Suplementos
El arte de la contemplación
Para papá
¿Dónde quedaron las tardes de ver tormentas pasar? Recuerdo a una increíble pareja de los Altos de Jalisco, quienes después de un arduo día se sentaban en una banca a observar el cielo; la forma de las nubes, el cambio en sus tonalidades, la posible gestación de una lluvia. Espectáculos visuales ofrecían a la pareja el mejor entretenimiento. Nos contaban la vida de un par de hermanas solteronas que vivían más allá de lo que la mirada permitía, quienes casi nunca salían de su casa de tierra roja, rodeada por bugambilias. Yo las imaginaba en sus mecedoras tejiendo, contando la misma historia una y otra vez, con nuevos detalles aquí y allá para añadirle cierta sazón, complacidas con su mutua compañía.
Hoy parece que si no tenemos la vista fija en alguna fuente de luz la angustia nos corroe. Si no marcamos una meta, un propósito, un “plan”, se nos dice que o estamos deprimidos o somos unos holgazanes. Pareciera que se ha perdido el arte de la contemplación. La prisa se nos inculca desde pequeños; en la escuela se azuza la competitividad, se ahogan las tardes con tarea, se mide el aprendizaje por la cantidad de información que logramos memorizar y por logros demostrables con diplomas o medallas. El esparcimiento es un lujo, al cual sólo se llega después de haber cumplido con todos nuestros deberes, y cada vez menos incluye aire fresco y un área verde. Y así crecemos, entre el trabajo, las labores domésticas y los agobios cotidianos. Queda poco tiempo para no hacer nada, y cuando lo hay, inmediatamente nos conectamos al Internet, la televisión, o a los mil y un juguetitos que nos permiten permanecer enchufados a la gran red.
Soñar con no hacer otra cosa que contemplar el horizonte va casi siempre acompañado por imágenes con daiquiris y sombrillas de playa, y desde luego, mucho ahorro. Se nos hace difícil concebir la posibilidad de simplemente estar, sin que seamos llamados desidiosos, hedonistas o buenos para nada, o peor aún, correr el riesgo de ser echados del trabajo. El mundo tiene prisa y va tan rápido que parece que ya no hay tiempo para existir.
¿En qué momento procesamos lo que sentimos? La nostalgia se diluye entre megabites que deben ser borrados de la computadora, y cajas extraviadas en algún cambio de casa. Los antes amigos de café comparten ahora llamadas por Skype y estatus en Facebook, y los momentos de soledad, están ya comprometidos para mantenerse al día en la red. La forma prevalente que toma la reflexión es recorriendo con añoranza los laberintos de Facebook, o las fotografías del pasado que se han subido a la red. Tras la (in)comodidad del escritorio quedan pocas energías, ganas o formas para luchar contra lo que no estamos de acuerdo y queremos cambiar.
Hay días en que me la creo que no tener problemas es que la conexión no falle, el celular tenga señal y que encuentre por lo menos unos cuantos correos de amigos en la bandeja de entrada. Sin embargo, esta burbuja de bienestar no me dice nada del largo listado de cosas que no están bien.
Tomemos los parques y jardines. Cuando nos toque caminar o comer a solas, dejemos de lado el celular. Cambiemos una noche de televisor por una noche sin hacer nada. ¿Nada? Bueno, no nada, sino fomentar el arte de la contemplación. Admiremos una jacaranda en flor, corramos bajo la lluvia, recordemos, imaginemos, deseemos. Volvamos a hacernos las preguntas básicas, qué hago aquí y cómo puedo ayudar para que haya más felicidad en este mundo y sea un mejor lugar donde vivir.
Hoy parece que si no tenemos la vista fija en alguna fuente de luz la angustia nos corroe. Si no marcamos una meta, un propósito, un “plan”, se nos dice que o estamos deprimidos o somos unos holgazanes. Pareciera que se ha perdido el arte de la contemplación. La prisa se nos inculca desde pequeños; en la escuela se azuza la competitividad, se ahogan las tardes con tarea, se mide el aprendizaje por la cantidad de información que logramos memorizar y por logros demostrables con diplomas o medallas. El esparcimiento es un lujo, al cual sólo se llega después de haber cumplido con todos nuestros deberes, y cada vez menos incluye aire fresco y un área verde. Y así crecemos, entre el trabajo, las labores domésticas y los agobios cotidianos. Queda poco tiempo para no hacer nada, y cuando lo hay, inmediatamente nos conectamos al Internet, la televisión, o a los mil y un juguetitos que nos permiten permanecer enchufados a la gran red.
Soñar con no hacer otra cosa que contemplar el horizonte va casi siempre acompañado por imágenes con daiquiris y sombrillas de playa, y desde luego, mucho ahorro. Se nos hace difícil concebir la posibilidad de simplemente estar, sin que seamos llamados desidiosos, hedonistas o buenos para nada, o peor aún, correr el riesgo de ser echados del trabajo. El mundo tiene prisa y va tan rápido que parece que ya no hay tiempo para existir.
¿En qué momento procesamos lo que sentimos? La nostalgia se diluye entre megabites que deben ser borrados de la computadora, y cajas extraviadas en algún cambio de casa. Los antes amigos de café comparten ahora llamadas por Skype y estatus en Facebook, y los momentos de soledad, están ya comprometidos para mantenerse al día en la red. La forma prevalente que toma la reflexión es recorriendo con añoranza los laberintos de Facebook, o las fotografías del pasado que se han subido a la red. Tras la (in)comodidad del escritorio quedan pocas energías, ganas o formas para luchar contra lo que no estamos de acuerdo y queremos cambiar.
Hay días en que me la creo que no tener problemas es que la conexión no falle, el celular tenga señal y que encuentre por lo menos unos cuantos correos de amigos en la bandeja de entrada. Sin embargo, esta burbuja de bienestar no me dice nada del largo listado de cosas que no están bien.
Tomemos los parques y jardines. Cuando nos toque caminar o comer a solas, dejemos de lado el celular. Cambiemos una noche de televisor por una noche sin hacer nada. ¿Nada? Bueno, no nada, sino fomentar el arte de la contemplación. Admiremos una jacaranda en flor, corramos bajo la lluvia, recordemos, imaginemos, deseemos. Volvamos a hacernos las preguntas básicas, qué hago aquí y cómo puedo ayudar para que haya más felicidad en este mundo y sea un mejor lugar donde vivir.