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Diario de un espectador
jpalomar@informador.com.mx
Un viento entrecortado mueve las difusas nubes de la noche de abril. Luego, el cielo se limpia y la transparencia ganada deja ver una sorprendente cantidad de estrellas. Una particular luz roja derrama su distante resplandor sobre la noche en calma. En ese tenue fuego se cifra entonces la plenitud del mundo que transcurre. Pasa, con todas sus luces ardiendo, el avión nocturno a Monterrey. Un pájaro inquieto insiste en cambiar de rama para pernoctar, un sordo aleteo delata el disturbio de algún congénere afectado. Luego, regresa la calma y el jardín va profundizando en el tejido minucioso de su penumbra. Algo deletrea el rumor que subsiste: instantáneas noticias favorables. Una muchacha que baila, otra que se casa. Una más que despliega sus alas y un muchacho que busca, alegremente, su camino. Dos niños que desde hace horas duermen al amparo de la lumbre mansa de la casa sosegada. Una pequeña mariposa insiste en buscar la luz tras de los vidrios, una muchacha de pelo rojo cuyo perfil ilumina la claridad de una pantalla, el humo del cigarro sube lentamente desde el balcón, la pila repite su ostinato y sus aguas miran pasar atentas el tiempo constelado.
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Una declaración (muy pertinente) de Antonio Muñoz Molina: “Todo está lleno de especialistas, de expertos, de guardianes celosos de un minifundismo intelectual cada vez más irrespirable. Yo he querido practicar en el periódico lo mismo que me gusta en la vida, la atención del aficionado que procura cultivarse y disfrutar de las cosas sin ser experto en ellas, nadando entre las dos aguas igualmente inhóspitas del fanatismo o el papanatismo incondicional de la cultura o la seducción de la ignorancia. Creo que una de las tareas éticas y estéticas más urgentes es el restablecimiento de la soberanía personal del espectador y el lector, que es, en el fondo, la soberanía del ciudadano, no sometido ni a las lealtades de la tribu ni a las coacciones de una opinión dominante, administrada por un misterioso sanedrín de expertos tan inaccesibles como indiscutibles.”
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The fugitive kind. Tennessee Williams intentó repetidas veces, con directores de indudable talento, transponer a la pantalla sus atormentadas historias. Difícil empresa, trasladar al lenguaje cinematográfico el universo sombrío y denso que el escritor norteamericano fue construyendo a lo largo de su vida. Esta película, situada en la Luisiana de los años cincuenta, cuenta la historia de unas gentes puestas en el borde de sus vidas: un cantante y guitarrista en fuga –ataviado con una chamarra de piel de serpiente (Marlon Brando), una mujer subyugada y volcánica (Anna Magnani) y una deslumbrante muchacha atrapada en la sureña provincia pacata y dispuesta a quemar en una noche sus posibilidades (Joanne Woodward). Sidney Lumet dirige con controlada solvencia la inflamable reunión de circunstancias y caracteres. Precisamente, se adivina, todo habrá de terminar en llamas. Los que se fugan, los que se van, los que no se conforman, nunca escapan impunemente. Pero algunos logran irse.
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Proust, el inagotable. Una observación que deja mucho que pensar: “Grosera tentación para el escritor la de escribir obras intelectuales. Gran indelicadeza. Una obra en la que hay teorías es como un objeto sobre el que se deja la marca del precio”. Paralelismos: Torpe intento el del arquitecto de hacer obras “intelectuales”. Inútil simulación. Una arquitectura en la que se leen las teorías –o las modas- es como un objeto que intenta ser bello y al que ocultan envoltorios pretensiosos.
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Una versión ardua y heterodoxa de un poema de Paul Éluard, una trasposición en prosa de sus versos, ritmados con una sabiduría que escapa inevitablemente en el transvase al español. A la manera de Luis Astrana Marín, quien se resignó a consignar a renglón seguido los sonetos de Shakespeare y en cuyo trabajo se logra apresar, a pesar de todo, el poderoso aliento del poeta, va este intento de comunicar los brillos y los vértigos de Éluard en la cima de su trayectoria, a partir de un poema contenido en El Fénix, de 1950. Una acerada belleza, un filo y una urgencia que –de alguna manera- se intentan recuperar y quizás asoman en este ensayo de traducción de Dominique hoy presente:
Todas las cosas al azar Todas las cosas dichas sin pensar Y que son tomadas como son dichas Y nadie pierde y nadie gana//Los sentimientos a la deriva Y el esfuerzo más cotidiano El vago recuerdo de los sueños El futuro se estrella mañana// Las palabras atrapadas en un infierno Ruedas gastadas de líneas muertas Las cosas grises y parecidas Los hombres girando en el viento// Músculos al aire íntimo esqueleto Y el vapor de los sentimientos El corazón dispuesto como un féretro Las esperanzas reducidas a nada// Viniste en la tarde reventaba la tierra Y la tierra y los hombres cambiaron de sentido Y me encontré alineado como un imán Alineado como una viña// Al infinito nuestro camino que lleva a los otros Abejas volando futuras de su miel Y multipliqué mis deseos de luz Para comprender la razón// Viniste estaba triste dije sí Es a partir de ti que le dije sí al mundo Muchachita yo te quería como un muchacho No puede amar mas que su infancia// Con la fuerza de un pasado muy lejano muy puro Con el fuego de una canción sin falsa nota La piedra intacta y la corriente furtiva de la sangre En la garganta y los labios// Viniste la voluntad de vivir tenía un cuerpo Atravesaba la densa noche acariciaba las sombras Para disolver su cieno y fundir sus hielos Como un ojo que ve claro// La fina hierba fijaba el vuelo de las golondrinas Y el otoño pesaba en el saco de las tinieblas Viniste las riberas liberaban al río Para llevarlo hasta el mar// Viniste más alta al fondo de mi dolor Que el árbol separado del bosque sin aire Y el grito de la desdicha de la duda se rompió delante de la claridad de nuestro amor// Gloria la sombra y la pena han cedido al sol El peso se ha vuelto liviano el fardo tornó en risa Gloria lo subterráneo es ahora cúspide La miseria se borra// La plaza de la rutina donde me embrutecía El pasillo sin despertar el callejón cerrado y la fatiga Se han puesto a brillar de un fuego de manos que aplauden La eternidad se ha desplegado// Oh tu mi agitado y mi calmo pensamiento Mi silencio sonoro y mi eco secreto Mi ciega adivina y mi vista colmada No tuve mas que tu presencia// Me has cubierto de tu confianza.
jpalomar@informador.com.mx
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Una declaración (muy pertinente) de Antonio Muñoz Molina: “Todo está lleno de especialistas, de expertos, de guardianes celosos de un minifundismo intelectual cada vez más irrespirable. Yo he querido practicar en el periódico lo mismo que me gusta en la vida, la atención del aficionado que procura cultivarse y disfrutar de las cosas sin ser experto en ellas, nadando entre las dos aguas igualmente inhóspitas del fanatismo o el papanatismo incondicional de la cultura o la seducción de la ignorancia. Creo que una de las tareas éticas y estéticas más urgentes es el restablecimiento de la soberanía personal del espectador y el lector, que es, en el fondo, la soberanía del ciudadano, no sometido ni a las lealtades de la tribu ni a las coacciones de una opinión dominante, administrada por un misterioso sanedrín de expertos tan inaccesibles como indiscutibles.”
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The fugitive kind. Tennessee Williams intentó repetidas veces, con directores de indudable talento, transponer a la pantalla sus atormentadas historias. Difícil empresa, trasladar al lenguaje cinematográfico el universo sombrío y denso que el escritor norteamericano fue construyendo a lo largo de su vida. Esta película, situada en la Luisiana de los años cincuenta, cuenta la historia de unas gentes puestas en el borde de sus vidas: un cantante y guitarrista en fuga –ataviado con una chamarra de piel de serpiente (Marlon Brando), una mujer subyugada y volcánica (Anna Magnani) y una deslumbrante muchacha atrapada en la sureña provincia pacata y dispuesta a quemar en una noche sus posibilidades (Joanne Woodward). Sidney Lumet dirige con controlada solvencia la inflamable reunión de circunstancias y caracteres. Precisamente, se adivina, todo habrá de terminar en llamas. Los que se fugan, los que se van, los que no se conforman, nunca escapan impunemente. Pero algunos logran irse.
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Proust, el inagotable. Una observación que deja mucho que pensar: “Grosera tentación para el escritor la de escribir obras intelectuales. Gran indelicadeza. Una obra en la que hay teorías es como un objeto sobre el que se deja la marca del precio”. Paralelismos: Torpe intento el del arquitecto de hacer obras “intelectuales”. Inútil simulación. Una arquitectura en la que se leen las teorías –o las modas- es como un objeto que intenta ser bello y al que ocultan envoltorios pretensiosos.
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Una versión ardua y heterodoxa de un poema de Paul Éluard, una trasposición en prosa de sus versos, ritmados con una sabiduría que escapa inevitablemente en el transvase al español. A la manera de Luis Astrana Marín, quien se resignó a consignar a renglón seguido los sonetos de Shakespeare y en cuyo trabajo se logra apresar, a pesar de todo, el poderoso aliento del poeta, va este intento de comunicar los brillos y los vértigos de Éluard en la cima de su trayectoria, a partir de un poema contenido en El Fénix, de 1950. Una acerada belleza, un filo y una urgencia que –de alguna manera- se intentan recuperar y quizás asoman en este ensayo de traducción de Dominique hoy presente:
Todas las cosas al azar Todas las cosas dichas sin pensar Y que son tomadas como son dichas Y nadie pierde y nadie gana//Los sentimientos a la deriva Y el esfuerzo más cotidiano El vago recuerdo de los sueños El futuro se estrella mañana// Las palabras atrapadas en un infierno Ruedas gastadas de líneas muertas Las cosas grises y parecidas Los hombres girando en el viento// Músculos al aire íntimo esqueleto Y el vapor de los sentimientos El corazón dispuesto como un féretro Las esperanzas reducidas a nada// Viniste en la tarde reventaba la tierra Y la tierra y los hombres cambiaron de sentido Y me encontré alineado como un imán Alineado como una viña// Al infinito nuestro camino que lleva a los otros Abejas volando futuras de su miel Y multipliqué mis deseos de luz Para comprender la razón// Viniste estaba triste dije sí Es a partir de ti que le dije sí al mundo Muchachita yo te quería como un muchacho No puede amar mas que su infancia// Con la fuerza de un pasado muy lejano muy puro Con el fuego de una canción sin falsa nota La piedra intacta y la corriente furtiva de la sangre En la garganta y los labios// Viniste la voluntad de vivir tenía un cuerpo Atravesaba la densa noche acariciaba las sombras Para disolver su cieno y fundir sus hielos Como un ojo que ve claro// La fina hierba fijaba el vuelo de las golondrinas Y el otoño pesaba en el saco de las tinieblas Viniste las riberas liberaban al río Para llevarlo hasta el mar// Viniste más alta al fondo de mi dolor Que el árbol separado del bosque sin aire Y el grito de la desdicha de la duda se rompió delante de la claridad de nuestro amor// Gloria la sombra y la pena han cedido al sol El peso se ha vuelto liviano el fardo tornó en risa Gloria lo subterráneo es ahora cúspide La miseria se borra// La plaza de la rutina donde me embrutecía El pasillo sin despertar el callejón cerrado y la fatiga Se han puesto a brillar de un fuego de manos que aplauden La eternidad se ha desplegado// Oh tu mi agitado y mi calmo pensamiento Mi silencio sonoro y mi eco secreto Mi ciega adivina y mi vista colmada No tuve mas que tu presencia// Me has cubierto de tu confianza.
jpalomar@informador.com.mx