vuelta a su casa, en la colonia San Joaquín, en el oriente extremo de Guadalajara.

Lo del traslado no es cosa menor. Con sus 71 de vida a cuestas y tres de sus piernas; la derecha cansada, la izquierda reumática y la muleta —la escoba la encarga por ahí—, se hace hora y media en recorrer las ocho cuadras que separan la parada de su autobús, en López Mateos, de la calle Lincon, donde están las banquetas a barrer.

Hora y media en la mañana, hora y media por la tarde, entre pasitos de diez centímetros.

A este barrio, el de las casas inmensas, las calles impecables, los parques continuos, Epifanio llegó hace más de medio siglo a trabajar como cocinero en la granja de unas señoritas ricas. Un día se hartó de hacer de comer, agarró la escoba y se quedó para siempre. El para siempre de Epifanio Aguilar Leonor, que cada vez parece más corto.

Mientras llega, la escoba de popotillo del viejo, digna, implacable, detallista, paciente, ruidosa, libra una batalla a muerte contra un pavimento severo, al que todos los días vence.

El triunfo anónimo le arranca la risa al viejo, que en esos momentos muestra sus únicos seis dientes, todos muy largos, todos en el centro, encía superior, todos detenidos en su lugar de puro milagro.

—¿Cómo perdió las muelas? —, le pregunto.

—Cuando estaba chiquillo, allá, en El Chante [una comunidad de la ribera de Chapala] comía mucho caramelo. Harto barrilito de aniz—, dice y se ríe y muestra en la boca la moraleja del asunto.

Entre los barrilitos y el hombre hecho barrendero abundan las historias. Lo mejor en su vida fue cuando le dieron a comer unos tamales que traían “travesura” y se volvió loco. “Me levanté bien asustado y corrí al cerro de Jocotepec y me escondí entre los matorrales. Mi abuelita le habló a un policía”.

—¿Cómo se le quitó la loquera?

—Me llevaron con los locos, al Zapote. El policía me dijo: “Orale, vete pa allá”. Y ¿viera? Ya no me quería salir, porque me daban de comer tres veces. Ahí hay muchos que nunca recuperan la mente. Yo estaba bien y le quería seguir ahí.

—Pero estaba con los locos.

—Pero comía tres veces. El Zapote, y el Hospital México Americano, a donde me llevó el licenciado hace tres años, cuando mi reuma estaba más mala, han sido lo más contento de mi vida, por la comida.

—¿La travesura se la hizo una muchacha?

—¡A saber! Nunca tuve mujer. Siempre estuve muy feo. Ni a los hombres les gusto. Toy muy feo. Lo que sí es que soy muy buena gente.

—¿Cómo se le quitó lo loco?

—En el manicomio me ponían a barrer y me bañaban con agua helada –se ríe.

Desde entonces, sin padres, sin mujer, sin descendencia lo único que hay son escobas de popotillo en la vida de Epifanio Aguilar Leonor. Y, desde que no aguanta las reumas, las escobas se han convertido en una de las cuatro piernas del viejo.

A todas sus cuartas piernas él las arma, con puños de “zacate” (Muhlenbergia quadridentata) que le compra a la gente de San Juan de Ocotán y que, a varios siglos de la muerte de Tlazolteotl, todavía se miden por brazadas.

Cuando las reumas lo joden más, don Epifanio, que con su melena blanca, su barba puntiaguda, sus cuatro piernas y sus seis dientes parece el hombre más feliz del mundo, se acuerda de su infancia hambrienta. Las medicinas le cuestan los 500 que recibe a la semana. Esos días añade al oficio de barrendero el de pedigüeño. “Lo bueno es que no tomo muchas pastillas. El doctor del México Americano me dijo: ‘No me tome muchas, porque por una le alivian el pie y por otra le desbaratan las tripas”.

En este momento Epifanio está terminando de barrer la juntura de dos bloques de una banqueta, sobre Lincoln. Sabe cómo le hizo, pero metió los popotes de un extremo de su escoba y sacó tres boletos de camión hechos bola y la envoltura plástica de un chicle. La banqueta quedó limpia, pero él barre concentrado en el suelo, como si resolviera una ecuación matemática.

Tiene los brazos de un gimnasta y las palmas de sus manos, pequeñas y morenas, blanquean de tanto callo. La tercera de sus piernas, la muleta, yace recargada en un cancel, a unos metros. Pienso si alguien de estos rumbos lo irá a extrañar el día que ya no regrese de San Joaquín. Quién sabe dónde andará la cabeza de él.

—¿Qué tanto piensa cuando barre, Epifanio?

—¿Le digo la verdad? Todo el día pienso ¡Ya quiero acabar! y la escoba me regaña: ¡Shhhht! ¡Ya quiero acabar! ¡Shhhht! ¡Ya quiero acabar! ¡Shhhht!

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