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El Observador electoral
“Éramos así como una versión muy temprana y edulcorada del movimiento Yo soy ciento treinta y sabe cuántos”
GUADALAJARA, JALISCO (01/JUL/2012).- Fue en el proceso electoral de 1994 cuando por vez primera se reconoció la figura del “Observador electoral”. No recuerdo en qué momento o por qué circunstancia me picó el mosquito de la responsabilidad civil electoral y fui a tomar el curso requerido para ser Observador el día de las elecciones. Quizá porque fue por esas fechas cuando tuve por primera vez credencial para votar. E igual que yo, varios chavos iniciándose en los veinte, acudieron a la cita para el curso. Éramos así como una versión muy temprana y edulcorada del movimiento Yo soy ciento treinta y sabe cuántos.
La cuestión era muy simple: nos daban una credencial oficial que nos acreditaba como Observadores y lo único que teníamos que hacer era eso: observar. Nos habían advertido que no podíamos intervenir, que nuestro papel era sólo ver —estar de chismosos pues— y luego consignar por escrito todo aquello que hubiéramos advertido.
Recuerdo haber llegado excesivamente temprano a la casilla (que estaba a sólo unas cuadras de mi casa) aquel domingo de 1994. Ilusamente yo pensaba que ese año el candidato del PAN, Diego Fernández de Cevallos iba a ganarle la elección al PRI, cuyo candidato era Ernesto Zedillo. Nada más me había adelantado seis años en el pronóstico.
El que estuviera convencido de que se fraguaba un fraude electoral de dimensiones mayúsculas no era un pensamiento emergido de mi mente por generación espontánea. Tenía un recuerdo de mi infancia, del proceso electoral de 1982, cuando el candidato por el PRI fue Miguel de la Madrid Hurtado. Vivía yo entonces en un pueblito y la casilla electoral se instaló en la cochera de mi casa. A esa edad no me importó lo que sucedía en mi cochera: yo seguí jugando encima de las mesas y bajo los pies de los representantes de casilla que muy seguramente eran mis vecinos y observando cómo llegaba a votar la gente. Luego de la hora de la comida, el flujo de votantes bajó y como que les llegó el sopor a los que estaban en la mesa, porque comenzaron a desesperarse del sueño, de que la tarde avanzaba y de que nadie se veía por la calle. Hasta que se pusieron de acuerdo y comenzaron a levantar el tenderete y a marcar las boletas que faltaban, porque cómo las iban a regresar así en blanco. Podría ser sospechoso. Y hasta a mí me pusieron a cruzar las boletas. “Por el tricolor, mijo, tú ponle un tache al de la bandera”.
Fue quizá este recuerdo el que me impulsó a comprometerme en esta tarea de al menos ir a fisgonear que no fueran a poner a algún chiquillo a cruzar las boletas.
Pues bien, aquel domingo de 1994 poco a poco fueron llegando los funcionarios de casilla y los representantes de partidos y el ambiente era francamente muy tenso. Recuerdo que un representante de partido (que luego supe era del PAN) se ofendió terriblemente cuando osé preguntarle su nombre. Quizá temió perder la virginidad con un simple observador electoral. Hay que recordar que aquel 1994 fue un año terrible y que en buena medida había una especie de temor de que el proceso electoral no fuera —como en realidad sí lo fue— terso y sin complicaciones.
Todo se hacía escrupulosamente, con transparencia y casi casi hasta cuando alguien tomaba una botella de agua para beber, pedía permiso a todos los que observaban con cuidado cada acción que se realizaba en esa casilla.
Mientras tanto, el observador electoral (que era yo, por si no les había quedado claro) estaba por ahí, fisgoneando todo, acercándose a la mesa y esperando que emergiera algo digno de ser consignado. De pronto, hay una controversia ante la cual no sabe cómo actuar el funcionario de casilla, que mira a sus compañeros como buscando respuesta y luego a los representantes de partidos. Finalmente alguno acude a quien menos se lo espera y grita: ¡Observador! Y yo, como no quería decepcionarlos encogiéndome de hombros ante su duda, respondo como mejor creo. Y ya, a partir de ahí, cualquier duda para proceder en tal o cual situación era solucionada con el grito: ¡Observador! Y ahí iba yo, como una especie de Bonifacio Núñez a resolver salomónica y discretamente cada situación presentada. Hubo incluso, al final, a la hora de las actas, una disputa entre partidos en la que hasta regañé a uno de los participantes, cité un artículo de no sé qué parte de aquella ley electoral y anulé una boleta. Todos estuvieron encantados con mi participación de “Observador” en aquella casilla y yo me fui de ahí pensando que el presidente sería Fernández de Cevallos, pues aquella casilla había ganado de forma apabullante. Pero, ya sabemos, no fue así. Hubo que esperar seis años más para esperar una alternancia que terminó en un muy mal chiste.
Participa
Observadores en YouTube
“Éstas serán las elecciones más documentadas de la historia del país ya que, gracias a los avances tecnológicos, cualquier ciudadano puede potencialmente convertirse en un Observador electoral y participar en este proceso democrático de una manera más activa”, dijo el gigante de internet, Google, cuando pidió a los usuarios que hoy graben las imágenes y escenas que mejor ilustren su experiencia votando, con un teléfono o una cámara de video.
“Después visita el canal Observa México en YouTube y comparte tu video. En el sitio encontrarás todas las instrucciones para hacerlo”.
La cuestión era muy simple: nos daban una credencial oficial que nos acreditaba como Observadores y lo único que teníamos que hacer era eso: observar. Nos habían advertido que no podíamos intervenir, que nuestro papel era sólo ver —estar de chismosos pues— y luego consignar por escrito todo aquello que hubiéramos advertido.
Recuerdo haber llegado excesivamente temprano a la casilla (que estaba a sólo unas cuadras de mi casa) aquel domingo de 1994. Ilusamente yo pensaba que ese año el candidato del PAN, Diego Fernández de Cevallos iba a ganarle la elección al PRI, cuyo candidato era Ernesto Zedillo. Nada más me había adelantado seis años en el pronóstico.
El que estuviera convencido de que se fraguaba un fraude electoral de dimensiones mayúsculas no era un pensamiento emergido de mi mente por generación espontánea. Tenía un recuerdo de mi infancia, del proceso electoral de 1982, cuando el candidato por el PRI fue Miguel de la Madrid Hurtado. Vivía yo entonces en un pueblito y la casilla electoral se instaló en la cochera de mi casa. A esa edad no me importó lo que sucedía en mi cochera: yo seguí jugando encima de las mesas y bajo los pies de los representantes de casilla que muy seguramente eran mis vecinos y observando cómo llegaba a votar la gente. Luego de la hora de la comida, el flujo de votantes bajó y como que les llegó el sopor a los que estaban en la mesa, porque comenzaron a desesperarse del sueño, de que la tarde avanzaba y de que nadie se veía por la calle. Hasta que se pusieron de acuerdo y comenzaron a levantar el tenderete y a marcar las boletas que faltaban, porque cómo las iban a regresar así en blanco. Podría ser sospechoso. Y hasta a mí me pusieron a cruzar las boletas. “Por el tricolor, mijo, tú ponle un tache al de la bandera”.
Fue quizá este recuerdo el que me impulsó a comprometerme en esta tarea de al menos ir a fisgonear que no fueran a poner a algún chiquillo a cruzar las boletas.
Pues bien, aquel domingo de 1994 poco a poco fueron llegando los funcionarios de casilla y los representantes de partidos y el ambiente era francamente muy tenso. Recuerdo que un representante de partido (que luego supe era del PAN) se ofendió terriblemente cuando osé preguntarle su nombre. Quizá temió perder la virginidad con un simple observador electoral. Hay que recordar que aquel 1994 fue un año terrible y que en buena medida había una especie de temor de que el proceso electoral no fuera —como en realidad sí lo fue— terso y sin complicaciones.
Todo se hacía escrupulosamente, con transparencia y casi casi hasta cuando alguien tomaba una botella de agua para beber, pedía permiso a todos los que observaban con cuidado cada acción que se realizaba en esa casilla.
Mientras tanto, el observador electoral (que era yo, por si no les había quedado claro) estaba por ahí, fisgoneando todo, acercándose a la mesa y esperando que emergiera algo digno de ser consignado. De pronto, hay una controversia ante la cual no sabe cómo actuar el funcionario de casilla, que mira a sus compañeros como buscando respuesta y luego a los representantes de partidos. Finalmente alguno acude a quien menos se lo espera y grita: ¡Observador! Y yo, como no quería decepcionarlos encogiéndome de hombros ante su duda, respondo como mejor creo. Y ya, a partir de ahí, cualquier duda para proceder en tal o cual situación era solucionada con el grito: ¡Observador! Y ahí iba yo, como una especie de Bonifacio Núñez a resolver salomónica y discretamente cada situación presentada. Hubo incluso, al final, a la hora de las actas, una disputa entre partidos en la que hasta regañé a uno de los participantes, cité un artículo de no sé qué parte de aquella ley electoral y anulé una boleta. Todos estuvieron encantados con mi participación de “Observador” en aquella casilla y yo me fui de ahí pensando que el presidente sería Fernández de Cevallos, pues aquella casilla había ganado de forma apabullante. Pero, ya sabemos, no fue así. Hubo que esperar seis años más para esperar una alternancia que terminó en un muy mal chiste.
Participa
Observadores en YouTube
“Éstas serán las elecciones más documentadas de la historia del país ya que, gracias a los avances tecnológicos, cualquier ciudadano puede potencialmente convertirse en un Observador electoral y participar en este proceso democrático de una manera más activa”, dijo el gigante de internet, Google, cuando pidió a los usuarios que hoy graben las imágenes y escenas que mejor ilustren su experiencia votando, con un teléfono o una cámara de video.
“Después visita el canal Observa México en YouTube y comparte tu video. En el sitio encontrarás todas las instrucciones para hacerlo”.