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Discípulos, misioneros

Los primeros enviados fueron aquellos once testigos de la despedida de Cristo, al dejar la tierra y elevarse a las alturas en su gloriosa ascensión, al final de su etapa terrena

      El tercer domingo del mes de octubre es, cada año, una recordación de que la Iglesia nació misionera; misionera ha sido en sus veinte siglos de caminar, y misionera ha de ser siempre.
      Misionero es que es enviado. La palabra tiene su origen en el verbo latino misi, envié.
      Los primeros enviados fueron aquellos once testigos de la despedida de Cristo, al dejar la tierra y elevarse a las alturas en su gloriosa ascensión, al final de su etapa terrena.
      En la despedida, Cristo les dijo a sus discípulos: “Vayan por todo el mundo; prediquen, bauticen. El que crea y se bautice, se salvará”.
      Desde ese momento empezó la misión. Los once eran, fueron, Iglesia; es decir, congregación de seguidores de Cristo. A partir de ese instante fueron apóstoles, palabra griega para designar a los enviados.
      Tras darles esa despedida, partieron, obedientes e intrépidos, transformados en discípulos y misioneros.
      Mas con el martirio --pues con el rojo de su sangre recibieron su misión-- no habría de terminar su objetivo. Siguió y sigue el mandato de Cristo “vayan por todo el mundo”; y no se ha interrumpido, sino que se ha acrecentado el número de los fervientes misioneros que con la antorcha de la fe han recorrido pueblos y naciones con el anuncio de la Buena Nueva, y en estos tiempos por los cinco continentes.

“Todo el que creyere en Él no será confundido”

      Pablo se agregó después de su conversión, al número de los discípulos, enviados y misioneros, pregonando: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”, “no yo, sino que es Cristo el que vive en mí”.
      Ahora, a milenios de su natalicio en la tierra, se ha de recordar a Pablo como el gran discípulo-misionero en el primer siglo del cristianismo. Su palabra y su ejemplo fueron luz entre los pueblos de Asia, de Grecia, de Roma. Pero él sentía que quien ya había sido agraciado por el bautismo debería, como él, anunciar a todos su encuentro con Cristo,y ser profeta, es decir, ser anunciador. Todo bautizado es pues, por el bautismo, discípulo y misionero.  
      San Pablo, en su ir y venir, de acá para allá, entre gente de toda condición, comentaba (Romanos 10, 149):

“¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído?”

...y ¿cómo creerán sin haber oído de fe?, y ¿cómo oirán si nadie les predica?, y ¿cómo predicarán si no son enviados?”.
      Estas ideas de Pablo, estas preocupantes expresiones que el apóstol de los gentiles escribió el año 57, tienen ahora, en el siglo actual, la misma fuerza, la inquietante inconformidad de ver a las multitudes de estos tiempos cargadas de preocupaciones, de esas cotidianas y pequeñas con que se rodean en un ambiente de materialismo, de inmediatismo, de buscar en todo pasarlo bien, sin proyección hacia la otra patria, la eterma.
      Muchos son los paganos del siglo XXI que no invocan a Cristo, su Salvador, Dios hecho hombre para redimir a los hombres. Y si no lo invocan es porque no lo conocen, y si no lo conocen, no pueden creer en Él.
      El fondo del mensaje misional es avivar la conciencia de todos los cristianos, para que esta humanidad que se va descristianizando --como es el caso de Europa--, reencuentre a Cristo, y que, en otros pueblos, otras naciones, llegue a su conocimiento la noticia del Salvador
   
“¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien!”

      Ésta es también una bella expresión de San Pablo. Cómo la Iglesia se ha gozado con esos ejércitos de misioneros, vanguardia de valientes, presentes siempre en todos los continentes.
      El actual Vicario de Cristo, el Papa Benedicto XVI , al ser elegido Papa tomó este nombre, como él lo dijo, en memoria del Papa Benedicto XV, gran impulsor de las misiones extranjeras, y con la preocupación de que Europa, hecha de firme cultura cristiana, estaba dando señales de apartarse de su propia imagen de cultura profundamente cristiana.
      El espíritu misionero de la Iglesia es cada día más vigoroso, y se podría cantar con alegría “cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien”.
      Ellos son los misioneros de primera línea. Que Dios los asista, que los ilumine, que los fortalezca y aliente en su trabajo. Ellos han dejado su patria, su familia, y con gran empeño luchan para adaptarse a un idioma que no es el propio, y en climas y costumbres nuevas y extrañas. ¡Que Dios los auxilie!
Pero hay también en la Iglesia otros misioneros muy importantes en la economía de la salvación.

Santa Teresa del Niño Jesús, misionera

      Y no sólo misionera, sino declarada patrona de las misiones. Esto a primera vista parecería un contrasentido. Ella ingresó a la vida religiosa --fue carmelita-- a los 15 años, y terminó su vida terrena a los 24. Durante años enferma, recluida en la enfermería del convento, sus muchos sufrimientos y su continua oración fueron su valiosa colaboración a la evangelización de los pueblos.
      Ésta es una manera eficaz de ser misionero desde casa, y hasta con la discreción de quien procura que su mano izquierda ignore lo que hace la derecha.
      Y además en todas las misiones son bien recibidos los auxilios económicos para la alimentación, el vestido, casas, escuelas, capillas. Son comunidades en desarrollo y la ayuda prestada es causa de muchas angustias.
Así también hay misiones anónimas, con su aportación y con la certeza de que ni un vaso de agua que se dé en nombre de Cristo quedará sin recompensa. Para todos los bautizados hay un lugar y una manera específica de ser misioneros.

Los discípulos misioneros en Aparecida

      Del 13 al 31 de mayo del año 2007 se reunieron en Aparecida, Brasil, los obispos, representantes de las veintidós conferencias episcopales de América Latina y del Caribe, a los pies de la Santísima Virgen Nuestra Señora Aparecida, y la quinta reunión de la Conferencia Episcopal del Episcopado de América Latina y el Carube (CELAM).
      Este organismo de la Iglesia Católica fue fundado en 1955 por el Papa Pío XII, a solicitud de los obispos latinoamericanos. Su función principal es prestar servicio de contexto, comunión, formación, investigación y reflexión. Su aporte ha sido invalorable y ha servido para tomar conciencia de la fisonomía propia.
      Tal vez sea una respuesta al sueño de Simón Bolívar, al anhelo del maestro José Vasconcelos con su “raza cósmica”, a los sueños poéticos de Andrés Bello y Rubén Darío.
      Tiene como sede la ciudad de Bogotá, y desde su fundación ha tenido cinco asambleas generales, la primera en Río de Janeiro en 1955, aunque aún no estaban dadas las condiciones del todo; la segunda en 1968 en Medellín, Colombia, en expansión y crecimiento del CELAM; la tercera en Puebla, México, en 1979, y el tema fue la evangelización en el presente y el futuro de América Latina. La cuarta, en 1992 en Santo Domingo, con el tema “Nueva Evangelización, promoción humana, cultura cristiana”, y la quinta con esta visión:

Una Iglesia que se hace discípula

      Ante los desafíos que plantea la nueva época, los obispos juntos oraron, juntos ofrecieron el Sacrificio Eucarístico y juntos pensaron, discurrieron, discutieron y sacaron como fruto de su trabajo un documento en diez capítulos y una conclusión, y marcados los temas en 554 para mejor estudio y aplicación práctica.
      El carácter de este documento manifiesta un notable adelanto en la acción conjunta de los pastores, los obispos, desde el Río Bravo hasta Tierra de Fuego. Además el estilo es de sencillez y de humildad: Todos discípulos, porque el único maestro es Cristo; y todos misioneros, porque siguen escuchándose las palabras del Señor: “La mies es mucha y pocos los operarios; id, por tanto, a trabajar”.
      El empeño de quienes allí, en Aparecida, se reunieron, fue que “este continente de la esperanza también sea el continente del amor, de la vida y de la paz”.     

Pbro. José R. Ramírez

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