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Diario de un espectador

La distancia que nos separa del conocimiento del mundo que alrededor sucede se manifiesta de múltiples maneras

La distancia que nos separa del conocimiento del mundo que alrededor sucede se manifiesta de múltiples maneras. Sabidurías que ya no se nos alcanzan, que alguna vez fueron moneda de curso para gentes más despiertas, más atentas y cercanas a lo que les rodeaba. Cuando Page y Plant hacen una pausa en el tocadiscos, temprano en la mañana, se oyen cantos de pájaros diversos. Un rato de esfuerzos permite distinguir siete, ocho trinos distintos. ¿Quién sabrá ahora identificarlos, nombrar a cada ave, saber su estampa y sus costumbres? Por lo pronto, dos nidos estratégicos prosperan en sendos rincones del jardín: una chuparrosa y una golondrina se afanan en construir sus sabias arquitecturas. Al lado de estas aéreas edificaciones, cómo se vuelven densas y pesadas estas rayas que trazan otros intentos. Plant y Page acometen, apropiadamente, When the world was young.
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Nueva inquisición sobre los carros de camotes. Vuelta, después de años, a este tema que obsesiona el oído de quien percibe, en el aire titubeante del atardecer, el canto de sirena del vapor que se escapa con controlada precisión. El principio es simple: una caldera con ruedas cuyo calor va permanentemente cosiendo los camotes.

Como parte integral del sistema está el reclamo auditivo que supone el indispensable alivio de la presión del artilugio. Pero las implicaciones son muchas: este fuego ambulante que cruza la ciudad instala entre nosotros la ígnea presencia inmemorial, y una tecnología esencial y milagrosa; estos particulares, únicos diseños que cumplen cada uno a su manera su función y ofrecen a quien los mira una entrañable y divertida variedad de soluciones rodantes; este reclamo arcaico y desdichado como el de un Tramp Steamer que desde Estambul se oyera cruzar el Cuerno de Oro; las rutas y los horarios de los carros, de estas fieles lumbres peregrinas, calculados con paciente sabiduría... Vuelve la imagen de una hipotética, deliciosa exposición, en donde se pudiera admirar una treintena larga de carros de camote, cada uno con su particular proporción y funcionamiento, su sistema de rodamiento, su chacuaco, su tanque de agua y su dispositivo de suministro y alimentación de combustible, su colorido y decoración... Sería, sin duda, una aleccionadora reunión, una junta de sirenas urbanas y crepusculares.
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Gabriel Orozco en el Moma. En alguna parte de la parlanchina prensa nacional se presumía que Orozco era el tercer artista mexicano en exponer individualmente en el máximo templo de cierta modernidad, después de Rivera y Álvarez Bravo. Falso. Es muy conocido el hecho de que en 1976 se presentó allí una muestra, curada por Emilio Ambasz, de la obra de Luis Barragán. Aparte de esto, es curioso advertir las reacciones al "encumbramiento" de nuestro más visible artista contemporáneo. Una crítica capitalina se solazaba en la confusión que causa al visitante la presencia de la famosa caja de cartón vacía sobre el piso, a la entrada de la exposición. Procedía luego a citar, como prueba de denigración, al New Yorker. Curiosamente, en el artículo dedicado a Orozco en esa revista (Diciembre 21 y 28 del 2009), uno encuentra más bien una serie de muy elogiosos conceptos. El crítico Peter Schjeldahl escribe allí: "La exposición del Moma confirma que Orozco es, de hecho, el único artista de su linaje y tiempo que resiste un escrutinio verdaderamente riguroso –incidentalmente rejuveneciendo la historia del arte como una preocupación vigente- y justifica el esfuerzo siendo delicioso. Sus obras nos son invariablemente bonitas, pero todas ellas hablan de la belleza como un principio operativo: la toma de conciencia cuando mente y cuerpo se unen en un estado de alabanza por la existencia, tal cual es." Quedan más reflexiones sobre el nacional deporte del ninguneo y la envidia. Queda el recuerdo de un esqueleto de ballena hallado en Baja California por Orozco y luego minuciosamente esgrafiado, y que ahora navega en Nueva York. Y la insolente, escueta y certera caja de zapatos vacía que tan bien funciona, al parecer, como un catalizador de personales pulsiones.
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Archibald MacLeish llegó a la antología personal de este espectador a través de un poema maravilloso acerca de las ruinas, que acompañaba a un libro, ahora perdido, sobre la antigüedad grecolatina. Empezaba con el verso espléndido con el que se abre el soneto 55 de Shakespeare: Not marble nor the gilded monuments... Las palabras de MacLeish se han extraviado, pero resuena en la memoria la majestuosa cadencia de su lamento por lo irrecuperable. Por cibernética casualidad apareció, temblando sobre esta pantalla, otro poema del maestro norteamericano. Aquí está el ensayo para una versión de
An Eternity Una eternidad

There is no dusk to be , / No ha de haber un ocaso,
There is no dawn that was, / No ha habido una aurora que fuera,
Only there's now, and now, /Sólo existe el ahora, y ahora,
And the wind in the grass./ Y el viento en la hierba.

Days I remember of / Días de los que me acuerdo
Now in my heart, are now; / Ahora en mi corazón, suceden ahora;
Days that I dream will bloom / Días que sueño habrán de florecer
White the peach bough./ Blanca la rama del durazno.

Dying shall never be / Morirse nunca será
Now in the windy grass; / Ahora en la hierba al viento;
Now under shooken leaves / Ahora bajo las hojas sacudidas
Death never was. / Nunca estuvo la muerte.
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De la batea de las postales. Una efigie del perfil afilado y melancólico de Alfred de Musset. Una mirada que parece ver lejos, que parece volverse hacia dentro al mismo tiempo. La frase que acompaña la imagen fue encontrada hace años, escrita con cuidadosa caligrafía, como aguerrida divisa, en algún libro escolar de un señor que ya no está. Una traducción aproximativa diría: "Qué importa el vaso, con tal de que haya el éxtasis." (O la ebriedad, literalmente: la palabra ivresse resuena tan de otra irremediable manera –acordarse del barco de Rimbaud- en el original.) Estas consideraciones aparte, la frase hace su camino tenazmente. Encontrar en cualquier circunstancia, sin importar su índole, el combustible para la ignición, la chispa adecuada.
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Plant & Page: luz de mi vida dónde te has ido// he estado esperando en un rincón/ he estado esperando la señal/ oye al tren azul, oye al tren azul/ es el tren azul que rueda...
jpalomar@informador.com.mx

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